Recuerdos del futuro pasado

El sistema político argentino y buena parte de su activo militante siguen habitando la misma retórica que en 2008, aunque la sociedad trocó sus demandas. Coincidencias sorprendentes a un polo y otro del antagonismo sobre el rol de Cristina Kirchner y el peronismo. | Por Pablo Dipierri

El presidente Alberto Fernández está abrumado. La vicepresidenta Cristina Kirchner está gobernando.

Las versiones acerca de la presunta dimisión del primer mandatario que surcaron la agenda pública tras la renuncia de Martín Guzmán al Ministerio de Economía y que la portavoz Gabriela Cerruti atribuyó al establishment reeditan, bajo roles invertidos, las horas posteriores al voto no positivo del ex vicepresidente Julio Cobos en la fatídica sesión del Senado por la Resolución 125/2008. La mañana siguiente a esa madrugada fundacional del kirchnerismo hardcore también trascendieron rumores sobre la bronca de Néstor Kirchner y su sucesora en el cargo. “Vámonos y que gobiernen ellos”, fue la frase despechada que hizo por entonces las delicias del off the record.

Casi una década después, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, contaría que llamó por teléfono a la por entonces Presidenta y le pidió que no renunciara. También Carlotto fue clave para sacarlo a Fernández del estupor y la parálisis cuando Guzmán dio el portazo y él se disponía a delegarle el gobierno entero a Sergio Massa, que no pudo atajar la bolilla negra que le habría puesto la jefa del Frente de Todos cuando ya se relamía con el traje de ministro coordinador plenipotenciario en un gabinete alicaído.

Ayer se cumplieron 14 años del momento trágico de Cobos pero, por momentos, tanto el sistema político como las constelaciones mediáticas evidencian que Argentina no pasó de pantalla. Como si el conflicto por las retenciones móviles hubiese forjado una lengua que encorseta lo decible, las dos coaliciones que recompusieron las formaciones partidarias después del estallido del 2001 siguen orbitando como si el choque de planetas del 2008 hubiera centrifugado la democracia.

Con frecuencia se dice que el kirchnerismo interpretó mejor que el resto de las fracciones peronistas y el radicalismo desperdigado las demandas sociales en la posconvertibilidad, pero el Pro fue alumbrado por Mauricio Macri en 2002 bajo el sello Compromiso para el Cambio. El patagónico que trepó a la candidatura presidencial auspiciada por Eduardo Duhalde, tras la evasión de Carlos Reutemann y José Manuel De la Sota, y apiló sus cuotas de legitimidad a caballo del antimenemismo y la recuperación de las instituciones se percató enseguida cuál debía ser el adversario de sus trifulcas. Desde el principio supo que precisaría de un antagonista que delimitara, al mismo tiempo, su propia identidad pero la cristalización de ese nudo se produciría con claridad recién cinco años después y con la actual Vicepresidenta al mando desde la Casa Rosada.

De hecho, la historia de los días previos al diseño de la fórmula del Frente Para la Victoria (FPV) en 2003 es ilustrativa de las tensiones entre el PJ porteño y el kirchnerismo, protointerna de lo que hoy se traduce como el cotejo que disputan el albertismo nonato, arrepentido o menguado y el cristinismo revitalizado. Cuando Kirchner elige a Daniel Scioli como vicepresidente, el ex motonauta se perfilaba para hacerse cargo del cetro en la filial del peronismo de la Capital Federal, rodeado por el mismo Víctor Santa María, Miguel Ángel Toma, Cristian Ritondo y Diego Santilli, entre otros. Para colmo, entre agosto y septiembre de 2003 se produjo la elección a Jefe de Gobierno y Aníbal Ibarra derrotó a Macri en ballotage luego de haber caído por 6 puntos en primera vuelta. El PJ, conducido por el capo de la SIDE, apoyó abiertamente al líder del Pro mientras que el ex fiscal del juicio a las Juntas Militares se granjeó el respaldo del inesperado gobierno de Kirchner.

Los pilares son tan robustos que sustentan hasta los confines las polémicas actuales: el bipartidismo que reinó hasta los 90’ se suplantó con las máscaras del heredero de Socma y el santacruceño primero y la líder del FdT más tarde.

 

Presente en pantuflas

Desde la salida Guzmán, Fernández quedó sostenido casi exclusivamente por la presidenta del Senado, y todos los actores del oficialismo orbitan bajo su influjo. Aunque ella se cuida de no ser quien toma las decisiones, se restituyó la mesa tripartita entre los dos miembros de la fórmula triunfal en las elecciones de 2019 y Massa.

En ese contexto, la prensa masiva se pregunta si la Vicepresidenta apoya o no el rumbo económico que ratificó la nueva ministra de Economía, Silvina Batakis. Los bancos, los industriales, los sindicalistas y la oposición, también.

