Yo quería ver al Viejo

Literatura. Cuento.

Recuerdos deshilachados. Junio de 1973.

Nací en este mismo barrio, pero dos cuadras más arriba, en la zona de las casitas de ladrillos. A mamá la ayudó la Nelly cuando nací, igual que a mí cuando nació David. Esa noche llovía mucho y no pude llegar a la parada. Yo era muy chica y estaba asustada también. Pero a los otros chicos los tuve en el Hospital. Ya para el segundo, nos habíamos construido este ranchito con Jacinto. No es muy estable porque el terreno está inclinado y muy húmedo al borde del arroyo pero de aquí no nos van a echar porque es fiscal.
Cuando armamos la pieza, éramos dos familias nada más. Ahora son como treinta los que se vinieron para acá. La villa del Arroyo del Gato le dicen los de la quinientos veinte.
A mí me conocen bien, nací en el barrio y además hice la primaria, hasta cuarto, con los de la quinientos veinte, pero a la otra gente que se vino a instalar acá no la quieren, dicen que son vagos y chorros. Yo sé que no es así. Casi todos los muchachos de acá trabajan en la recolección de basura. No están estables, les pagan poco, pero trabajan todos los días y les queda algo del cirujeo: papel, cartón, cables. Jacinto además tiene buen ojo y suele encontrar en la basura, tesoritos que trae a casa y nos vienen muy bien. La silla de la cocina por ejemplo o la pava, que estaba sin mango, pero que lo solucionó con un alambre retorcido.
La pieza es chica, pero por suerte entró la cama donde duermo con los chicos. El trabajo de Jacinto es a la noche, así que vuelve a las seis a casa cuando yo me levanto. El contento, dice que le dejo la cama calentita. A la noche es más difícil entrar en calor. Debe ser por la humedad que levanta el arroyo al atardecer.
Mamá siempre me dijo que soy distraída y soñadora y que nunca ando con los pies en la tierra. Yo creo que soy un poco romántica y me encanta mirar novelas y leer libros.
Cuando vinieron los chicos de la agrupación al barrio, enseguida me acerque a ellos. Todos eran estudiantes, hablaban muy bien, les traían papeles y lápices a los chicos. Los ayudaban con las cosas de la escuela. Yo me leí los libros que trajeron para los chicos y cuando les conté me empezaron a traer otros para grandes.
Me hice amiga de Mirta enseguida. Ella estudiaba psicología y a mí siempre me gustaron esos temas. Me sentaba con ella a charlar de mis sentimientos. Me ayudó, con la tristeza que tenía después del nacimiento de Josecito. Tuve alta presión y hemorragia y el doctor me dijo, que no debía seguir teniendo chicos. A Jacinto no le gustó eso. Yo me puse mal, tenía miedo que me deje.
De las cosas que hablábamos con los chicos de la agrupación, yo solía conversar con mi papá antes de que se fuera. Él había estado varias veces en la Plaza de Mayo y había conocido al General. Me transmitió la emoción de esas movilizaciones, a las que iba en el camión de los de Swift.
Cuando me enteré de que Perón volvía, me enloquecí con la idea de verlo.
Los chicos se estaban organizando para ir. Yo todavía le estaba dando la teta al Josecito, pero jorobe tanto a todos, que al final me anotaron para ir con ellos. Los nenes se quedaron con mi hermana que también tenía uno en la teta y un montón de leche. Ella no es una flaca como yo y puede darle a dos. Al Jacinto no le gustó nada la idea, anduvo bastante cabrón esos días.
La noche del 19 de junio nos juntamos en el tinglado donde los chicos de la agrupación hacían apoyo escolar. Hacía mucho frio, nos sentamos uno junto al otro, nos compartíamos el calor y el mate. Escuchamos muchas veces el disco de unos chilenos que contaban una historia muy triste de obreros de un lugar llamado Iquique. Yo tenía ganas de traer el disco de los Wawuanco. Pienso que con una cumbia hubiéramos tenido menos frío pero me dio vergüenza, porque ahí todos se emocionaban con lo de Santa María de Iquique. Yo pensaba que ninguna revolución podía ser tan triste, si es para el bien de la gente.
Esa noche Mirta, que tenía veintiuno, como yo, me contó con mucha emoción, que estaba embarazada. Era su primer hijo. Le conté de mi primer embarazo. Nunca lo había hablado con nadie. Yo en aquel momento tenía quince, no tenía ni idea de nada. Cuando mi primo se metió en mi cama y me tapo la boca, yo no dije nada, para que el viejo no lo mate. En fin, pero eso no es lo que quiero contar ahora.
La madrugada del 20 de junio caminamos en pequeños grupos hasta la estación. Llevábamos las banderas enrolladas y caminábamos muy juntos para disimular las cañas.
En el tren había un clima de fiesta. Muchos estudiantes y muchos compañeros de nuestro barrio y de otros. Creo que el grupo más grande era el de Berisso.
No puedo recordar muchos detalles. Solo sé que cuando bajamos del tren, caminamos junto a una gran cantidad de gente. Desplegamos nuestra bandera, más adelante había otra que creo era de la juventud peronista. Ocupábamos todo el ancho del asfalto y los costados.
Caminamos mucho. Cantamos. Saltamos. Había muchachos que parecía que nos cuidaban, a cada lado de la columna.
Llegamos a un lugar que tenía un enorme y hermoso parque. Me dijeron que estábamos cerca de Ezeiza. Vimos un Avión. Todos gritábamos que allí venía el Viejo. Yo quería verlo. Un compañero me subió sobre sus hombros. Cantamos la marcha peronista. Yo me sabía sólo la primera estrofa, pero movía los labios para disimular.
De repente gritos, explosiones, gente corriendo. A mí me hizo acordar al día que entró la yuta en el barrio… ¡Eran tiros! …Pero ¿quién podía estar armado en esa fiesta?
Creo que me caí de los hombros del compañero del susto. No se separen decía Rodolfo. Jorge apretaba la mano de Mirta y ella la mía. Sentí con el cuerpo lo de compañeros.
¡Yo sólo quería ver al Viejo!
Ahora tenía mucho miedo…
Mirta estuvo todo el tiempo al lado mío, a pesar de la confusión general y de su embarazo. Yo empecé a entender que los tiros venían de dos lados, el palco y el pinar. Le dije a Mirta que nos tiráramos al suelo dando la espalda a los tiros, siempre pensé que un tiro en el culo, debe doler menos que en un hueso. Cuando le dije esto a Mirta le dio un ataque de risa. Yo disfruté de esa risa.
Muchas veces lo he pensado, pero no sé, no puedo acordarme, cómo y dónde, llegamos a subir a un tren. El ambiente ya no era de fiesta. Todos teníamos miedo y frio. Algunos compañeros estaban descalzos.
Jorge se llevó las cañas, las puso sobre el techo del vagón y se acostó encima para sostenerlas. Yo rezaba para que no tuviéramos que pasar por ningún túnel.
Llegamos a la madrugada del veintiuno, Jacinto estaba muy borracho y le había pegado al David.
A partir de ese día creció el miedo, dentro y fuera de mi rancho. De muchos de los chicos de la agrupación no supe nunca más nada. Creo que el Viejo no se portó bien con ellos. Pero ¿cómo podía saber cuánto trabajaron con nosotros en el barrio? Si algún día logro verlo, se lo voy a contar.

Marila, 2021.

Ilustración. Daniel Santoro, 2017. La construcción de un sueño que continua (fragmento). Mural.

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