Los ladrones

El asedio judicial contra Cristina Kirchner exige una precisión en defensa de la democracia: si la acusación es moral, la defensa debe ser política. | Por Pablo Dipierri

“Érase una vez un país donde todos eran ladrones”, descerraja en el primer párrafo de su cuento La Oveja Negra el escritor Ítalo Calvino. A lo largo de poco más de 3200 caracteres, el texto explica cómo la sociedad vivía en perfecto equilibrio mientras sus ciudadanos se robaban entre sí de manera organizada: lejos de la injusticia, apropiarse de lo ajeno de forma planificada mantenía a los habitantes sin más antagonismo económico que el desprendimiento y el anhelo frente sus posesiones y las de sus vecinos, respectivamente.

La pluma de Calvino narra allí que “el comercio en aquel pueblo se practicaba solo bajo la forma de estafa por parte de quien vendía y por parte de quien compraba”. “El gobierno era una asociación para delinquir para perjuicio de sus súbditos, y los súbditos por su parte se ocupaban solo en engañar al gobierno”, complementa. Así, la fantasía de la asociación ilícita que promueven los fiscales de la causa Vialidad en el TOF Nº 2, Sergio Mola y Diego Luciani, para acusar a la vicepresidenta Cristina Kirchner carecería de sentido en ese lugar.

De hecho, el autor introduce el conflicto cuando en su historia aparece el primer hombre honrado, alguien que se niega a delinquir. Esa irrupción deriva en desigualdad porque, paulatinamente, aquellos a los que este sujeto debía robar empiezan a enriquecerse mientras asaltan a otros sin que nadie los asalte.

Entonces, los nuevos acreedores de posiciones más elevadas con respecto a sus pares establecen las nuevas leyes, construyen cárceles y crean las policías y despachos judiciales. De ahí que los vínculos sean tan estrechos, ya no solo en la ficción, entre la familia de los togados, los sacerdotes de cualquier religión, los dueños de las empresas, la prensa masiva y los dirigentes políticos que los expresan bajo un manto de presunta equidistancia republicana.

Por eso, tal vez carezca de sentido atrincherarse en las consignas contra el lawfare para reivindicación y defensa de los líderes populares. Si la pregunta del establishment es moral, la respuesta revolucionaria debe ser política.

En tal sentido, resulta infructuosa la apelación a la racionalidad jurídica frente al delirio fascista que solivianta la discusión liberal alrededor de la idea de corrupción en las democracias contemporáneas. Las trampas de ese debate que pondera la claridad de la administración gubernamental desde la opacidad de las cuevas financieras y los sótanos ocultos de la desestabilización son efectivas: el plan de negocios, por temor o por convicción, lo ejecutan de vez en vez presidentes, ministros, legisladores y magistrados con la tibieza y el candor que germinan entre el pánico al escarnio público o la prisión y la subordinación a la selfie como forma de pensar el habla que luzca piola bajo la lengua –y el paladar- del verdugo.

La disyuntiva se sortearía fácilmente si los dirigentes prescindieran de hipocresía y asumieran que el dinero, en sí mismo, es un robo. Porque lo traslúcido no necesariamente es justo.

Sin que esta pieza se convierta en el aval zonzo de desvíos, defecciones ideológicas o lo que la vulgata mediática llama choreo, la transparencia es la jactancia de los que no esconden nada porque matan, fugan y rigen bajo estados de excepción a plena luz del día.

La dictadura fue transparente. El macrismo fue de celofán. Como cualquiera veía sus crímenes y desfalcos, entre el terror y la costumbre, casi nadie pedía explicaciones.

Ahora, los dueños del país sueñan con menemizar a la Vicepresidenta, más que a condenarla a prisión o proscribirla. Para que el kirchnerismo sea derrotado definitivamente, la derecha necesita que el ánimo militante se desmorone por completo y que su líder termine inhibida por vergüenza e inofensiva en las urnas.

El objetivo fue, es y será siempre deshonrar a los que luchan. Y la mejor forma de impugnarlos electoralmente es contrarrestar la pelea por la justicia social con la aplicación abusiva del Código Penal.

Catedráticos de la Facultad de Derecho se veían en figurillas esta mañana para comprender el pedido de la jefa del Frente de Todos para ampliar su declaración indagatoria. Después de cabildear por WhatsApp durante largos minutos para encontrarle la divisa de la comprensión a la jugada de la Vicepresidenta, cuyas incógnitas iban desde la validez procesal del recurso antepuesto hasta la posibilidad de objeción contra la irregularidad de un fiscal que presume de introducir pruebas en su alegato, ya con la etapa de instrucción concluida.

Al respecto, fuentes académicas concluyeron ante este medio que el abanico tendría tres hojas. En primer lugar, el alegato fiscal violó el principio de congruencia al introducir hechos que no fueron analizados durante el juicio; en segundo término, se puede esperar a la sentencia y pedir su nulidad por la violación, o pedir la nulidad del alegato antes de la sentencia o ampliación de indagatoria; finalmente, los dos primeros caminos se podrían realizar sin que se escuche la voz de la Vicepresidenta con lo que tenga para decir sobre agrego ilegítimamente el fiscal. Evidentemente, la defensa optó por la tercera opción y, si el tribunal concede, se estaría asistiendo a un nuevo hecho político: Cristina Kirchner no le hablaría tanto a los agentes del Poder Judicial como a la ciudadanía.

La pregunta, en última instancia, sería cuánta política se banca un sistema democrático capturado por los grupos económicos, vigilado por la policía judicial, relatado por el mainstream mediático, interpretado por una granja de trolls con bancas en el Congreso y consumido por una sociedad como si fuera la última serie ondemand. Frente a la reducción de la vida a un sembradío de impotencia y hastío, al peronismo no le quedaría otra que la organización de la bronca… en defensa propia.

Al cierre de este artículo, en el Senado no alentaban ni desalentaban la movilización plebeya. Fuentes del kirchnerismo en la Cámara Alta, admitían que elegían la prudencia porque se advierte cierto grado de ebullición y hay preocupación por lo que pueda pasar “si la tocan a Cristina”. Porque como tipeara Calvino en su texto, honesto solo había sido aquel fulano que se negaba a robar, y no tardó en morirse de hambre.

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