República de zombies

El compromiso del gobierno y hasta las consignas de la propia ex Presidenta acerca de un nuevo contrato social de ciudadanía son correctas pero, quizá, improcedentes frente a una turba neofascista. | Por Pablo Dipierri

A la madurez democrática de la vicepresidenta Cristina Kirchner, el ex presidente Mauricio Macri contestó con la rusticidad de los monstruos esculpidos en Twitter. Durante su encuentro con curas y religiosos, la líder del Frente del Todos ratificó su defensa del diálogo entre los sectores con representación social para encontrarle la vuelta a los problemas económicos y robustecer el pacto democrático que languidece bajo el imperio cultural del resentimiento de clase. En una entrevista concedida a La Nación +, el fundador del PRO enterró la chance de conversar con su antagonista.

Mientras que la ex Presidenta ponderó nuevamente que se reunió hasta con Carlos Melconián, ex titular del Banco Nación en la gestión de Cambiemos y heredero de Domingo Felipe Cavallo en la Fundación Mediterránea, el otrora mandamás en Boca Juniors relativizó el encuentro que su amigo y ex apoderado del partido político que creó, José Torello, mantuvo con ella. “No quiero generar expectativas en cosas que no han sucedido. Las pocas conversaciones que he tenido con ella fueron frustrantes y no nos olvidamos que no me entregó los atributos, desde ese lugar pensar que va a haber un diálogo constructivo… Ojalá”, contestó en el set televisivo que lo complace con frecuencia.

El desprecio y la displicencia en las respuestas de Macri podría leerse como una de sus características habituales pero también expresa el clima espeso, la asfixia intelectual y la chatura del debate público. “La verdad que el diálogo es algo fundamental en la sociedad y la falta de diálogo lo venimos sufriendo desde que el kirchnerismo gobierna”, espetó el ex Jefe de Estado sin ponerse colorado, y agregó: “empieza a hacer esa convocatoria al diálogo quien dijo horas antes que había 3 toneladas de discursos de la oposición, de editoriales periodísticas, de fallos judiciales que habían gatillado el arma cuando todos unánimemente repudiamos este hecho”. En las fauces del basurero mediático, cualquier bastardo tiene derecho a deplorar la palabra y fingir demencia.

Esa irracionalidad, cultivada intensivamente en las gerencias de los grandes holdings del infotaiment, se expandió como un veneno al Poder Judicial y capturó la mayoría de las bancas en el Congreso y buena parte de las estructuras gubernamentales. Tanto que ya no se sabe si el mercado le dicta a la Casa Rosada las medidas que toma el ministro de Economía, Sergio Massa, o si el titular del Palacio de Hacienda es el representante más eficiente del poder económico en el Ejecutivo nacional. Nota del que suscribe: no es que la indistinción sea por falta de claridad de quien tipea o quien lee sino que su confirmación llevaría a la concesión de que lo inadmisible se ha vuelto inevitable, después que el kirchnerismo combatiera con ferocidad incomprensible a funcionarios que custodiaban mejor el imaginario del originario Frente Para la Victoria que quien se fue del espacio en 2013 para forjar el Frente Renovador y prometerle a la sociedad la cárcel para la actual Vicepresidenta. No hay normalización psíquica en el oficialismo.

Las encuestas encargadas por dirigentes peronistas y las que pagan los cambiemitas coinciden en los guarismos referidos al rechazo hacia el gobierno en curso. Según el último relevamiento de la consultora Giacobbe, el 67 por ciento de los encuestados quiere que el FdT pierda en 2023 y sólo el 20,5 por ciento anhela su triunfo. Realizada sobre 2500 casos en todo el país, respetando las proporciones por edad, género e ingresos así como la distribución geográfica por regiones y secciones electorales, sólo Patricia Bullrich y Javier Milei tienen saldo favorable en la diferencia entre imagen positiva y negativa, el 70 por ciento considera que la Vicepresidenta es culpable en la causa Vialidad y la mayoría define al fiscal Diego Luciani como un “valiente”.

En otro andarivel, las autoridades del PJ hicieron sus propias mediciones. El 42 por ciento del universo abordado estima que el peronismo no ganará las próximas elecciones, contra un 32 por ciento que le atribuye alguna chance en los comicios. Asimismo, talla cierta traducción esquemática o juego de espejos sobre la percepción alrededor del oficialismo: el 66 por ciento se manifestó contra el feriado decretado al día siguiente del atentado de Fernando Sabag Montiel contra la líder del FdT y un 61 por ciento contesta que no la votaría si fuera candidata.

Ante la proliferación de las bestias y el esparcimiento de la locura, Argentina ya no se parece a un laberinto sino a un desierto. “Ni un vaso de agua te da la oposición”, decía anoche un peronista porteño mientras Macri se despachaba en la tele.

Sin ir más lejos, el periodista Santiago Fioriti narró ayer una anécdota ilustrativa sobre el estado de situación: un lugarteniente de Bullrich montó un búnker informal en un coqueto café de Avenida Figueroa Alcorta el viernes pasado, para atender en sesiones de 15 minutos a referentes de la oposición. A uno de sus interlocutores le habría transmitido lo que piensa la ex ministra de Seguridad: “Primero les bajamos los dientes y, recién cuando los veamos chorreando sangre, nos sentamos a dialogar”.

El escenario obliga a preguntarse hasta dónde tiene sentido la noble persistencia del Gobierno nacional, sostenida desde Olivos hasta el Senado pasando por el Ministerio del Interior y el sindicalismo, sobre la refundación del pacto democrático. Si se considera que los representantes opositores no son más que hombres y mujeres tutelados por los financistas de esas aventuras personales, los llamados de la propia Vicepresidenta o el diputado Máximo Kirchner son valiosos pero suponen un derroche. El kirchnerismo no tiene nada que arreglar con el macrismo o el radicalismo sino con su verdadero jefe: la ex Presidenta está condenada a discutir con Héctor Magnetto para defenderse a sí misma y garantizarle al pueblo lo que gruesas capas sociales ignoran o desatienden, que no es otra cosa que la última barrera de contención frente a la barbarie neoliberal.

Las distopías que se consumen con fruición en Netflix se volvieron plausibles, no tanto por su concreción punto a punto sino por la inspiración apocalíptica de un contexto aporético. Hasta el nuevo contrato social de ciudadanía que propugnara la autora de Sinceramente resulta improcedente frente a una horda de zombies que deambulan, impávidos, en la República de The Walking Dead. Toda reivindicación de la Constitución y la Ley contra el estado de excepción funciona como un repliegue táctico por un diagnóstico que no se termina de asumir: el triunfo electoral de 2019 no desmontó la trágica derrota cultural y política del campo popular en 2015: cada vez es más pertinente la inquietud acerca del anhelo de la porción no kirchnerista que votó a les Fernández para saber si lo que se buscaba no era otra cosa que macrismo disfrazado de peronismo.

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