Las burbujas de optimismo

El peronismo tiene razones incomprensibles para los dueños del país pero contagia su ilusión, en medio de la fragilidad económica, subrepticia y persistentemente. | Por Pablo Dipierri

El ministro de Economía, Sergio Massa, se floreó en la última semana con pronósticos que promueven el optimismo de inversores, la esperanza de los sindicatos que lo respaldan y un horizonte de estabilidad delicada para el Gobierno. En dos entrevistas concedidas a Jorge Fontevecchia en Perfil y Horacio Verbitsky en El Cohete a la Luna, con siete días de diferencia, se cansó de repetir que Argentina crecerá en 2023 por encima de las proyecciones de las consultoras privadas y el FMI, es decir, más del 5 por ciento, y celebró la paulatina reducción de la inflación.

Además, se jactó de haber asumido su rol al frente del Palacio de Hacienda sin beneficio de inventario cuando el director del bisemanario impreso lo tentó con la pregunta acerca de lo que le tocó administrar luego de la renuncia de Martín Guzmán al sillón del quinto piso. Frente a Verbitsky, no pudo eludir el convite, sea por la querella implacable del entrevistador contra el economista platense posgraduado en Columbia o el cálculo del entrevistado sobre lo que desearían encontrar allí los lectores del sitio.

De todas maneras, Massa negó –contra los anhelos de su interlocutor- que el acuerdo con el Fondo fuese, en sí mismo, inflacionario y hasta defendió la segmentación de subsidios y los aumentos tarifarios, rediseño de un esquema caro al kirchnerismo que beneficia a los financistas de su propia aventura política. Tanto que un sector del empresariado se ilusiona con que los augurios del tigrense refuten las supersticiones del mercado, alimentadas centralmente por lo más granado del empresariado.

En ese sentido, matchea con el diagnóstico massista la mirada de Guzmán, quien concedió un reportaje a Diego Genoud en Fuera de Tiempo, el sello que fungiera de nombre para su programa radial en Milenium pero que migró a Youtube bajo el auspicio de la editorial Siglo XXI. Ex funcionario muñido de cualidades técnicas pero apostrofado por la carencia de aptitudes políticas, el discípulo de Joseph Stiglitz reconoció al actual ministro la capacidad de lograr el apoyo de todos los sectores del Frente de Todos: con orden político, se puede ejecutar con más efectividad la programación económica.

También se refirió Guzmán al acuerdo con el FMI y las acusaciones en su contra acerca de las presuntas mentiras que tejía para que Cristina Kirchner creyera que él negociaba arduamente mientras entregaba la patria ante Kristalina Georgieva. Con licencia poética para el abandono de su característica parla atildada, confesó que a él le hubiera gustado darle “una patada” al Fondo pero ese no era el contrato electoral de la coalición triunfante en 2019 ni hubo condiciones de movilización popular que empujaran en esa dirección. Incluso, conjeturó que el desgaste que le propinó la fracción que responde a la conducción de la Vicepresidenta obedeció a la separación entre la ecuación sobre la afectación al capital simbólico que produciría a los herederos de Néstor Kirchner un programa con el organismo multilateral de crédito y la responsabilidad política de resolver un problema legado por el macrismo a la actual gestión.

A pesar del cúmulo de disquisiciones que apasionan al círculo rojo del sistema político, tal vez el punto nodal fue la coincidencia del ex ministro con el sucesor de Silvina Batakis, quien fuera la responsable del traumático paréntesis abismal entre uno y otro. Según Guzmán, no hay condiciones para que detone crisis alguna, aunque observó que llevará tiempo corregir problemas estructurales de la economía argentina. Aunque no haya estridencias ni suscite agitación tribunera, el sosiego cotiza mucho más de lo que el fervor militante supone.

El problema es que la calma pende de un hilo. La burbuja se puede pinchar con el mero soplido de una corrida especulativa. Así, la estabilidad precaria habilita la pregunta sobre las chances de un escenario electoral que propicie opciones nada más que conservadoras.

Del mismo modo, acreedores de miradas más críticas pero afincados en posturas progresistas deslizan que tal vez sea que solo el peronismo puede hacer el ajuste que demandan las derechas sin que el país explote. La hipótesis es más incómoda para los enunciadores en tanto se comprende que tiene marca registrada en los cultores del neoliberalismo: el macrismo patalea con frecuencia porque los sindicatos no le paran el país a les Fernández como se lo pararon a Cambiemos. Peronismo y confusión, diría cualquier influencer sub40 bajo la cuña del hashtag.

