Rodríguez Larreta marca casas con aerosol rojo

El jefe de Gobierno porteño pintó una cruz en la pared de una casa del Barrio Zavaleta, donde supuestamente se vende droga. La preocupación de crecer por derecha azuzando fantasmas | Por Fabián Waldman

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Horacio Rodríguez Larreta llega a la puerta del PH ubicado en Arenales y Ayacucho, pleno barrio de Recoleta. Lo hace junto al jefe de Gabinete porteño, Felipe Miguel, y los ministros de Seguridad, Marcelo Dalessandro, y Gobierno, Jorge Macri. Todos, vestidos de negro. Una colega, unos minutos más tarde los compararía con Los Simuladores.

Esta actividad la habían anunciado la noche anterior por medio del canal de prensa de la Ciudad de Buenos Aires, e indicaba que “el jefe de gobierno participaría del cierre de un nuevo búnker de venta de droga”.

Los recibe en la vereda de la propiedad un empleado de la Dirección de Obras, que tiene colocado un casco y un soplete en una de sus manos. Enciende la herramienta y empieza a soldar la puerta con una barra de metal. Luego de unos minutos, se lo entrega al alcalde, quien durante unos 30 segundos también ejecuta la acción y, finalmente, se lo devuelve al operario para que clausure el acceso. Luego, el titular del Ejecutivo local, Macri y Miguel toman un aerosol rojo y marcan con una cruz la pared de la casa, a la vista de los vecinos de Barrio Norte que no comprenden lo que sucede pero se muestran desconcertados por los presuntos menesteres de sus vecinos y se asustan por la señal que los recuerda.

Estas líneas podrían ser un relato de ficción. Solo contienen un error: la ubicación geográfica no es en la zona más rica de la ciudad sino en una de las más castigadas, el Barrio Zavaleta. Y por eso, en los medios de comunicación no hizo ningún ruido, nadie se escandalizó como si lo hubiesen hecho en Nordelta. Una escena similar que se desarrollara en Barrio Parque nunca se podría sostener, inquiere este cronista frente a un funcionario porteño y la respuesta es contundente: “algunos querían que le pasáramos la topadora, como hacía María Eugenia (Vidal), pero tenemos cuatro casas juntas”.

A nadie le extrañó que el operativo se realizara en la zona más pobre de la ciudad más rica del país. Allí viven unas 45.000 personas, según el Censo 2010, repartidas en 66 hectáreas. En los primeros 6 meses de 2022, los porteños del norte ganaron un 93.2% más que los del sur, según la Dirección General de Estadística y Censos (Dgeyc) porteña.

La escena con los funcionarios porteños se desarrolló en uno de los pasillos del barrio, que tienen 1.3 metros de ancho, y el cruce con una de las laterales que da a la Avenida Amancio Alcorta al 3100. La vivienda-kiosko fue tapiada, ante el seguimiento de unos 30 trabajadores de prensa amontonados, entre cronistas de radio, TV, camarógrafos y asistentes. Atrás, un alambrado separa el barrio del terreno lindante.

Casas precarias, una pegada a la otra, pasillos estrechos para caminar, un alambrado que separa de la vía pública y 3 funcionarios que marcan con una cruz roja la pared de una casa. Para un judío como el que suscribe o cualquier persona con sensibilidad, humanismo y conocimiento histórico que viviese esa escena, la asociación podría caer de madura: una imagen que conecta con los nazis “marcando” viviendas de judíos, negros o gitanos.

Para el Gobierno porteño, la acción es clara y no conlleva ninguna estigmatización, pero defiende el modus operandi: “si el kiosco (de drogas), como muchas veces pasa, es una casa de familia… no se tapia, ni se le pone cruz”, aclara una fuente por si hay alguna duda. Y suma: “lo que se busca es señalizar los lugares de venta de drogas”.

El escritor y director de Radio Provincia, Marcelo Figueras, publicó en su cuenta de Twitter la foto de Rodríguez Larreta pintando la cruz roja y tipeó: «De mi álbum de recuerdos de cuando cursé la escuelita para aprender a pintar esvásticas».

Para el sociólogo y economista Ricardo Aronskind, acciones como estas -que son similiares a las que hacían Vidal en la Provincia de Buenos Aires derribando búnkeres de droga o Patricia Bullrich quemando narcóticos o vistiéndose de fajina- exacerban ese ideario con gestos irracionales, vacíos, que no dicen nada. Sugiere que “estos pensamientos también se agigantan con un drama: la superficialidad de la gente que consume esa mise en scène” (puesta en escena), y agrega: “esto sirve para que unos imbéciles se entusiasmen con las tendencias autoritarias y violentas con los más débiles”.

Aronskind inclusive va más allá y desliza que estas medidas “fuertes” surgen también de una demanda de algunos sectores de la sociedad y que el campo nacional y popular debería implementar medidas de ese calibre pero en sentido contrario. Acciones que deberían estar focalizadas en mostrar cómo salir de esta situación de zozobra. “Marcar también nosotros, claramente, a los responsables de las penurias del pueblo”, dice. Y se pregunta: “¿por qué no ocupar un puerto en el Paraná y hacer un gran escándalo público?”.

En definitiva, el discurso de derecha que emana de las usinas de Juntos por el Cambio deja entrever algunas hilachas non sanctas y poco democráticas. Y ello en el contexto de una competencia con el electorado de derecha para “defender” lo que Javier Milei le está restando. Hoy fue el búnker de drogas, ayer el lenguaje inclusivo. ¿Cuál será la próxima?

Y volviendo al barrio Zavaleta: ¿los vecinos de ese kiosko de droga cómo van a pasar por esa puerta? ¿Los chicos que recorran ese pasillo y vean la cruz roja se sentirán más protegidos? ¿Haría esa cruz roja en cualquier otro barrio porteño?

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