Un ejercicio materialista

Frecuentemente se habla del neoliberalismo como un proceso de captura de la subjetividad, como una profunda transformación moral bajo las coordenadas del emprededorismo, la competencia y la auto-explotación. Atravesar esta escena tanática y empobrecedora de la historia humana requiere sin duda astucia política y potencia colectiva. Pero eso no nos exime de pensar en el terreno ético como un campo de resistencias singulares que reclaman otras estrategias, otras sensibilidades para la emancipación. Transformación colectiva y transformación de sí son campos contiguos de un mismo desafío, ético y político. El filósofo y psicoanalista Roque Farrán viene trabajando hace tiempo en ese espacio delicado y audaz de la pregunta por una vida que merezca ser vivida.

Por Roque Farrán*

Foucault retoma la idea antigua de la filosofía como arte de existencia y forma de vida, para eso rescata el valor del principio de cuidado de sí (epimeleia heautou) por sobre el clásico conócete a ti mismo (gnothi seauthon) que lo ha recubierto históricamente. El conocimiento y el autoconocimiento no se excluyen, pero no son la meta a alcanzar, la meta es constituirse a sí mismo a través de ejercicios concretos: una ascética racional que forma lo que se llama una paraskeue, un equipamiento de discursos verdaderos en los cuales el sujeto asume tanto su valor de conocimiento como su valor de acción. Esos discursos incorporados cotidianamente a través de la escucha, la lectura, la meditación, la escritura, las pruebas y abstinencias, en relaciones con otros muy diversas (escuelas, comunidades, relaciones familiares, de consejo o padrinazgo), constituyen al sujeto en cuerpo y alma. Resulta claro que no se trata de señalar solo un desplazamiento del conocimiento objetivo a los ejercicios espirituales, en retroceso anacrónico respecto a nuestra infatuada modernidad, sino de entender que lo uno no va sin lo otro: que no podemos ampliar y profundizar los conocimientos que importan si no nos implicamos y transformamos a nosotros mismos; que no podemos gobernar efectivamente a los otros si no conocemos el mundo y, a la vez, nos gobernamos a nosotros mismos. Ninguna cultura ha dado con el nudo adecuado de saber, poder y cuidado, pero al menos algunas han sido más honestas en reconocer su fracaso. Han sido ejemplares y valientes en sostenerlo. ¿Qué podemos tomar de todo este acervo de técnicas y saberes en nuestro presente? ¿Acaso las terapias actuales, o incluso el psicoanálisis, pueden considerarse prácticas de sí? ¿Y qué hay de las múltiples relaciones con los otros, de los saberes referidos a la naturaleza y el cosmos, las rigurosas ascesis dirigidas hacia sí mismo? ¿Se pueden replicar o reinventar esas complejas relaciones en la división disciplinar actual, en las prácticas normalmente poco rigurosas y casi nada articuladas materialmente que suelen interpelar casi siempre a un paupérrimo sujeto de conocimiento, o su sucedáneo: el sujeto de la información?
No se trata de caer en anacronismos conceptuales, sino de recrear prácticas que nos sirvan para constituirnos en el presente, incluso usando de otro modo los dispositivos tecnológicos en los que habitamos cada vez más. Se suele decir que los algoritmos juntan en las redes a quienes piensan parecido y así crean una suerte de burbuja ideológica. Sin duda esa apreciación masiva resulta de cierta subestimación del pensamiento. A mí, al menos, no me pasa. No pienso parecido a nadie ni nadie piensa parecido en mi entorno: somos pensamientos diferentes, el pensamiento de la diferencia reina por doquier. No me preocupa. Lo que me interesa es el nudo: el nudo de palabras, afectos, pensamientos que nos constituye, siempre diferentes, pero anudados en algún punto. Si el algoritmo hiciera nudos y me ayudara a continuar el tejido que ensayo asiduamente, yo estaría más que feliz. No habría problema con el gobierno algorítmico de las almas. Pero por ahora no hay programa ni supercomputadora que puedan anudar nuestras diferencias, y quizá no la haya jamás porque eso depende de enlaces absolutamente singulares, no personalizados ni trazados en los perfiles estadísticos que recolectan nuestros datos, preferencias y repeticiones. Un trazo singular es el que insiste en constituirse a sí mismo porque ha encontrado la nota que reverbera en otros, y aguarda que ellos también resuenen a su modo para componer; lo cual no da ganancia alguna, ni acumulados, es una potencia que puede funcionar a pura pérdida. Lo puedo formular más rigurosamente aún. Un enunciado verdadero, para mí, tiene que mostrar (i) el borde o agujero de un saber, (ii) la subversión o inversión de una relación de poder, (iii) el pliegue o torsión de una identidad subjetiva. Esta triple exigencia respecto al saber, al poder y a la subjetividad, que no los revoca ni anula, sino de los cuales se sirve para anudar, es lo que hace a un sujeto de verdad. Un sujeto se constituye así materialmente en el nudo de bordes, relaciones y pliegues, o sea, hace cuerpo de saberes, poderes y subjetividades.
