Segundo tiempo

El Frente de Todos transita una tensa reconfiguración, entre la debilidad política de un peronismo que pende del liderazgo de Cristina Kirchner y las urgencias económicas. | Por Ciro Migliani

La mayor crisis del Frente de Todos en el gobierno coincide con la mayor crisis de representación del movimiento peronista en toda su historia. Hace tiempo que el peronismo mutó y las razones que lo explican alcanzan para escribir una enciclopedia.

Cristina Kirchner absorbió la centralidad que lo reemplaza, pero la dependencia de su pensamiento y su palabra distan de la poderosa maquinaria organizativa que caracterizó al movimiento hace varias décadas atrás. Hoy, acorde a los tiempos que corren, la organización de masas ha sido reemplazada por los likes y la viralización de sus discursos en las redes sociales.

El progresismo que la sigue y que multiplica su pensamiento ya no garantiza la verticalidad y el rol regulador que consolidó la marca registrada de la orgánica peronista. En su lugar, un océano de debates se impone por sobre la acción directa, militante y organizada. El movimiento nacional deja su espacio vacante y se reduce a un partido político más, entre todas las minorías vigentes. Salvo para quienes piensan que La Cámpora significa esa continuidad.

La dirigencia, además, transcurre una debilidad alarmante. Los reiterados ciclos de deuda, la descomposición del trabajo y el salario, la transferencia de riqueza en favor de una nueva oligarquía financiera, el stand by de industrialización en el que entró la Argentina desde el golpe de Estado de 1976 y la pobreza estructural que comenzó a cristalizarse desde ese mismo período consumaron el divorcio del pueblo con la “clase” política, cuyos ciclos conforman un ovillo de múltiples puntas, difícil de desenredar.

En ese contexto, lo que se conoce como “la interna” en el Gobierno nacional operó como un acelerador combustible para sus integrantes y para muchos dirigentes de la coalición. Pero no fue otra cosa que la exposición pública de dos caminos muy distintos, casi contradictorios, que se podían tomar para resolver las catastróficas consecuencias del último ciclo neoliberal, bajo la presidencia de Mauricio Macri entre 2015 y 2019.

Para colmo de males, se cumplió aquello del aleteo de la mariposa. El mundo ya no es el mismo para nadie. La multipolaridad inaugurada tras la guerra en Ucrania cristalizó una disputa que se desarrollaba fuera de los grandes títulos de los diarios y que tiene al dólar y a EEUU en una seria crisis.

La demanda de alimentos y energía is the new deal. La Casa Rosada se encontró con la novedad al mismo tiempo que el resto del planeta, pero aún no logró articular las respuestas adecuadas.

Mientras no pocas naciones incrementaron políticas proteccionistas de sus respectivos mercados internos, restringiendo exportaciones o gravando su renta, aquí ocurrió exactamente lo opuesto, a expensas de un empresariado voraz y alejado de todo rasgo de humanidad que continuó extranjerizando utilidades sin pausa. Y mientras una parte del mundo cada vez más creciente elige comerciar en monedas alternativas al dólar, Argentina tiene una cuenta PII (Posición de Inversión Internacional) acreedora, es decir, tiene más plata de personas físicas y jurídicas, incluidos los bancos, fuera de su sistema financiero que dentro de él. Eso significa que lo que decía la Vicepresidenta en diciembre de 2021 era cierto: no nos faltan dólares para pagarle al Fondo, sino que están afuera y nos convierten en desesperados dependientes de esa moneda justo cuando el mundo se prepara para pasar de ella y Bretton Woods empieza a oler rancio.

Un sector del Gobierno, que influyó hasta ahora en las decisiones más importantes del presidente Alberto Fernández, ha insistido en buscar la protección de un imperio desgastado y con cada vez menos influencia global. Además de la cartera económica, hay que anotar en ese breve listado a la Secretaría de Asuntos Estratégicos, el Ministerio de Desarrollo Productivo hasta hace unos días y a la Cancillería, entre otros.

Ese atraso ideologizado de la gestión y una clase empresaria desnacionalizada por completo hundieron finalmente a Martín Guzmán y separaron en dos partes desiguales a las fuerzas que componen el Frente de Todos. Es imposible separar al ahora ex ministro de Economía del trato firmado con el FMI y las obligaciones que esa letra impuso.

