Superstición, inflación y preperonismo

La inflación es un cuco para los gobiernos argentinos. Y aunque desde el liberalismo se la imputen a las administraciones de signo peronista, la experiencia histórica demuestra lo contrario: más allá de los esfuerzos teóricos por explicarla como un fenómeno multicausal, sistemáticamente se convierte en una herramienta disciplinaria de las clases dominantes para que los trabajadores o sus representantes, sea en los sindicatos o el Estado, no prevalezcan en la puja distributiva. El trauma de la derecha es que los líderes populares como Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner o la propia vicepresidenta Cristina Fernández intentaron pisarle la sábana al fantasma. | Por Pablo Dipierri

El Índice de Precios al Consumidor trepó en abril 6%, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Siete décimas por debajo de marzo pero por encima todavía de las expectativas que el Gobierno nacional barajó desde la última publicación de esas mediciones, el número sirvió de insumo para que se sigan azuzando temores sobre una escalada sin fin y se siembre desánimo bajo la sentencia de la insuficiencia ante cualquier mecanismo paliativo de recomposición de los ingresos resuelto por el Estado.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, no contagia el sosiego que pretende transmitir cada vez que se refiere a la necesidad de tranquilizar la economía, aunque no le falten razones conceptuales sobre la definición del problema. Conforme se agota la paciencia social y se potencia la irritación desde las pantallas del infotainment, la serenidad del funcionario forjado entre las aulas de la Universidad Nacional de La Plata y su par estadounidense de Columbia rinde menos. “Guarda con salirse de un espacio de sentido común, ya sea por un lado o por el otro”, dijo el titular del Palacio de Hacienda en el cónclave que organizó esta semana la AmCham, la cámara de empresas norteamericanas en Argentina, y explicó que hay que “atacar las múltiples causas” que generan la inflación “con un programa económico consistente”.

Aunque suene supersticioso, Guzmán argumentó en ese contexto que “de poco sirve hacer cosas que tienen un foco cortoplacista (porque) después nos encontramos nuevamente con restricciones que nos llevan a crisis económicas y cambiarias”. Otra de las muletillas que empleó en los últimos días es la que le prende velas a la necesidad de “anclar las expectativas” pero esa tarea no sólo le exigirá la razón en sus argumentos sino gravitación como actor con capacidad de agencia y poder político. De ahí que el ministro deslinde una cuota de la responsabilidad por el alza de precios en la interna de los líderes del Frente de Todos, más puntualmente en las críticas que le propinan la vicepresidenta Cristina Kirchner y La Cámpora.

Tal vez la última ficha que le quede ante a los embates del cristinismo sea que efectivamente empiece a bajar la inflación en los meses venideros. No obstante, da en la tecla cuando menta que la dificultad para encorsetarla estriba en el cuello de botella que se manifiesta ante el crecimiento económico, la falta de divisas para la compra de insumos importados, la consecuente presión sobre el tipo de cambio y la elusión precaria –o cortoplacista, para un país periférico subordinado a la hegemonía de Washington- con recursos fiscales que los detractores de la city traducen como el gasto público que incrementa el déficit fiscal. Una mirada más justa debería etiquetarla como el parche que tapa el agujero del retaceo empresario a la reinversión de sus utilidades.

Memorias plebeyas

Con hitos que pivotean entre el recuerdo del patagónico Sergio Valenzuela, el hombre desocupado y padre de 8 hijos que vituperó a Raúl Alfonsín en un acto oficial en la década del 80’ y terminó siendo famoso por la respuesta del por entonces presidente cuando le dijo “a vos no te va tan mal, gordito”, y las alusiones de Juan Domingo Perón al alambre de fardo en 1953, esta pampa gringa es pródiga en registros populares para cuidarse el bolsillo. Para desgracia o comicidad, la hinchada de River cantaba durante la hiper del 89’: “Boca va a salir campeón el día que los chanchos vuelen y en la Argentina pare la inflación”. Más agoreros que gallinas, los millonarios acertaron: los xeneizes se coronaron en 1992, después de jugar 11 años sin conseguir un título, cuando el guarismo fue de 17,5 anual luego de los picos de 3079,5% en el año que el radicalismo entregó el poder anticipadamente a Carlos Menem y 2314% en 1990.