Tengo afinidad con algunxs amigxs y compañerxs marxistas, pero para mí el materialismo es mucho más amplio y antiguo que el marxismo, incluye una radicalidad ética que pone en cuestión no solo la práctica política sino también los modos de conocimiento. En definitiva, el materialismo consecuente no solo se atiene a las prácticas concretas y a la posibilidad de transformación de las relaciones existentes, sino también a la transformación de quien piensa y teoriza, en la relación de sí consigo mismo. El materialismo que sostengo es nodal porque se encuentra en la conjunción de las prácticas políticas, las prácticas de conocimiento y las prácticas éticas. Y esto último se extraña mucho en el pensamiento marxista. Las nuevas teorías marxistas del valor son interesantes, pero es necesario que puedan brindar herramientas para la transformación subjetiva también. La crítica materialista al valor, no solo al valor de cambio o uso sino de cualquier valor humano, nos la enseñan a ejercer los estoicos (antes que Nietzsche) al delimitar lo que depende de nosotros de aquello que no, al practicar la indiferencia respecto de las cosas indiferentes y asumir una causalidad necesaria que no nos deja más alternativa que reconocer nuestra insignificancia y, aun así, responder por cada cosa al instante en que se presenta, con el alma a flor de labios, presta a partir. La mayor herida narcisista es esa: delimitar nuestro imaginario poder de influencia e importancia personal, familiar o colectiva, al punto evanescente en que somos no más que una mueca insignificante del universo. Tenemos que entender que hoy el régimen afectivo dominante, por el cual se mantiene la distracción y división constantes en el seno de la sociedad, es señalado por la indignación. No tendríamos que condescender a ese goce estulto. Propongo un simple ejercicio. Considera cuál es el motivo de indignación que te ofrecen los titulares de diarios o el hashtag de hoy. Analiza fríamente cada representación que se te ofrece, divídela en sus partes y elementos constituyentes, nómbralas y sitúa el valor en relación al conjunto, observa cómo se diluirá su importancia en el transcurrir del día y, en consecuencia, encuentra la virtud más adecuada para responder: coraje, humor, simplicidad, simpatía, etc. Pero sobre todo delimita la indiferencia respecto a las cosas indiferentes, aquello que no depende en absoluto de tu capacidad de acción. Atente al instante, al medio y al lugar justo para responder con conocimiento de causa, no en función del gobierno de las conductas que promueve tu indignación serial para que permanezcas en la estulticia.
De aquí en más, el tiempo que dure, me gustaría leer toda nuestra tradición de pensamiento en términos de filosofía práctica, o sea, de ejercicios de subjetivación de los discursos de verdad. No solo como hace Heidegger en función de la diferencia ontológica, o como hace Badiou en términos de las multiplicidades vacías o suplementarias, sino en concreto: qué ejercicios de imaginación, voluntad, pensamiento, podemos hallar en nuestros antecesores que nos permitan subjetivarnos contra la alienación, estulticia, subordinación o ignorancia que habitualmente dominan nuestras vidas. Ejercicios en relación a otros, en relación a los saberes, en relación a nosotros mismos; pero ejercicios concretos, no argumentaciones o explicaciones o interpretaciones. Porque, en definitiva, no se trata de interpretar el mundo o de explicarnos cómo transformarlo sin disponer de las herramientas necesarias para hacerlo, sino de transformarnos a nosotros mismos para que el mundo cambie en la medida en que nos constituimos como la principal herramienta, la que se encuentra al alcance de cualquiera: el sí mismo.

*Filósofo, psicoanalista. Córdoba, 3 de julio de 2021.
Ilustración: Daniel Santoro. Manual del Niño Peronista. Jornada de luto y Torneos juveniles.

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