Posdictadura y nación ajena

Inquietudes más allá de la urgencia y la justicia de los planteos de la Vicepresidenta frente al Lawfare. Cuánto conmueve esta escena y cuánto moviliza "pueblo", más que militancia, en defensa de una democracia que defrauda desde que advino de nuevo. | Por Natalia Romé

I.

Algo de la picaresca popular permea, a veces, el discurso estridente de las redes. Ayer circulaba un tuit especialmente centelleante que decía: “La valla hizo mucho por este movimiento, debería ir cuarta o quinta en la lista de diputades”.

No es puro chiste. El renovado entusiasmo que recorrió el sábado las filas de la militancia kirchnerista retoma algo de ese impulso defensivo que marcó su ritmo político en momentos cruciales, en 2008, 2010 o 2015. Remontar la escena, salir corriendo desde el fondo para hacer un gol imposible parece ser una fantasía que alimenta virtuosamente la mística militante. Claro que no se trata de una mera dinámica emotiva. Nada de esa fuerza se apoya en la necedad o la obsecuencia. Es la defensa decidida de un pasado reciente en el que el futuro cabía. Testimonios de ascenso social, de posibilidades conquistadas, gratitud y reconocimiento hacen del amor popular, el testimonio de la potencia de la política bien entendida. No es poco. Y, justamente por eso, abre una pregunta inquietante por la posibilidad de trascender la condición testimonial.

Una gran astucia es requerida, sin embargo, cuando la cancha ha sido trazada por fuerzas adversarias. Tanto la cuidadosa y deliberada escenificación del desparpajo antidemocrático del alegato del fiscal Diego Luciani en la llamada “Causa Vialidad”, como la teatralidad de un amanecer vallado en Recoleta parecen ser piezas de un guión prolijamente escrito en otro lugar. No es un dato menor. El antagonismo político no es una relación especular, para que haya política no alcanza con dos personajes, hacen falta, al menos, tres.  Porque la política no es nunca un vínculo cerrado de pares opuestos complementarios. El peronismo siempre tomó su fuerza política del suplemento de un pueblo incontado, un pueblo por venir (desde alguna “terra incognita”, como decía un joven Félix Luna, un 17 de octubre.)

 

II.

En su ejercicio de defensa pública, Cristina Kirchner fue muy clara respecto de la tarea política que la situación reclama. No se trata de su defensa, se trata de una revisión profunda del compromiso (o la falta de él) del Poder Judicial con la democracia. A este asunto se lo suele llamar Lawfare. El nombre viene a indicar una inflexión novedosa de un viejo problema. Novedosa y vieja, podemos advertir, cuando se la vincula con la Operación Cóndor por su lógica continental, por los resortes que moviliza y los objetivos que persigue.

El síntoma de esa conexión aparece de modo invertido, como suele suceder en la lógica comunicacional contemporánea: farsescas diatribas públicas insisten, desde hace días, en asociar el torpe alegato del fiscal Luciani con el histórico de Julio Strassera, en el Juicio a la Junta Militar. Lo ridículo no quita lo efectivo, como han sabido exponer en una nota reciente en La tecla eñe, Mariana Gainza y Pía López: Estas comparaciones falaces vienen a producir dos efectos problemáticos. Uno, a sostener el desplazamiento del basamento de la legitimidad institucional en el corte con el terrorismo de Estado, hacia el presunto Nunca más a la corrupción. (…) El otro efecto consiste en enrarecer la comprensión de los vínculos entre la criminalidad de las derechas genocidas y las políticas económicas y sociales”.

Hacer pasar la crisis como inexorable y la deuda como un destino ya escrito requieren de una banalización de la historia, un “todo da lo mismo” en el carrusel de símbolos adelgazados y políticamente inertes. No se trata sólo de investir de “genocida” a la corrupción -algo que ya asomada con el eficaz “la corrupción mata” de 2012- sino de ir limando los hechos -los actores y objetivos- concretos del golpe de 1976, abstrayendo su realidad histórica, volviéndolo un símbolo al uso. Lo que se encuentra en juego es la historia misma. Nuestra democracia futura es nuestra historia.

