La vida es una moneda

Entre las urgencias financieras y la fragilidad gubernamental, permanece indefinida la persistente alusión de Cristina Kirchner al problema de la economía bimonetaria. Contexto global, relaciones de poder y soberanía política bajo ilusiones dolarizadoras y presiones devaluatorias. | Por Nicolás Pertierra

La moneda de un país expresa en términos económicos el margen político que tiene para poder definir su ritmo y tipo de crecimiento. En términos políticos, da cuenta de su capacidad de imponer condiciones sobre el ciclo financiero global e incidir, de esa manera, en el desenvolvimiento de las economías del resto del mundo. La moneda es, al mismo tiempo, expresión económica y poder político de un país.

La economista brasilera Daniela Prates expuso en las Jornadas Monetarias y Bancarias 2020 organizadas por el BCRA la visión heterodoxa que parte de entender al Sistema Monetario Internacional (SMI) como un sistema jerárquico. Ante la inexistencia de una moneda internacional, que fuera parte de las propuestas que llevó John Maynard Keynes a la conferencia de Bretton Woods en 1944 pero quedara descartada, surge la relación jerárquica, de poder, entre las monedas nacionales. El lugar que ocupa cada moneda en el SMI puede entenderse como una figura de círculos concéntricos que tienen como núcleo al dólar y el resto de las monedas se van ubicando más cerca o lejos de ella, en tanto cumplan mejor o peor las funciones de una moneda en el plano e internacional y en su propio territorio.

La jerarquía de la moneda es el reflejo de la soberanía monetaria de esa nación y se ve, entre otras cosas, en la capacidad de financiarse en su moneda que tiene cada país. También se percibe en la mayor o menor necesidad de reservas acumuladas que debe tener para garantizar la estabilidad en el valor de esa moneda. No debe perderse de vista que, por más que hoy sea necesario recomponer reservas en Argentina, son también recursos ociosos que acumula un país en la cuenta del Banco Central y podrían destinarse a acelerar el crecimiento en lugar de estar “como resguardo” de la estabilidad cambiaria. En la pandemia, la escasa jerarquía de las monedas de países periféricos se tradujo en la menor potencia para adoptar medidas expansivas de los gobiernos en relación a los paquetes de ayuda que volcaron los países centrales.

Es algo obvio a esta altura, pero el peso argentino claramente no es una moneda de gran jerarquía. Una parte importante de las funciones que tiene el dinero se realizan aquí con el dólar en lugar del peso. Principalmente, el ahorro. Ariel Wilkis y Mariana Luzzi indagan, ingeniosamente, en el título de un libro de 2019 por El dólar, historia de una moneda argentina.

La moneda en la restricción externa

Esto agrega un componente adicional a la tradicional restricción externa que analizaran el estructuralismo y el marxismo hasta la década del 80’. En esos análisis, el foco estaba puesto principalmente en la brecha de productividad, es decir, en la economía real. Para la visión cepalina el problema se originaba en la brecha de productividad de los países latinoamericanos periféricos, respecto de los países centrales (y en la tendencia al deterioro de los precios de las exportaciones en relación al precio de las importaciones). En cambio, para Diamand el origen las tensiones en el frente externo estaba en la brecha de productividad al interior de las propias economías periféricas entre sectores competitivos a nivel internacional – principalmente, sectores primarios – y los sectores industriales que necesitaban un tipo de cambio más alto que los primarios para ser competitivos internacionalmente.

Sobre este conflicto persistente en la economía real se sumó un efecto que profundizó la restricción por el lado financiero. A partir del proceso de financierización en los 70’ a escala global y la brusca inserción en distintos períodos de la historia local a ese esquema, se fue limando cada vez más la jerarquía de la moneda. La dolarización de los excedentes que genera la actividad económica es un rasgo estructural de la economía argentina, que incrementa la demanda de los dólares que el sector productivo precisa.

Bimonetarismo: punto de partida o hecho consumado

El carácter bimonetario de la economía argentina es algo que no se le puede escapar a ninguna persona que pretenda tener alguna responsabilidad o injerencia sobre los destinos del país. Es EL elemento a tener en cuenta. Caso contrario, podés llegar a mezclar la deuda en pesos con la deuda en dólares, convertir todo a la misma moneda cuando lo que se debe tener en cuenta son las dos cuentas en simultáneo, entendiendo que están relacionadas pero son cuentas distintas. Si pensás que podés endeudarte tranquilamente en dólares cuando tenés gastos e ingresos en pesos sin mirar de dónde van a salir los dólares para repagar esa deuda (spoiler alert), termina mal.

