La batalla del movimiento

Las tensiones del Frente de Todos producen cismas en la cúspide y bamboleos tectónicos en las bases. El establishment afila sus garras bajo el anhelo de que un golpe financiero diezme a la sociedad para medidas más crudas. | Por Mariano Denegris

Diseño: Cooperativa Gráfica del Pueblo

El pensador italiano Antonio Gramsci, escribió en su octavo cuaderno de la cárcel, que “en la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de conquistar posiciones no decisivas”. Es decir, cuando no se logra ocupar un territorio, simbólico, ya que el lenguaje bélico es aquí metafórico, mediante la guerra de posiciones que, en cambio, “requiere (…) una inaudita concentración de la hegemonía”.

En el subcontinente latinoamericano, desde que los gobiernos populares comenzaron, por un lado, a sufrir derrotas, ya sea por vías electorales o golpistas, pero por otro, a recomponerse para retornar al poder. Es probable que en los próximos años se enfrente una disputa de movimientos. En la última parte del siglo XX, el predominio neoliberal fue claro en la región. En la primera década y media del XXI, fuerzas que desarrollaron políticas más o menos heterodoxas y desalineadas respecto a Washington ocuparon, con la excepción de los países que conformaron la Alianza del Pacífico, el centro de la escena latinoamericana. Los cuatro miembros de aquella alianza que resistió la oleada populista hoy cambiaron el signo de sus gobiernos. Los otros países, tanto en sus caídas como en sus regresos, parecen tener tiempos más cortos que no les permiten, en un mundo convulsionado, la construcción de un nuevo proyecto hegemónico.

Este marco general apenas esbozado es la puerta de entrada a una revisión más modesta de los últimos movimientos de las tensiones domésticas de la política argentina que se mueve bastante.

En los últimos días se precipitaron los movimientos en tres planos distintos de la coyuntura nacional. No sólo se mueve en el nivel más visible de la gestión gubernamental y el frente que lo conduce. También hay movimientos por abajo y por arriba.

Primer movimiento

En primer lugar, las sacudidas a nivel de las máximas autoridades del gobierno del Frente de Todos partieron de los sucesivos agites de avispero de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, que derivaron en la renuncia del ministro de Economía, Martín Guzmán. El sector mayoritario de la coalición de gobierno venía expresando que, de no producirse un quiebre, la inercia llevaría no sólo a la derrota electoral en 2023, sino a una pérdida paulatina pero inevitable de poder en el ejercicio del gobierno. El diputado sindical Hugo Yasky dijo que “a Guzmán se le terminó el libreto”. Y fundamentó la frase explicando que, tras el acuerdo con el FMI no sobrevino la tranquilidad prometida de la economía sino un nuevo ciclo de turbulencias agitado por los grupos empresariales que siguieron con sus maniobras especulativas. Ante eso, sacudir las aguas de la gestión económica era una necesidad para no ser conducidos bajo un leve dopaje camino a la maza del matadero.

La cultura obrera popularizó la figura del “carnero” para sindicar al que traiciona una huelga. Rodolfo Walsh describió el origen de esa retórica en su crónica sobre el Matadero de Buenos Aires. Una pieza que ofrece la lectura desde abajo a un tema que 150 años antes había tenido en Esteban Echeverría su lector culto. Ahí decía Walsh: “Las ovejas son estúpidas para morir, ariscas para entrar en los bretes. Un borrego o carnero adiestrado hace punta y las conduce a la muerte. Después vuelve, repite, vuelve. Consumada la cotidiana traición, se queda quieto, torvo, casi cabizbajo contra la estacada. Él es el señuelo, el entregador, el ‘guacho’. No lo matan nunca, por supuesto, y siempre tiene nombre propio”. Según esta interpretación, los movimientos en este nivel sirven para romper la modorra que lleve a un destino inexorable. De yapa, deja ver que se puede ser carnero aún sin saberlo.

 

Por abajo

El otro plano viene a cuento porque se está dando en las bases del movimiento obrero organizado. Jueves, viernes y sábado de la semana que pasó hubo congresos de distintos actores de la representación sindical argentina.

El primero fue el Congreso de la CTA de los Trabajadores, que se reunió el jueves en el auditorio de FOETRA, en el barrio porteño de Once. El viernes fue el turno de la Corriente Federal de los Trabajadores de la CGT, que realizó el suyo en el camping del SATSAID, en la localidad de Moreno. Y el sábado, el Movimiento Evita, uno de los principales integrantes de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular, tuvo su cónclave en el estadio Malvinas Argentinas de la Paternal. Este último, con un perfil más interno, que se centró en el lanzamiento de su fuerza política. La CGT oficial, acorde a sus tiempos y a su minimalismo, convocó a una “mesa chica ampliada” para el jueves próximo.