Más allá de esos recuerdos, diversas corrientes historiográficas consignan que en pleno auge del modelo agroexportador local los mercados externos determinaban en gran medida el nivel interno de precios. Entre 1880 y 1930, los aumentos que acusaban las mercancías en el plano internacional se replicaban sin escalas en el circuito doméstico porque no había siquiera un desarrollo industrial consistente que coadyuvara al desacople.

En tal caso, tallaban imponderables como sequías que magreaban el ganado y las cosechas, y las posteriores devaluaciones del peso. Así, se incrementaban los precios de los bienes importados, desde el carbón usado como combustible hasta los bienes de consumo, y también de los exportables, como la carne y el trigo, narra Mario Rapoport en “Una revisión histórica de la inflación argentina y de sus causas”.

Uno de los primeros zamarreos inflacionarios fue el de la crisis de 1890. Miguel Juárez Celman fue recordado como un presidente cuya gestión estuvo signada por la corrupción pero la gravedad más alarmante fue el endeudamiento que labró y la timba que montó alrededor del valor de las tierras apropiadas con la expansión de la frontera agropecuaria por el exterminio roquista de los indios. Si bien no se calculaba por aquellos tiempos el índice de precios al consumidor, se estima que en 1889 habría aumentado más del 30%, y cerca del 50% en 1891, cuando la devaluación alcanzó al 54%.

Sin que la carestía de vida para el movimiento obrero cesara entre Juárez Celman y la sanción de la Ley Saénz Peña, los bamboleos se repitieron durante la Primera Guerra Mundial. Entre 1913 y 1918 los precios mayoristas crecieron 300% en Italia; 240% en Francia; 130% en Gran Bretaña y 90% en Estados Unidos. Al término del conflicto bélico, la inflación argentina fue del 26%.

Por lo demás, el gran cimbronazo se dio con el crack del 29’. El cierre de los mercados al interior de cada geografía nacional, redundó en deflación, quiebra de empresas y desocupación. En sólo dos años, 1931 y 1932, el nivel de precios descendió un 23%, y en 1934 otro 11%.

Recién en 1935 las políticas introducidas a través de los flamantes organismos reguladores de granos y carnes y el despliegue del Banco Central lograron frenar ese proceso. “Entre 1945 y 1971, la tasa de inflación de la Argentina promedió el 25% anual. Con un pico menor de 3,8% en 1954, durante el peronismo, y uno mayor, excepcional, del 113% en 1959. Luego, entre 1971 y 1973, el promedio se elevó al 60%, debido, entre otras cosas, a la incidencia de la suba internacional del precio de la carne, un producto clave de exportación”, dice en sus estudios Rapoport.

De aquella época data el discurso de Perón frente a un pueblo enardecido que pedía luz verde para dar “leña”. Corría el 15 de abril de 1953 y la CGT organizó un acto multitudinario en la Plaza de Mayo para defender al Gobierno. Evita había pasado a la “inmortalidad” como “jefa espiritual” el 26 de julio anterior y la oposición acusaba al General de corrupción al tiempo que el control de precios caldeaba los ánimos. Desde 1952, funcionaba la Comisión Nacional de Precios y Salarios, con el propósito de “alinear” ambos factores. Según información oficial, la inflación había sido de 38 puntos y alrededor de 300 comercios habían sido clausurados por incumplimiento del congelamiento.

Ya entonces operaban comandos civiles y 5 personas murieron ese día mientras y otras 90 resultaron heridas por la explosión de bombas que estallaron en la calle Hipólito Yrigoyen y la estación cabecera de la línea A del subte, sobre la actual Avenida de Mayo.

En su alocución, Perón expresó: “vamos a tener que volver a la época de andar con el alambre de fardo en el bolsillo”. “¡Leña, leña, leña!”, contestó la gente que colmaba la Plaza de Mayo, y el primer mandatario arremetió: “Esto de la leña que ustedes me aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?”. En medio del griterío que vitoreaba al líder se produjeron las explosiones del ataque perpetrado por los opositores que atentaron contra la movilización pero el Jefe de Estado no se detuvo: “Con referencia a los especuladores, el Gobierno está decidido a hacer cumplir los precios aunque tenga que colgarlos a todos. Hasta ahora, he empleado la persuasión. En adelante, emplearé la represión. Y quiera Dios que las circunstancias no me lleven a tener que emplear las penas más terribles”.

Cuando lo derrocaron en 1955, el número de la discordia fue de 12,3% por ciento. Dos años más tarde, esa cifra se duplicó.