 

Sombras del pasado

Idénticamente perturbador es el atisbo de quienes reducen el horizonte político del 2023 a la pugna electoral entre dos expresiones neomenemistas, la que expresaría el propio Massa y la que sintetizaría quien resultara vencedor en la interna de Juntos por el Cambio. Es, por ahora, improbable que la diseñadora del FdT acepte impávida la licuación de la identidad y, todavía más, la representación que ejerce si arriesgó la suerte del experimento aliancista en curso con rigoreos ideológicos que desparramaron más de lo que contribuyeron a la organización de la fuerza popular. En consecuencia, sería más factible que el kirchnerismo se retirase a posiciones conurbanas y habría que ver hasta dónde empeña su capital en una candidatura presidencial del jefe de Economía. Los fantasmas del 2015 ya le mandan a Massa fotos de Daniel Scioli, remando sin tracción de la por entonces Presidenta.

La última encuesta de la consultora Zuban-Córdoba es elocuente. Elaborada a partir de 1300 casos en todo el país, a través de cuestionarios domiciliarios y entrevistas telefónicas, da cuenta de que ni el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, ni el ministro del Interior, Eduardo Wado De Pedro, superan a los candidatos macristas en intención de voto. Ambos caen por 14 puntos y más de 20 respectivamente, tanto contra Horacio Rodríguez Larreta como Patricia Bullrich, en una eventural segunda vuelta. Massa, por su parte, acorta la distancia a 4,5 puntos contra el Jefe de Gobierno y a 1,1 por ciento contra la ex ministra de Seguridad.

Lo curioso es que la firma sondeó la percepción de los votantes de JxC, puestos a elegir entre los posibles candidatos del espacio al que tributaron en comicios anteriores y volverían a apoyar en el próximo turno. Si bien el alcalde porteño encabeza la acumulación de sufragios posibles con un 39 por ciento, Bullrich trepa al 21 por ciento y Macri orilla los 20 puntos. Debe ser inquietante para los campañólogos de Juntos cualquier amague del líder de Pro, parado al borde de la línea de cal. Si se decidiera a jugar, podría capturar voluntades de quienes se inclinan por la titular del partido pero también podría nutrirse con los votos de los seguidores de Javier Milei, cuya cosecha también tiene ese caudal.

No es casual que, en sus últimas apariciones públicas, Macri hiciera su ingreso a los escenarios con el tema Back in black, autoría de AC/DC, como cortina de fondo. Entre las curiosidades que depara la traducción al castellano de la letra de la canción, puede mencionarse que dice: “Regresé de negro/ Me deshice del saco/ (…) Sí, conseguí liberarme / del lazo que me había tenido prisionero /
he estado mirando al cielo/ Porque me mantiene elevado / Olvídate del coche fúnebre porque nunca moriré. / Tengo nueve vidas. / Y ojos de gato”.

Bajo el agobiante calor metropolitano y después que la Vicepresidenta fijara el punto de quiebre en el calendario para el 24 de marzo, desde su entorno deslizaron que la apelación de Rodríguez Larreta como candidato que hiciera durante la inauguración del Polideportivo Diego Armando Maradona, en Avellaneda, buscaba traer a la escena de nuevo al mismo Macri. Si es cierto que el kirchnerismo le dio luz verde al massismo para urdir un acercamiento con el cordobés Juan Carlos Schiaretti -al paso que se tantea el humor de mandatarios provinciales con chapa y cucarda-, el repliegue del ala del peronismo combativo hacia la Provincia de Buenos Aires y la exacerbación del fanatismo macrista favorecerían al crecimiento del tigrense.

El éxito al final del camino se apila antes en la paciencia que en el sacrificio. Bien haría el Gobierno en pleno si releyera El Presidente que no fue, de Miguel Bonasso, en la parte que atribuye al segundo mandato de Juan Domingo Perón un fenómeno particular: “a medida que el gobierno frenaba la audacia en el orden económico, se radicalizaba el discurso político”. El pasado aterra más por lo que proyecta hacia el futuro cuando no se sabe leer el presente. Massa y Guzmán lo saben.

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