La risa de lxs débiles

Viernes a la noche en FM La Patriada. Las compañeras de "Me gustas cuando callas" toman la palabra: "En nombre de todos los que se quedaron sin voz, llorando, rogando, gritando las injusticias. La risa es nuestra, como el deseo y la furia. No nos van a privar de la risa". Leé el editorial completo.

En El nombre de la Rosa, Umberto Eco, imagina un diálogo sobre el poder de la risa entre William de Baskerville y Fray Jorge de Burgos, cuando William intenta eliminar un tomo de la Poética de Aristóteles porque hace apología de la risa. Dice Fray Jorge:

La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte. Y de este libro podría surgir la nueva y destructiva aspiración a destruir la muerte a través de la emancipación del miedo. (Eco, 2006; p. 623-624).

No es ninguna novedad afirmar que esto que algunos llaman neoliberalismo es la consagración de la opresión bajo múltiples formas.

Hay una discusión que hace tiempo queremos dar en este programa. De un modo u otro la venimos dando y seguiremos haciéndolo. No es una discusión fácil porque hay momentos en los que la coyuntura se oscurece tanto que el pensamiento colectivo se vuelve frágil y maleable a las lógicas de los poderes dominantes.

No es ninguna novedad afirmar que esto que algunos llaman neoliberalismo es la consagración de la opresión bajo múltiples formas. Hay formas muy visibles que se manifiestan con la contundencia de un proyectil que desgarra los ojos de jóvenes militantes, hay formas obscenas como las de conductoras televisivas sugiriendo humillantes dádivas -como la de llevar en la cartera las medias sin par para los niños pobres- que no ocultan la violencia que vehiculizan. Pero hay otras formas menos evidentes, más sutiles y no siempre encarnadas en personajes obvios, esas formas son las más complejas y difíciles de cuestionar porque encuentran su oportunidad entre quienes quieren pensarse progresistas o afines a los sectores populares.

En este programa estamos siempre atentas a esas formas solapas de violencias. Las formas extorsivas, las amenazas veladas, desde supuestos lugares de poder. Esas formas permean también el campo feminista, ese el caso de la llamada cultura de la cancelación que no es sino otra de las formas con las que se trafica la violencia de las múltiples opresiones en tiempos de postdictadura. La cancelación, el vigilantismo, las múltiples formas de comisariado del lenguaje  y de la sensibilidad son prácticas que no solo rechazamos con vehemencia desde el feminismo popular y anticolonial sino que combatimos con firmeza. Las combatimos porque estamos convencidas de que son los lugares permeables por los que las derechas asedian a las fuerzas democráticas y emancipadoras.

Últimamente se escucha decir, con cierta perplejidad, que las derechas han ocupado el lugar que tradicionalmente reivindicaban las fuerzas de izquierda y los sectores populares. Tomar la calle, encarnar la protesta, hablar de justicia y de libertad. ¿Pero no deberíamos también preguntarnos en qué medida las izquierdas y las fuerzas democráticas han abrazado las consignas de la derecha? ¿No deberíamos abrir el debate por ejemplo, en torno de las formas policiales de la corrección política? ¿no deberíamos rechazar los mil filtros que procuran disciplinar nuestras lenguas como nuestros cuerpos? ¿No debemos empezar a develar las formas en las que la violencia colonialista y heteropatriarcal asume el traje gris de un expediente, redactado por un sujeto gris incapaz de comprender el valor emancipador, resistente y democratizador de la poesía, la metáfora y la risa?

Sí, debemos hacerlo y queremos hacerlo.

Nos quieren calladas, quietitas, peinadas y blanquitas. Pero a nosotras nos gusta despeinadas, conmovidas, llenas de contradicciones y problemas. No por puro esteticismo revoltoso sino porque sabemos que en la fiesta y en el carnaval está la potencia del encuentro entre los oprimidos.

Porque la ideología dominante opera en la indistinción, poniendo en el mismo plano a todos los discursos, borrando sus condiciones de producción. Si la derecha puede hoy reclamar para sí el derecho de los derechos que jamás defendió es porque le hemos permitido borrar las históricas desigualdades, las diferencias estructurales que son las que confieren a cada voz su lugar en la historia. Nos han hecho creer que toda manifestación de deseo o de furia es violenta. Que es violenta la polémica, el conflicto, o la risa, que son violentas ciertas palabras, ciertos adjetivos ciertos gentilicios. Así en general, en el vacío. Pero la lengua no flota en el vacío, está tramada en desigualdades materiales e históricas, que producen desiguales lugares de enunciación. La risa es violenta cuando es la risa del opresor. Nos quieren calladas, quietitas, peinadas y blanquitas. Pero a nosotras nos gusta despeinadas, conmovidas, llenas de contradicciones y problemas. No por puro esteticismo revoltoso sino porque sabemos que en la fiesta y en el carnaval está la potencia del encuentro entre los oprimidos.

En las fiestas callejeras por la legalización del aborto en las que bailan las sobrevivientes en memoria de las que ya no están, en las lentejuelas de las travestis sobre sus cuerpos heridos de múltiples represiones, en las risas de las compañeras que levantan merenderos en el olvido del Estado… en cada una de esas voces se reconoce hoy la historia carnavalesca de las resistencias populares, la irreverencia plebeya que es nuestro derecho al goce y a la civilización. Vaya entonces este editorial, en homenaje a la risa.

Porque como dice la feminista mexicana Mariana Favela: "En el país de la muerte, la risa es el amarre a la vida… la risa se va contagiando mientras crea distintos e intangibles espacios de lo común". "El contagio, la risa, la mirada, se extienden más allá de lo inmediato (…) y permiten otra forma de estar juntos, hace brotar nuevas iniciativas sin dueño" (Favela, Mariana (2014), «En el tiempo de las jacarandas», en Márgara Millán (comp.), Más allá del feminismo: caminos por andar, México, Red de Feminismos descoloniales/Pez en el Agua, pp. 299-318).

Vaya nuestro homenaje a la risa, la risa a carcajadas, la risa de rabia y de hartazgo, la risa es nuestra forma del "yo acuso".

"No hay mejor punto de arranque para el pensamiento que la risa", dice Walter Benjamin.

Vaya nuestro homenaje a la risa, la risa a carcajadas, la risa de rabia y de hartazgo, la risa es nuestra forma del "yo acuso".

 

En nombre de quienes lavan ropa ajena

(y expulsan de la blancura la mugre ajena).

En nombre de quienes cuidan hijos ajenos

(y venden su fuerza de trabajo en forma de amor maternal y humillaciones).

En nombre de quienes habitan en vivienda ajena

(que ya no es vientre amable sino una tumba o cárcel).

En nombre de quienes comen mendrugos ajenos

(y aún los mastican con sentimiento de ladrón).

En nombre de quienes viven en un país ajeno

(las casas y las fábricas y los comercios

y las calles y las ciudades y los pueblos

y los ríos y los lagos y los volcanes y los montes

son siempre de otros y por eso está allí la policía y la guardia

cuidándolos contra nosotros).

En nombre de quienes lo único que tienen

es hambre, explotación, enfermedades,

sed de justicia y de agua,

persecuciones, condenas,

soledad, abandono, opresión, muerte.

Yo acuso a la propiedad privada

de privarnos de todo.

Roque Dalton

 

En nombre de todos los que se quedaron sin voz, llorando, rogando, gritando las injusticias. Somos hijas de las Madres. La risa es nuestra, como el deseo y la furia. No nos van a privar de la risa.

 

Fuente: Me gustas cuando Callas - FM La Patriada.

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