En los encuentros realizados hubo coincidencias con matices. Todos expresaron la necesidad de mantener la unidad del Frente de Todos como herramienta política. Los congresales de la CTA resolvieron impulsar un aumento de una suma fija a cuenta de paritarias, para elevar los salarios, beneficiando particularmente a los que están más abajo y un incremento en el mismo sentido de las jubilaciones y pensiones, también solicitar la inmediata convocatoria del Consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil y apoyar la creación por ley de un Salario Básico Universal, así como las iniciativas impulsadas por el Frente de Todos para establecer un tributo a la Renta Inesperada y para captar recursos destinados al pago de la deuda externa provenientes de los fugadores de divisas. La Corriente Federal, que integran sindicatos como los bancarios de Sergio Palazzo, los Gráficos de Héctor Amichetti y los judiciales de Vanesa Siley, entre otros, coincidió en todos estos planteos. En relación con el pedido de aumento de suma fija ante la emergencia, expresó el matiz de aclarar que “son las paritarias la vía para actualizar los salarios de los trabajadores registrados en las distintas actividades, pero en razón de que hoy esos ingresos –en la mayoría de los casos– no alcanzan el valor de la Canasta Básica Total, resulta imprescindible fijar como piso de los acuerdos el Salario Mínimo Vital y Móvil en una cifra superior a la misma”, según el documento aprobado.

Otro punto de coincidencia entre ambos congresos fue la necesidad de reducir la jornada laboral. Los diputados provenientes de estas organizaciones tienen proyectos de ley presentados en ese sentido y buscan que se convierta en una forma superadora de encarar el problema de falta de creación de empleo formal, que persiste en la economía argentina desde hace décadas y que sólo ha obtenido respuesta a través de la economía social. En este sentido, el salario básico universal es una alternativa que los tres congresos comparten, a sabiendas de que no resuelve la desigualdad dentro de mapa laboral argentino.

 

Por arriba

Pero quizás los movimientos más transcendentes de las últimas semanas se dieron por arriba, en ese poder que no se vota cada cuatro años, ni se refrenda en los congresos sindicales. A ellos se refirió Hugo Yasky cuando dijo que “hay sectores que quieren que Alberto Fernández termine como Alfonsín”. La frase sonó destemplada pero alerta sobre una conducta que las clases dominantes siguen a rajatabla: aprender de sus errores.

La experiencia macrista, a pesar de las secuelas que dejó en términos de reducción del empleo, del poder adquisitivo y, fundamentalmente, del endeudamiento externo, no pudo aplicar con la velocidad y profundidad las reformas que tenía en carpeta.

Domingo Cavallo, el padre de la criatura conocida como Plan de Convertibilidad, explicó el porqué de este fracaso antes de que ocurriera. Entrevistado por Naomi Klein en la monumental investigación de la socióloga norteamericana titulada “La doctrina del Shock”, Cavallo describe con claridad la importancia del golpe inflacionario: “La época de la hiperinflación fue terrible para la gente, especialmente para las personas con bajos ingresos y escasos ahorros, porque veían cómo, en apenas unas horas u unos pocos días, sus salarios quedaban reducidos a nada por culpa de los incrementos de precios, que se producían a una velocidad de vértigo. Así que el pueblo le pedía al gobierno que, por favor, hiciera algo. Y si el gobierno traía un buen plan de estabilización, era también el momento oportuno para acompañarlo de otras reformas. Las más importantes estaban relacionadas con la apertura de la economía y el proceso de desregulación y privatización. Pero el único modo de poner en práctica esas 25 reformas en aquel momento era aprovechando la situación creada por la hiperinflación, porque la población estaba lista para aceptar cambios drásticos a fin de eliminar la hiperinflación y regresar a la normalidad.”

El gobierno de Macri, al no contar con una crisis previa porque Cristina se fue de la Casa Rosada con la Plaza de Mayo llena de adherentes, apeló a creaciones más novedosas cómo la de “crisis asintomática”. Pero como estas construcciones no sirvieron para justificar un shock de características similares a otros episodios neoliberales, las usinas del macrismo buscaron construir otro concepto que dominó gran parte del esquema mediático: el gradualismo. Esta palabra, según Klein, había sido borrada del diccionario neoliberal: cuando Milton Friedman escribió al dictador chileno Augusto Pinochet prescripciones epistolares sobre el ajuste en Chile “subrayó la importancia del ‘shock’. Usó la palabra tres veces en su carta y subrayó que ‘el gradualismo no era factible”.

La única manera de revertir esta situación de empate que permite movimientos cortos es la fabricación de una crisis de la envergadura de la hiperinflación del siglo pasado para que cualquier política de shock se vuelva aceptable y los sectores dominantes avancen en la guerra de posiciones. Eso es lo que buscan los movimientos devaluatorios y desestabilizadores de acá a fin de año.

A mover el bote.

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