Pasamanerías de odio, jirones democráticos

A 92 años de la acordada de la Corte Suprema que legalizó el golpe de Estado de 1930, una indagación sobre la constitución de la oligarquía vernácula con el odio como punta de lanza. La inutilidad del consensualismo frente al resentimiento de clase. | Por Carlos Caramello

“Con el miedo y el odio no se razona.”
Giorgio Bassani

 

Feliz. Estoy feliz de que algunas argentinas y argentinos hayan descubierto, finalmente, el agua tibia.

El aberrante atentado contra la persona de la Vicepresidenta ha permitido a ese sector de la sociedad que se autopercibe “la Argentina biempensante” abrir sus ojitos al discurso de odio.

¡Albricias! ¡Santas primicias, Batman! (Lo digo de esta manera para que lo comprendan hasta las cabecitas absolutamente colonizadas). Tomá mate y avivate.

El discurso de odio, herramienta constitutiva de nuestra construcción política, se revela ahora como un monstruo deforme ante los inocentes ojos de muchos argentinos que parecen ignorar (y seguramente lo ignoran porque saben poco de historia… prefieren los animalitos en los billetes) que es más antiguo que la injusticia.

O, por lo menos, contemporáneo a la injusticia.

Juan Manuel de Rosas fue víctima de la construcción de un discurso de odio en el que participaron (casi como siempre) poderes económicos, políticos y, claro, periodistas.

José Rivera Indarte, director del diario El Nacional de Montevideo, fue la pluma que escribió “Las Tablas de Sangre”, un libelo contra el Brigadier General que financió casa Lafone & Co. -una mandataria de origen inglés que gerenciaba la Aduana de Montevideo- al módico precio de un penique por cada muerto que Rivera Indarte pudiese colgar de las espaldas del Restaurador.

Esa difamación, que el periodista llenó con los nombres y apellidos de todos los muertos en las guerras de la independencia e, incluso de algunos vivos, fue publicada por el reconocido periódico “Times” de Londres y se transformó en fuente para muchos historiadores argentinos que decidieron que, hasta no hace mucho, estudiáramos un período histórico denominado “Primera y Segunda Tiranía de Rosas”. Háblenme de adjetivar y producir odio. Háblenme de adoctrinamiento en las aulas…

Está claro que la derecha -sobre todo la porteña- (apalancada en los negocios), siempre se sirvió de un discurso de odio y el periodismo fue partícipe necesario.

La turba que destruyó hasta sus cimientos la modesta casa de don Hipólito Yrigoyen estaba impregnada por un discurso de odio generado a fuerza de titulares y caricaturas ofensivas en los diarios de la época.

Siempre fueron e hicieron lo mismo. Y también se ampararon en el periodismo. Don Arturo Jauretche explicó con todas las letras que Bartolomé Mitre, el general de la brutal derrota de Curupaití, dejó “un diario de guardaespaldas”… aunque ese medio guarde ahora otras espaldas, sigue siendo fuente inagotable de discursos de odio.

 

Gatopardismo Tardío

Nada ha cambiado demasiado respecto de los eternos discursos de odio. Y ahora pretenden que todo cambie… para que todo siga igual. El debate desatado no hace, en realidad, más que correr el foco de lo importante: la vieja estrategia de utilizar lo urgente para desplazar lo trascendente.

Y lo trascendente es que la Vicepresidenta de la Nación corrió peligro de muerte. Que fue víctima de un intento de asesinato. Que estuvimos al borde del crimen político más horrendo y grave de toda nuestra historia y… sin embargo, con la misma naturalidad con la que sus antecesores golpearon alguna vez la puerta de los cuarteles, los representantes de la oposición, se niegan a debatir el tema aduciendo que “no avalarán el uso político partidario del Congreso”, lo que nos lleva indefectiblemente a preguntarnos cuál será el uso que tienen pensado para “la casa de la política”.

¿Querrán que sea sede de AEA y, en planta baja, un Patio de Comidas? ¿O sencillamente pensarán en una casa de fiestas infantiles y pelotero en donde actúe en vivo el grupo “Los Copitos”? Porque se hace más que evidente que, en su fuero íntimo, desean con fervor que se cierren ambas Cámaras… total, ellas y ellos tienen “empleo” y, de paso, legisla la Corte Suprema.

¿Por qué no? Hoy, 10 de septiembre, se cumplen 92 años de la acordada de la Corte Suprema que, bajo la procuración de Horacio Rodríguez Larreta (tío abuelo) “legalizó” todos los golpes de Estado desde el que, días antes, había derrocado a Yrigoyen hasta el que, en 1976, constituyó el advenimiento del terrorismo de Estado.

¿Por qué habría de sorprendernos que, una semana después del intento de magnicidio, nieguen el hecho, rechacen la idea de violencia política y pretendan que todo fue armado para solidificar la candidatura de Cristina Kirchner en 2023?

Está dicho que “Cuando todos los odios han salido a la luz, todas las reconciliaciones son falsas”.

Entonces… ¿Qué NO estamos viendo? ¿Dónde perdimos el rumbo creyendo que con esta oposición se puede consensuar alguna cosa que no sea un negocio económico para sus patrones? ¿A qué viene tanta delicadeza edulcorada con los que a diario gatillan la pistola en la cara de la Democracia? ¿Por qué nos corremos más y más a la derecha tratando de cerrar la Zanja de Alsina mientras ellos cavan desesperadamente para alejarse? ¿Qué creen que está mirando y pensando el pueblo que llenó el pasado viernes la Plaza de Mayo y todas las calles adyacentes?

No son tiempos de mezquindades ni agachadas. ¿Otra misa? ¿De verdad? Déjense de joder.

Aunque el intendente Leonardo Boto, de Luján, asegure que “no van a rezar a favor de nadie” (mal hecho, sería de buen cristiano orar por los que sufren, por los que tienen hambre, ese hambre que da insoportables retorcijones en el estómago), este servicio religioso anunciado para hoy recuerda demasiado al que le ofreció Alberto Fernández a Mauricio Macri antes de asumir la presidencia, como gesto (¿pacto?) de “reconciliación”.

Amén. Telón.

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