¿Puede la ONU resolver los problemas globales?

La Organización de las Naciones Unidas desarrolla una nueva cumbre en un mundo que ha sumado problemas y cristalizado inequidades. El rol de las potencias, la intervención Argentina y el margen resolutivo que le queda al organismo. | Por Augusto Taglioni.

Las Naciones Unidas desarrolla su cumbre número 76 en medio de un mundo cargado de conflictos. Muchos de ellos, de vieja data, pero gran parte de los trastornos planetarios fueron agudizados por una pandemia que expuso muchas de las miserias que la humanidad eligió no ver.

“Estamos al borde del abismo. El mundo debe despertar”, dijo el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, en sus palabras inaugurales.

Año tras año, el diagnostico se repite para problemas que no paran de empeorar. El tema es, ¿puede la ONU hacer algo para mesurar tanto drama?

El lema de la Asamblea es “Crear resiliencia a través de la esperanza: para recuperarse de la Covid-19, reconstruir la sostenibilidad, responder a las necesidades del planeta, respetar los derechos de las personas y revitalizar las Naciones Unidas”.

Esta narrativa busca intervenir en una notoria desigualdad en el acceso a las vacunas para inmunizar a las poblaciones. Mientras hay países que preparan terceras dosis e inmunizan a niños, hay naciones que no aplicaron ni una sola dosis.

Esto sucede porque el multilateralismo terminó siendo un slogan y  los organismos internacionales no cuentan con la capacidad y la potestad de cambiar ese escenario.

Pero el coronavirus no es el único tema de agenda. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, aseguró: “No queremos un mundo dividido ni una una guerra fría”. En otro fragmento del discurso, resaltó que su país “no participa de una guerra por primera vez en 20 años”.

Esta declaración es más que relativa, pues, Estados Unidos tiene un despliegue formidable de bases militares repartidas en todo el planeta y estratégicamente ubicados según el interés geopolítico de Washington.

Biden dice esto porque Estados Unidos está replegándose de algunos escenarios internacionales, como Medio Oriente, que hoy le está generando dolores de cabeza en la política doméstica.

Como fuera, la jugada de la Casa Blanca en la primera intervención de Biden fue mostrar una suerte de lado bueno de una potencia mundial. ¿El objetivo? Apuntar a China y los gobiernos que sostiene como enemigos de las libertades. Una lógica muy de la guerra fría, claro.

Entonces, lo que vemos sobre el tablero internacional es un mundo dividido, desconectado y en crisis sin vistas de solución.

¿Qué rol cumple la ONU entonces? La cristalización de los problemas es uno. El otro es un recipiente de discursos locales.

Si tomamos como ejemplo a Alberto Fernández y Jair Bolsonaro podremos ver como Alberto criticó al gobierno de Mauricio Macri y el Fondo Monetario por el “endeudamiento tóxico” que trajo problemas estructurales a la Argentina.

La idea de “deudicidio” esgrimida por el Presidente puede contribuir a la propuesta de resolver deudas soberanas de países pobres pero en los hechos son balas que se usan para la batalla local.

En el caso de Bolsonaro, hizo uso y abuso de su condición de escéptico de la ciencia y rozó el discurso antivacunas a la hora de defender el uso de la cloroquina y la “autonomía médica”. Lo dice un jefe de estado que construyó un ministerio de Salud paralelo basado en propuestas contrarias a las medidas de cuidado aplicadas en todo el mundo.

Con ese discurso, el brasileño no pretende consolidarse como figura de peso ante la comunidad internacional sino que tiene objetivos mas modestos: consolidar el núcleo duro electoral. Según Datafolha, el 11 por ciento del padrón electoral es antivacuna y anticiencia.

De ese porcentaje se alimenta el bolsonarismo para llegar competitivo a las elecciones de octubre del año que viene en Brasil.

En efecto, la ONU nuevamente es testigo de la desarticulación global para abordar los problemas y se presenta impotente para prevenir ese abismo que trata de alertar.

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