Un amor que persevera

Memorias bajo el prisma de dificultades actuales, acechanzas siempre más grandes y dilemas a menudo inabordables surcan los cabildeos del oficialismo. | Por Pablo Dipierri

“Ojalá que no renuncie”, fue la frase que tradujeron durante el ascenso de Sergio Massa al Ministerio de Economía desde un despacho cercano al de la vicepresidenta Cristina Kirchner, en referencia a Alberto Fernández. Como si fuera un anhelo póstumo, ese filoso deseo sintetiza la angustia de la verdadera líder del Frente de Todos ante un presidente que no fue más que la declamación de lo que pretendía mientras sus atributos como dirigente se diluían bajo el sello de la insubordinación económica, el cortoplacismo político y los titulares de cátedra que romantizaban la memoria del kirchnerismo con la liviandad de un taller literario.

Pero el subtexto se explica por una actitud inaceptable del primer mandatario mismo, que deambula por Olivos casi en soledad y oscila entre el despecho y el resentimiento suficiente para blandirles la amenaza de su dimisión a la titular del Senado y el tigrense. “No me jodan porque me voy”, sería una de sus respuestas más habituales cuando se siente acorralado por una interna que no termina por más alivio financiero que consiga Massa con la refinanciación de los bonos, a costos más onerosos para el Estado nacional, o más ajuste fiscal con garantía de silencio kirchnerista.

La distensión florece, paradójicamente, por un favor impagable de la administradora de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, quien embistió brutalmente contra la arquitectura opositora. La dirigenta chaqueña visualiza tal vez que, frente a un oficialismo débil, cualquier radical o macrista se ilusiona con emprender su propia aventura electoral. Por eso, acometió contra sus socios primero en TN y después en La Nación +: usó las dos vocerías del empresariado local para zamarrear a sus socios antikirchneristas.

Porque incluso en su etapa menguante, el kirchnerismo es el ordenador de la política vernácula. A la frase del ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, Andrés Larroque, acerca de que no hay peronismo sin Cristina y que sin peronismo no hay país, habría que agregarle una línea más: sin kirchnerismo, no hay política.

De ahí que, con más veneno que otra cosa, la tapa de Clarín ayer hiciera hincapié en que La Cámpora marcharía mañana junto a corrientes combativas de la CGT y la CTA. Al establishment le resulta revulsivo que, aún con la ex Presidenta arrinconada por el escarnio mediático y vilipendiada por cierto peronismo de salón, todavía regurgiten memorias de rebeldías, una liturgia de interregnos felices bajo el cielo de una normalización neoliberal y una pasión militante contra la quietud adormecedora de la historia como si fuera una serie ondemand.

Por lo demás, a la movilización contra devaluadores, formadores de precios y ajustadores, según los flyers de la central conducida por el diputado Hugo Yasky, asistirían todas las tribus que sustentan al mandato presidencial en curso. Anunciada cuando Silvina Batakis todavía era ministra, mitigada por la conducción cegetista cuando escaló Massa y cabildeada en sus consignas, itinerario y operatividad hasta que se concrete, la protesta alumbraría un hito difícil de encasillar: no será contra la Casa Rosada aunque, como advirtió el triunviro Pablo Moyano, reclamará que el Gobierno “se ponga las pilas”; y será contra los ajustadores pero no contra los que profundizan con quinta a fondo lo que una fracción del kirchnerismo le impugnaba a Martín Guzmán sino contra sus sponsors, según le explicaron a este medio desde la central obrera sita en la calle Piedras.

Así como Theodor Adorno y Max Horkheimer alertaban en su libro Dialéctica del Iluminismo que “la prohibición de la imaginación teórica abre camino a la locura política”, el encierro en la intriga de palacio –por más que se conceda legitimidad a esa sofisticada trifulca cuando se hace en nombre del pueblo- puede derivar en el desconcierto de las bases y la esterilidad de la contención frente la inestabilidad psíquica de un país imposible.

Entre el desánimo y la extenuación por una malaria que acredita casi 7 años, los trabajadores ya no van de la casa al trabajo y del trabajo a casa sino de un trabajo al otro, a merced la fragmentación de clase, la deslocalización productiva y la impotencia gremial. Maniatada por un nerviosismo que no comprende y anestesiada por un dolor que no se apaga viendo Netflix, la parte del electorado que aspira a la distinción de lo que el sistema le ofrece participa del consumo irónico esculpido por influencers que contribuyen al fortalecimiento centrípeto de anillos concéntricos rodeados por la aritmética de sondeos y selfies, una suerte de Gran Hermano previo a las PASO 2023 que reduce la democracia a un casting y las elecciones a un sketch.

En última instancia, esa pobreza enaltece el mito kirchnerista como un Carpani slim fit, dispuesto antes al consumo de sí mismo que a la organización plebeya. Y se convierte, indefectiblemente, en tristeza y no es casual que esa amargura se explique mejor en Marvel que en las unidades básicas, como cuando el gladiador Vision le pregunta a su amada Wanda “qué es la pena, si no el amor que persevera”.

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