Winter is coming

En 1959, el ministro de Economía que acompañó a la Revolución Libertadora y continuó durante la presidencia de Arturo Frondizi, Álvaro Alsogaray, anunció su plan contra la inflación de forma desopilante. “Estamos viviendo de los préstamos extranjeros. Las medidas en curso, la contracción drástica de los gastos del gobierno y los grandes recursos del país permiten, si logramos un compás de espera, […] que podamos lanzar una nueva fórmula: hay que pasar el invierno”, poetizó para reverberancia perpetua.

Ninguna novedad para el lector: en el diagnóstico ortodoxo, la solución provenía principalmente del ajuste. En un artículo publicado en el número 29 de la revista de la Unión Industrial (“La inflación argentina y su trasfondo social y político”), Carlos A. Coll Benegas, que también fue ministro durante pocos meses en 1962, subrayó que las verdaderas causas de la inflación argentina no eran los términos del intercambio o el déficit de la balanza de pagos ni del presupuesto. La inflación argentina tenía su origen en el “tremendo egoísmo que caracteriza a sus grupos sociales”, aventuró, y apuntó que eso advenía “a través de la política salarial peronista”.

El veneno oligárquico contra la estructura estructurante estructurada del pueblo a partir del 17 de octubre de 1945 es palpable pero la catarata de basura informativa suele despistar al observador desatento. No es casualidad que los gobiernos populares vernáculos terminen con estrangulamientos financieros y yugulación del poder adquisitivo por viandazos en los precios: la pulseada por la apropiación de la renta se corta con espasmos inflacionarios que condicionan o voltean a los dirigentes que tienden a la redistribución del ingreso.

Es ilustrativo que el “Rodrigazo” de 1975, un ajuste despiadado en todas las esferas y cuya síntesis se revelaba en la suba de la nafta en 181% en un mes y la carne un 36%, no logró la redistribución regresiva del ingreso que procuraba debido a la resistencia de los sindicatos. Tampoco la última dictadura militar, que redujo el salario real a la mitad, sació el apetito de los dueños del país ni terminó completamente con los obstáculos plebeyos que pretendía erradicar. La inflación de tres dígitos persistió de punta a punta hasta 1983, merced a la bicicleta financiera al paso que se liquidaba el proceso de industrialización y se reprimarizaba el aparato productivo, pero los argentinos suelen ser porfiados. A la larga, y contra todos los pronósticos reponen el antagonismo.

Tan brutal como la represión verde oliva fue el castigo económico del bienio 89’-90’. Cuando se concretó el traspaso del poder entre Alfonsín y Menem, los precios treparon un 197%, los salarios entre 110% y 160% y las tarifas de gas, electricidad y teléfonos (que habían quedado rezagadas frente a los otros precios) un 700%, recoge Rapoport, y acota que la participación de los asalariados en el ingreso cayó al 20% (del 43% en 1974 y el 27% en 1988). Ese descalabro había sido precedido por el levantamiento militar contra el gobierno radical en diciembre del 88’ y la toma del cuartel de La Tablada por parte del MTP en enero del 89', bajo el alegato de una intentona por interrumpir el orden constitucional en marcha. Por lo demás, el BCRA carecía ese verano de las reservas suficientes para afrontar los vencimientos de deuda externa y la literatura económica de la época acredita por estos días un best seller como el libro de Juan Carlos Torre, “Una temporada en el quinto piso”.

Al año siguiente, la hecatombe inflacionaria se desprendió ante los trascendidos periodísticos respecto del inminente lanzamiento de la dolarización. Primero se congelaron los depósitos bancarios, luego sobrevino el Plan Bonex y la hiper del 90’ licuó la deuda cuasifiscal en pesos y allanó el camino para la convertibilidad.

Al decir de Rapoport, “la hiperinflación es comparable a la guerra, porque predispone a la población a aceptar medidas que antes hubiera rechazado, con tal de poner fin a la traumática experiencia. Este efecto operó sobre la sociedad argentina, que en 1991 reinició un ciclo similar a los de la etapa agroexportadora, en el que los auges y las depresiones volvieron a enlazarse con los movimientos internacionales de capitales”.

El acicateo mediático permanente con la inflación, que no es una sensación pero no deja de ser una operación sobre la subjetividad de los argentinos, obedece a objetivos claros. Tanto la Vicepresidenta como Guzmán comprenden y comparten esta mirada por más que difieran en la forma de pararse ante el desafío. Al otro lado del Frente de Todos, el plan es traslúcido: volver a un país preperonista.

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