Mufas

La comodidad de culpar por la suerte futbolística de la selección a la presencia del adversario político o la superstición de explicar la tensión cambiaria como si el dólar fuese ingobernable conspira contra la comprensión de los conflictos y achata el debate público. | Por Pablo Dipierri

“Cada cual alcanza la verdad que es capaz de soportar”, escribió Friedrich Nietzsche hace casi 150 años. Su vocación por la corrosión de los pilares positivistas desde los cimientos no demuele ni diluye, sin embargo, la existencia de los hechos o la materialidad de las cosas, más allá del imperio indiscutido de las interpretaciones, sobre todo en la era del recorte en formato selfie y la lengua de Twitter.

Sucede, de todas formas, que las sociedades apelan a supersticiones cuando los acontecimientos resultan amargos o las explicaciones redundan en un jeroglífico sin traducciones amables. Las últimas 48 horas han sido animadas por una cruzada simpática por atribuirle la responsabilidad por la derrota de la Selección Argentina de Fútbol frente a su par saudí en el Mundial de Qatar a la presencia del ex presidente Mauricio Macri en las tribunas del estadio donde se disputó el cotejo, y otro tanto se cargó contra el arbitrio de la digitalización de los fallos de los jueces en la anulación de los tres goles argentinos en posición adelantada.

Menos graciosas pero con igual inconsistencia, fueron las excusas macristas frente al descalabro financiero durante el gobierno de Cambiemos. “Veníamos bien pero pasaron cosas”, fue el sumun del delirio perverso de quien conduce un plan económico de saqueo. Anche podrían mentarse los argumentos de buena parte del elenco peronista por el advenimiento de la pandemia, primero, y el estallido de la guerra en Ucrania, después. “La suerte es para los mediocres”, reza un viejo adagio popular.

Y es que la intervención política requiere del coraje para desmontar el animismo mágico. Si el mundo no se rige por los dados que arroja ningún dios, las acciones de los hombres y mujeres cobran otra densidad en la historia y su narración solicita algo más que la enumeración de sucesos accidentales allí donde la comprensión todavía no asista con los testimonios o fuentes necesarias.

Entonces, las cosas no pasan y las pandemias no vienen. Es la jugada deliberada de los actores sociales la que redunda en el resultado parcial de las disputas en desarrollo. La culpa no es del VAR ni de la malicia del equipo árabe que usó la táctica del achique, sino de la tentación de Lionel Messi y los suyos por verticalizar los ataques sin ensanchar la cobertura del campo y sorprender al rival por los costados, con volantes que llegaran corriendo desde atrás para no caer en off-side.

Se concede, no obstante, que la literatura periodística se funda en metáforas que contribuyen a la confusión. Así, por ejemplo, se escribe y se lee, se dice y se escucha, se muestra y se ve que el dólar cerró su cotización ayer a 163,25 pesos y, sumándole los impuestos para quienes compren con objetivo de atesoramiento, terminó vendiéndose a 282,56 pesos. El blue –o ilegal-, por su parte, trepó a 308 pesos. Pero la divisa norteamericana es incapaz de metabolizar verbos, la comercialización del billete verde es obra y gracia de traders, timberos, banqueros, empresarios o simples ahorristas que se mueven en la plaza cambiaria como en las viejas ferias de la era feudal, aunque con otra sofisticación y más recaudos. De nuevo, no es el azar sino la insondable cantidad de movimientos con sus correspondientes causas y efectos.

Sin ir más lejos, el gerente de Syngenta y candidato al gabinete de Alberto Fernández si hubiera nuevas incorporaciones, Antonio Aracre, publicó hoy un artículo en El Cronista Comercial, intitulado “La fantasía de una corrida inexistente”. “Hay en los últimos días un tufillo de operación mediática que quiere instalar la idea que Argentina está transitando una corrida cambiaria”, afirma en ese texto su autor.

Obviamente, el viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein, no ayudó demasiado con sus declaraciones acerca de un eventual Rodrigazo y una megadeva en un foro empresario, a mediados de la semana pasada. Tampoco los pronósticos y recomendaciones del economista Emmanuel Alvarez Agis, quien postula la necesidad de que se aumenten coordinadamente las tarifas de los servicios públicos, los salarios y las retenciones, con una devaluación acorde como telón de fondo.

A caballo de un notable esfuerzo, Aracre llama a la responsabilidad para no alimentar una psicosis colectiva. “El aumento promedio de todos los dólares del mercado, tanto sea del oficial como de los financieros para el mes en curso, ronda en todos los casos entre un 5 y 6%”, estima, y agrega: “ninguno se escapó de ese rango ni muestra u comportamiento de escape a la fecha”.

En otro párrafo, advierte: “cuando miramos esos mismos aumentos para todo el año en curso, vemos que todos los dólares subieron por debajo del índice de inflación, lo que demuestra que tienen un comportamiento más parecido a una apreciación de la moneda local que de lo contrario”. Bajo el asedio del flujo especulativo de la información como commodity y el pescado podrido take away, a los sectores más permeables a la cábala y las mufas no les queda otra que creer o reventar.

El problema es que esa retórica conspira contra la detección de los agentes que cinchan del tipo de cambio para preservar o incrementar su rentabilidad. Los grupos económicos, guarecidos bajo el maquillaje mediático y con la tasa de ganancia bajo custodia del Poder Judicial, pasan desapercibidos o, en el mejor de los casos, son imputados por sus antagonistas, las fuerzas políticas del campo popular, como despiadados personajes de la guardia capitalista.

Ya el eximio profesor Aldo Ferrer en su ciclópea tarea por derribar mitos escribió en su libro El empresario argentino que “cada país tiene el empresario que se merece”, y que “no hay nada genético” que lo induzca a inclinarse por la especulación antes que por la producción. De hecho, sostuvo en ese trabajo la hipótesis de que si se trasladara al empresariado argentino a Corea, donde hay un Estado que promueve la pujanza, los capitanes de la industria se acomodarían a esas condiciones, mientras que si se mudaran las firmas coreanas a estas pampas podrían volverse parasitarias por el contexto. “El empresario es, en definitiva, una construcción política”, concluía Ferrer.

En definitiva, el albur es la última plataforma a la que aferrarse cuando falta claridad pero es la voluntad para la acumulación de poder la que permite que prevalezca el interés general sobre la voracidad de los que no resignan un ápice de su tasa de ganancia. La disciplina emerge, así, como política pública en establecimiento marcos jurídicos o se blande como amenaza de los dueños del país contra su pueblo para que nadie se anime a levantar la cabeza.

De lo contrario, la mayoría seguirá cruzando los dedos después de la derrota argentina frente a Arabia Saudita y pensará cábalas inconfesables para que la escuadra francesa no sea rival en octavos de final.

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