Como en tantos otros temas de la macro y microeconomía, con recetas ortodoxas y heterodoxas aun no se le encuentra el agujero al mate. No se puede salir de una dependencia cada vez mayor de los dólares y, para peor, se suman antecedentes preocupantes. Lo sucedido en las primeras semanas de julio es toda una novedad y un síntoma preocupante de la debilidad del peso. Sin que hubiera un salto brusco en ninguno de los principales determinantes de los costos – tipo de cambio oficial, tarifas o los salarios – se registró una variación de precios de 4,3% en sólo 15 días, según el IPS-CESO.

¿Gana peso el dólar paralelo como referencia para la determinación de los precios? Si ese fenómeno se afianza, no alcanza con administrar el dólar oficial sino que hay que tener cada vez más cuidado con lo que pase en el mercado financiero. La mayoría de las personas de a pie miran de afuera porque no participan ni forman parte de lo que pasa en el mundillo financiero. Son testigos del impacto que tiene en sus gastos cotidianos las decisiones que se toman en otros ámbitos. No hay primicia en decir que el mundo es injusto, pero no por conocida es menos cruda la realidad.

El terreno de incertidumbre siempre es fértil para propuestas variopintas, que por disparatadas no pierden chances de aplicarse. El diputado Alejandro Cacace fue el que puso la cara por una propuesta de dolarización, inviable desde lo fáctico. Por algo elemental: para dolarizar faltan dólares, que es justamente lo que escasea. Tal vez aparezcan más dólares haciendo subir su precio en pesos, es decir, devaluando, pero ¿a qué costo? Cuando se le preguntó con qué dólares lo haría, mencionó la posibilidad de usar fondos del FMI, como si no estuviera este pago hasta el cuello con esos compromisos.

Otras versiones más light de la dolarización no requieren que se cambien todos los pesos de la economía por dólares pero sí la blanquean como moneda de curso legal. Es lo que propone uno de los arquitectos legales de la convertibilidad, Horacio Tomás Liendo. Sin embargo, estas propuestas desde la ortodoxia nunca están exentas de otros “sacrificios” para garantizar la estabilidad. Pero, sobre todo, implicaría resignar formalmente más espacios de soberanía monetaria para atarse a una moneda que hoy se fortalece (y encarece) en todo el mundo al mismo tiempo que tiene el mayor proceso inflacionario en 40 años. El caso de Ecuador ilustra las limitaciones de estas medidas, que no alcanzan para cubrirse de la incertidumbre internacional ni de los conflictos sociales que disparan los movimientos de precios de productos básicos como los combustibles. El fortalecimiento del dólar como moneda frente a todo el resto de los activos internacionales (euro y otras monedas, commodities, criptoactivos, etc.) le suma un desafío adicional a la coyuntura para atarse a esta moneda cuyo valor relativo depende de las decisiones de política monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos.

A pesar de esto, hoy nadie se juega enteramente por el resurgimiento del peso como el ave fénix. Es evidente que en un contexto de alta inflación como el actual, los pesos queman y cualquier reserva de valor se ve como potencialmente más tentadora. El que puede y es optimista sobre las ventas futuras, se stockea. El que quiere asegurar algo sin perder por lo menos contra la inflación, puede hacer un plazo fijo UVA. La gran mayoría que se queda con los pesos en la mano, pierde. ¿Y qué tiene la heterodoxia para ofrecer como salida?

Hay dos principales alternativas. Las que esquivan un esquema de cambio muy rotundo del esquema actual y proponen cambios por el lado de los “incentivos”, en particular, en las tasas de interés en pesos. Esta salida implicaría ir gradualmente recuperando el terreno perdido. Sin un programa antiinflacionario contundente, implicaría cargarle una mochila demasiado pesada a la tasa de interés ya que debería ser superior a la suma de las expectativas de inflación, de mínima, y a las expectativas de devaluación, de máxima.

Otras opciones, como la propuesta del Centro de Estudios Scalabrini Ortiz (CESO) que dirige Andrés Asiain, plantea incorporar nuevos instrumentos financieros a la economía. Sería una segunda moneda, un activo que pueda actualizarse con la inflación y mantener el poder de compra. La razón para desconfiar solamente de la tasa de interés como instrumento es que tiene poca o nula incidencia en la dolarización de los excedentes de la economía informal que es significativa. Esos sectores hoy no tienen otra alternativa que la dolarización, porque no están bancarizados ni participan del mercado financiero formal. Esta moneda dura obviamente no llegaría a reemplazar completamente al dólar pero sí contribuiría a descomprimir un poco su demanda y ser una alternativa para los sectores informales.

Las discusiones sobre la moneda argentina tienen que partir del bimonetarismo como un rasgo estructural de nuestra economía pero tampoco convertirlo en un hecho consumado. Tener una moneda fuerte implica incrementar el margen para financiarse en la moneda propia, lo contrario implica tener compromisos en una moneda que no administra el Estado nacional. Se trata de ganar espacio de política, soberanía para poder decidir el ritmo del proceso de desarrollo sin atarlo a la disponibilidad de esa otra moneda argentina: el dólar.

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