Así, instalan la pregunta por la conversión de La Griega en fusible, al mejor estilo Jorge Remes Lenicov, o su instalación como pilota de la tormenta financiera. Y a su vez, someten a la Vicepresidenta al escrutinio social en caso que el itinerario económico termine en colapso y la experiencia política en fracaso.

El establishment reclama un salto devaluatorio brusco. “Primero se tiene que ordenar la política; la economía se ordena por añadidura”, glosó uno de los capitanes de la industria que supo conducir la Asociación Empresaria Argentina (AEA). En ese cenáculo alegan que falta competitividad, pero escamotean que ese es el eufemismo para tironear con el propósito de ampliar su tasa de ganancia. Buscan una transferencia de ingresos brutal, y nada más.

El Gobierno, aun en la fragilidad, resiste. Porque la depreciación del peso redundaría en mayor pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores, salvo que mediaran compensaciones por vía impositiva o aumento de retenciones que recompusieran sus ingresos a través de algún tipo de asignación complementaria o un IFE reloaded.

En ese trance, chapotea Batakis. Y bajo esas especulaciones, sostiene la ex Presidenta su Frankestein gubernamental.

 

Retorno en loop

Un dato saliente del fin de semana se desprende de la entrevista que Horacio Verbitsky le concedió a Perfil y la que Carlos Pagni le brindó a Tomás Rebord en su canal de Youtube. Emblemáticos representantes de sus propios polos informativos y las audiencias –más o menos militantes- que construyen, confluyen a pesar de su antagonismo ideológico bajo el resplandor de la líder oficialista como la dirigente más fuerte y, tal vez, la única que puede conducir al país en medio de semejante descalabro.

Como si el influjo del pasado hablara desde identidades irreconciliables a través de ambos pero bajo la necesidad de sembrar las últimas semillas para un pacto sin que ninguno sepa lo que ara el adversario, el director del portal El Cohete a la Luna acuñó que “nadie provoca el tipo de esperanza que provoca Cristina” mientras que el columnista del diario La Nación afirmó que, ante la crisis en curso, “la única solución es que asuma el poder Cristina”. Cual si fuera un Mariano Grondona más lúcido y sofisticado, Pagni abundó: “mi razonamiento termina en que lo que ordenaría a este oficialismo es que se haga cargo Cristina del tema”. Traducido para distraídos: que asuma y gobierne la ex Presidenta. El golpista también es el otro.

Ese punto de concordia deriva de otro con mayor complejidad. Verbitsky se hizo eco hace ya tres semanas de la apelación de la dirigenta peronista a la oposición para acordar el abordaje del drama de la economía bimonetaria. A su criterio, el único que podría sentarse a la discusión sería el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, pero supone que la radicalización por derecha que protagonizan Macri, Patricia Bullrich y Javier Milei lo impugnarían o inhibirían.

Por su parte, Pagni se despachó ayer con el recuerdo del Pacto de Olivos y repuso las dificultades del extinto Raúl Alfonsín para validarlo ante sus correligionarios cuando se destapó la olla de su rosca con su por entonces máximo antagonista, Carlos Saúl Menem. La intriga se descubrió por una nota del mismísimo periodista publicada el 8 de noviembre de 1993 en Ámbito Financiero, publicación a la que caracterizó como “Guerrilla de derecha”, una vez que trascendiera que el riojano en pleno apogeo presidencial admitía que sus asesores coordinaban ya con los del oriundo de Chascomús. La bronca del orador de la primavera democrática radicaba en que especulaba con anunciar los detalles con bombos y platillos recién el 13 de noviembre, 24 horas después que la Convención Radical lo honrara con el cargo de titular de ese órgano partidario.

La acuarela de Pagni no es nostálgica ni azarosa. Su narración zurce la necesidad, según su interpretación, de otro acuerdo nacional. Si antes lo estamparon Menem y Alfonsín, ahora deberían rubricarlo Macri y la Vicepresidenta.

El problema es que ese tipo de tratado sería concebido como una componenda cupular, alejada del “nuevo contrato social de ciudadanía” que la autora de Sinceramente postuló en su campaña de 2019. No obstante, la necesidad tiene cara de hereje. Para el establishment, nada sería más conveniente. La responsabilidad del ajuste caería, precisamente, sobre la mujer que no pudieron domesticar con el asedio político, mediático, judicial y económico que desplegaron durante los últimos 14 años.

El camino que se abre a los pies de la Vicepresidenta tal vez presente, en el corto plazo, una bifurcada: el sacrificio de Batakis y el Presidente en el altar de la estabilización financiera o la asunción heroica de una nueva responsabilidad histórica, con el peronismo encolumnado detrás suyo y el campo minado de una economía indomable. Si después de cruzar ese desierto de pólvora pudiera prevalecer en los comicios de 2023, se dirá que la breve línea de tiempo argentina no registra hazaña más grande que la de esa mujer.

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