Petro y Hernández al ballotage

El candidato de la izquierda deberá imponerse al que expresa el enojo por Tik Tok y el malestar social desde la derecha | Por Olivia Salas

Las elecciones en Colombia hacen que buena parte del continente contenga la respiración.

Gustavo Petro obtuvo el primer lugar, con el 40 por ciento de los votos, y espera en ballotage a su contrincante, Rodolfo Hernández, quien se presenta como un outsaider pero es el ex alcalde de Bucaramanga y dejó en tercer lugar al candidato uribista Federico Fico Gutiérrez.

El triunfo de Petro es una buena noticia pero nadie puede dejar de observar que Hernández, quien juega a denunciar la corrupción por Tik Tok, obtuvo el 28 por ciento de los sufragios y el derechista Gutiérrez se llevó el 23 por ciento. Si bien no es esquemáticamente transferible a la segunda vuelta, la suma de Hernández y Gutiérrez da más de 50 puntos porcentuales.

Al cierre de los comicios, Petro tuvo incluso un discurso comparable al de los progresismos a nivel global: estabilidad, fortalecimiento de la comunidad, tranquilidad para las familias con el acceso a los alimentos, reducción de las importaciones para aumentar la producción local.

En la época de las pasiones tristes, como acuñara Pablo Stefanoni al preguntarse si la rebeldía se volvió de derecha, los dirigentes populares se abrazan a la construcción de horizontes que nutran los lazos afectivos.

Y hasta podría decirse que la militancia plebeya siempre fue eso. Sin embargo, hasta fines del Siglo XX y tras la caída del Estado de Bienestar, el neoliberalismo había tomado las riendas de lo público. Entonces, las organizaciones sociales, sindicales y políticas combativas se plantaban contra los gobiernos y sus estados fuertes para la represión y concesivos con el poder económico.

Los progresismos latinoamericanos de principios de esta centuria cambiaron levemente la ecuación: llegaron a los gobiernos para resistir desde la cúspide institucional de sus respectivos países a ese neoliberalismo. No lo vencieron pero lo inhibieron durante más de una década, hasta que llegó la revancha restauradora en Ecuador, Brasil, Uruguay y Argentina; el golpe de Estado en Bolivia; las crisis sistémicas en Colombia, Chile y Perú; la firmeza incólume en Venezuela ante los ataques norteamericanos con los payasos que financian.

Pandemia mediante y bajo el influjo de un neoliberalismo que es más penetrante que la humedad del clima, las fuerzas políticas democráticas, nacionales y populares tienen el desafío de fortalecer sus tendones revolucionarios defendiendo el orden amoroso que las derechas pretenden demoler. No es un objetivo sencillo: el odio y la frustración son más efectivos que la esperanza y la fe.

Poder gobernar contra el poder de los poderosos de verdad implica creer con fervor de perro hambriento que la política es la única manera. Los que sostienen la sartén por el mango nunca ceden un ápice de lo que tienen y financian el tedio y la barbarie que sazonan los uribistas de aquí o allá, los Milei de todas partes o los Trump sembrados en cualquier cadena televisiva. El desafío es mayúsculo y la tarea es urgente.

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