La sociedad del salario y los derechos

Las consignas y los horizontes políticos bajo el debate de la reforma electoral que blanden las corporaciones económicas. La puja semántica y la corrosión política alrededor del salario y los derechos. | Por Leandro Macía*

Macri empezaba a gobernar el país y Vidal a ejercer como su correa de transmisión en el distrito más populoso de la Nación cuando se producían despidos masivos en ambos estados.

Se apuntaba que la política transmitía una señal inequívoca para cierto empresariado que entendía que la acción estatal implicaba de suyo la pasividad de las respectivas carteras laborales frente a sus propios despidos masivos.

Eran tiempos en que aún negaban la reforma laboral que lanzaron al tercer cantar del gallo, tras las elecciones de medio término, y que hoy agitan como vergonzantes de aquella vergüenza.

Por entonces había voces que ya referían que la reforma laboral la estaban produciendo por vía de hecho. Que iban a empatar hacia abajo para luego decir que eran pocas las personas contenidas por la normativa laboral y que la única forma que esta pudiera comprender más gente era rebajar los niveles de protección que la realidad ya estaba negando.

Claro, esa realidad estaba por ellos propiciada a partir del desempleo que habían empujado y por la renuncia estatal a controlar el cumplimiento de la norma laboral, cuyo acto más escandaloso era la multitud de personas que en bicicleta o moto repartían comida y mercadería por las calles de todas las ciudades despojados/as de todo derecho laboral –exhibiendo, así, la abrumadora pasividad estatal-.

Pujar por el deterioro de las condiciones laborales ha sido una obsesión de ciertos sectores de poder y de sus personeros políticos. La realización del tal objetivo parece estar sujeta a la posibilidad de que los propios sectores que tienen como sola herramienta de supervivencia el propio esfuerzo sean convencidos que tales políticas resulten necesarias para garantizar tal supervivencia. O que sea su condición actual todo horizonte y que derechos edulcorados y discrecionalmente distribuidos compongan toda su esperanza.

Eso implicaría la renuncia a la expectativa por un empleo formal como le conocemos y admitir, de paso, que debemos abandonar el ideario de una sociedad en el que el trabajo asalariado sea el ordenador principal de nuestras vidas.

La ruta hacia el tal ideario puede darse de diversos modos.

Una posibilidad sería la del aumento de angustias hacia quienes trabajan por medio de la rebaja de sus derechos y reducción de obligaciones al empresario, al tiempo que el Estado asuma parte de las consecuencias de esto, lo que se traduciría en un creciente saldo de personas desocupadas a quienes este debe responder con asistencia de diverso tipo.

Este último tramo resulta imprescindible si se considera que ese ajuste sobre el nivel de vida de las personas no se puede sostener -tan solo- con esquemas represivos sino que, además, requiere una asistencia social que postergue la violencia latente que implican los crecientes niveles de desigualdad social que se proponen. Ello, hasta la cristalización de estratos sociales a los que se llega cuando se termina de anular toda expectativa de ascenso social.

También debe trabajarse sobre la huella cultural que nos dejó un Estado de bienestar con centro en el trabajo dependiente digno y con custodia de los derechos de quienes trabajan -que levantó el peronismo y que desde hace años se intenta desmontar, ya por acción estatal o de diversos actores cuando el estado quiso restablecerle-.

Difícil sería torcer la sensación de bienestar que nos produce la memoria de tiempos felices.

Sin embargo, pueden desviarse aquellos conceptos tal y como los conociéramos en aquel entonces. Vale decir, no parece posible referir al salario como algo malo, pero si decimos que todo tipo de pago, asignación, beneficio o ingreso es salario, este concepto perdería el sentido que tuvo en aquellos tiempos. En efecto, si todo es salario, salario ya no significa lo que significaba.

Sería cierto que así podríamos aspirar a aquello que se nos parecería negar, aunque en realidad estaríamos añorando mucho menos que lo que antaño y la consecución del anhelo no produciría la satisfacción que entonces vivimos o de la que nos hablaron.

Es que hay dos formas de tener las utopías a mano. Una sería acercar nuestra realidad a ellas. La otra, reducir nuestras aspiraciones.

Con esto último se reducen también las posibles rebeldías que produce verificar la distancia con el horizonte lejano. Rebeldía que, colectivizada, se constituye en la mismísima posibilidad de acercar tal horizonte. Y allí, esperanzas y rebeldías se nutren de rebeldes y esperanzados.

Trabajo digno para todos y todas; gobernar para dar trabajo; garantizar condiciones dignas de labor; un país orgulloso de cuanto produce y de cómo vive su pueblo; desarrollo con justicia social. Estas no son meras consignas. Son faro para quienes se encuentran en la función pública y constituyen el combustible de las esperanzas que necesitamos para echarnos a andar enérgicamente.

Será todo esto o seremos menos de lo que quisimos. O tal vez, sólo sea que muchos y muchas estemos muy grandes como para empezar a resignarnos.

 

* Abogado laboralista y subsecretario de Relaciones de Trabajo en PBA

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