Sin embargo, también en este caso la crisis representa una oportunidad. El diálogo entre el primer mandatario y su compañera de fórmula era la única respuesta política posible ante el  desastre inminente. Solo una salida política que le devuelva aunque sea un poco de fortaleza al FDT puede sentar las bases para una resolución de la crisis económica. Sin la primera, poco importa el nombre que reemplace a Guzmán en el ministerio.

La crisis se acelera porque el contexto internacional determina el rumbo de las cosas y sus consecuencias imponen los límites locales. Al aceptar como ángeles los mitos económicos impuestos por el imperio neoliberal (no emitirás, no deficitarás), se adoptaron medidas que desprotegieron el salario, pulverizaron el consumo, evaporaron las reservas en moneda extranjera y dispararon la inflación.

Así y todo (o como consecuencia de eso), Argentina exhibía números positivos de crecimiento económico que fueron aprovechados por cuatro vivos, como advirtió Cristina en la lejanía del 2021, y  ese dato permitió la insólita argumentación de Guzmán para despedirse en medio del “crecimiento económico”. No es casual que la misma lógica de “hice todo bien y nos iba bárbaro” fuese utilizada por el también renunciado Matías Kulfas. Los dos forman parte del quinteto “Deslumbrados con la Embajada”.

La crisis primero es política, luego económica. Pero la crisis económica ahora es urgente. En el acto de Ensenada, para variar un poco, quienes acompañaron a Cristina en el escenario no fueron meros teloneros de los Beatles. Tanto el intendente anfitrión, Mario Secco, como su par de Berazategui, Juan José Mussi, realizaron aportes valiosos. Este último refirió con dolor que es la primera vez que le toca ver a los trabajadores debajo de la línea de la pobreza. Recordó que, antes, pobres eran los que no tenían trabajo, pero que ahora también lo son quienes lo tienen.

Así, el diálogo y la posterior cena entre Alberto y Cristina, sin importar su naturaleza amistosa o tensa, debería imponer en su virtud un reordenamiento de la fuerza política que gobierna el país. Es preocupante que no haya sucedido así durante los primeros días. Su retraso alimenta dudas y profundiza la debilidad del Presidente.

Sergio Tomás Massa, en tanto tercer socio en importancia, intentó tomar el mayor control posible dentro del Gabinete cuando olió la sangre que flotaba en el río revuelto. Su deseo no fue concedido pero, lejos de enojarse -como despotrica en off-, continúa apostando a un sillón de importancia y no dará un portazo ofendido, porque conoce sus propios límites y responde, también, al embelezamiento imperial, que lo prefiere adentro antes que afuera.

Los cambios en el elenco gubernamental, necesarios y precisos, no han terminado con el desalojo de los petates de Guzmán del 5º piso en el Palacio de Hacienda. Su celeridad y profundidad dependen de la lapicera del Jefe de Estado y no ya de los diálogos, que han sucedido con suficiente claridad.

La designación de Silvina Batakis puede constituir la posibilidad de un nuevo camino en la economía, un “segundo tiempo” apoyado en una dirigencia que asuma el momento, con síntesis en la recuperación de las condiciones en las que mal vive el pueblo trabajador.

En su caso, ya no alcanza con acertar. La comunicación oficial especializada en el daño autoinflingido, no ha sido cambiada (aún) y hará falta una ordenadísima organización discursiva.

El momento, es cierto, es el peor imaginable. La hiperinflación ya tocó el timbre de la puerta de calle y la relación monetaria es brutalmente desfavorable. Las formalidades de las leyes económicas fueron escritas por los dueños de la sartén y, para todo lo demás, reina lo esotérico (“expectativas”, “confianza”, etc.). De allí las complejidades que se avecinan.

Enfrente están las trampas trazadas -en los paneles televisivos y en no pocos despachos técnicos- por los influencers de la economía financiarizada, los apotegmas liberales del equilibrio fiscal y la emisión monetaria, los fugadores seriales y los remarcadores de precios. Se requiere, entonces, soberanía política, para tomar decisiones económicas independientes, que provean al pueblo la cada vez más urgente justicia social.

El aprovechamiento del tiempo por estas horas es crucial para el futuro del Gobierno.

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