En su reciente discurso de defensa, la Vicepresidenta lo señaló explícitamente. Al recorrer la biografía familiar de quien preside el tribunal que debe juzgarla. El padre de García Uriburu -dijo- “fue director de protocolo de Leopoldo Galtieri y de Bignone. (…) [y] está casado con la nieta del que fuera el coronel responsable de la masacre de Margarita Belén. No les falta nada”.

No se trata de una coincidencia anecdótica, ni de identificar “bandos”. Se trata de señalar una tarea de democratización de las instituciones públicas que se encuentra trunca. Que nunca ha sido realizada en estos casi cuarenta años.

Colocada en ese marco la identificación explicita entre la corrupción y el terrorismo de Estado es el capítulo reciente de un largo proceso de captura posdictatorial de nuestra democracia. Esa batalla ya no se da bajo la forma de una censura o un silenciamiento, se da en el modo de la exposición desvergonzada, impune y ominosa. Los sótanos de la democracia parecen estar vacíos, llegamos tarde. Sus habitantes no operan en la oscuridad sino a plena luz, sobreiluminados ejercen con mayor eficacia su fuerza extorsiva sobre la vida política dentro y fuera del Estado.

La alianza entre dictadura y capital sigue intacta. La carta escrita por Rodolfo Walsh en 1977 espera todavía una lectura masiva que la saque de su función testimonial. Siquiera en el momento de mayor acumulación popular de los últimos años, las políticas por la memoria, la verdad y la justicia lograron perforar la impunidad de los poderes económicos que financiaron la última dictadura militar. El intento de reforma judicial parece ir por segundo naufragio.

 

III.

¿Puede entonces hoy la reforma del Poder Judicial volverse una fuerza impulsora de una gesta emancipadora de masas? ¿Somos capaces de construir la inteligencia colectiva que permita atar cabos, inteligibilizar los puentes que conectan la supervivencia de las fuerzas dictatoriales con la capacidad de veto de los poderes reales frente a toda iniciativa popular? ¿Es posible exponer de modo creíble las conexiones entre postdictadura y pobreza?

Las preguntas suenan ingenuas.

Nada de este inmenso desafío podrá siquiera comenzar a afrontarse mientras los discursos democráticos y progresistas permanezcan entrampados en los laberintos de la corrección política nacidos de la entraña postdictatorial. Los protocolos forjados en organismos internacionales que no han hecho sino incrementar la hiperburocratización absurda de los aparatos de Estado, bajo las coordenadas abstractas de la “transparencia” y el “contralor”, son máquinas de profundizar la ineficiencia. Y la ineficiencia del Estado es indolencia normalizada ante formas de sufrimiento e injusticias flagrantes que no pueden esperar la firma de un expediente.

Crear colectivamente una ética popular y soberana que asigne prioridades, urgencias y establezca con absoluta e intransigente claridad cuáles son los valores democráticos inclaudicables del campo nacional y popular constituye una misión de primer orden.

Pero esto exige comprender los motivos que hacen que esta tarea fundamental de nuestra democracia no logre aglutinar masivamente las fuerzas populares y democráticas. Los argumentos del hambre como prioridad son antes que simplistas, racistas. Quien piensa que a lxs pobres sólo les interesa comer está a pocos centímetros de quien se escandaliza cuando ve grandes televisores en las casas humildes de las villas. Hay que buscar mejores explicaciones acerca de por qué las masas populares no se ven convocadas a una democratización real de nuestras instituciones.

Tal vez, deberíamos considerar seriamente que las injusticias, la crueldad, los avasallamientos represivos y antidemocráticos que hoy se presentan bajo la forma hiper-expuesta del llamado lawfare vienen hace años horadando de modo cotidiano y microfísico la confianza del pueblo pobre en las instituciones. Una decepción sostenida, efecto de una crueldad clasista y antipopular devenida la “naturaleza de las cosas” judiciales (y administrativas) para lxs pobres de la patria. ¿Por qué habrían de conmoverse esta vez?

Cuando la coyuntura se presenta sobre-escenificada, el silenciamiento de lxs que no tienen voz adquiere la forma sorda del ruido. El terreno en el que se libra el antagonismo se aleja cada vez más de la vida real de la gente sencilla, se desancla de la sensibilidad cotidiana, se ajeniza.

Y como decía el agudo Roque Dalton: “Queridos filósofos, queridos sociólogos progresistas, queridos psicólogos sociales: no jodan tanto con la enajenación, aquí, donde lo más jodido… es la nación ajena”.

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