Interrogantes sobre el ciclo progresista

El ascenso de gobiernos de centroizquierda en la región obedece más a su carácter opositor y el descontento social de pospandemia que a la conciencia popular. | Por Augusto Taglioni

Las recientes victorias de las fuerzas progresistas en Chile y Colombia reavivaron el entusiasmo de quienes esperan un cambio de rumbo político en la región. El giro es claro: si Lula vence en octubre, Sudamérica pasaría a tener 7 de 13 países gobernados por opciones progresistas o de centroizquierda. Sin embargo, es apresurado hablar de nuevo ciclo.

De la misma forma, no se podía hablar de restauración conservadora cuando entre 2015 y 2019 la hegemonía estaba en menos de expresiones de derecha, luego de más de una década gobiernos populares. Mauricio Macri, Lenin Moreno (y ahora Guillermo Laso), Martín Vizcarra en Perú, el tándem Temer-Bolsonaro y el partido Colorado en Paraguay quisieron iniciar un nuevo ciclo pero, en algunos casos, les terminó estallando la bomba en las manos porque no fueron capaces de consolidarse como alternativa política.

El enojo social y el empeoramiento de las condiciones sociales agudizadas por la pandemia terminaron forzando el giro a la izquierda, que en realidad parece ser más un contexto favorable a las oposiciones.

Si se ahonda el análisis, se evidencia que los liderazgos de Néstor y Cristina Kirchner, Rafael Correa, Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa contaban con un elemento un poco más importante que ser proyectos progresistas. Tenían un fuerte ejercicio de conducción, mayorías parlamentarias y un capital político que les hizo posible ganar sus respectivas reelecciones o impulsar plebiscitos vinculantes, enfrentarse al poder real y avanzar en cambios que pretendían ser profundos. Además, trabajaron para ampliar e institucionalizar los bloques políticos y comerciales, como fueron el caso de Mercosur y Unasur, claves a la hora de pensar una dinámica regional sostenible.

Ahora no existe nada de eso. Gabriel Boric y Gustavo Petro, por mencionar ejemplos recientes, están obligados a acordar con los partidos tradicionales en el Parlamento por no contar con mayorías propias y, en el caso del chileno, la posibilidad de avance está atada a la aprobación en plebiscito de salida para la nueva Constitución. Sin Carta Magna nueva, Boric no tiene otra alternativa más que liderar un gobierno un poco parecido al de Michelle Bachelet pero lejos de responder a las demandas populares que lo depositaron en el Palacio de la Moneda.

En el caso del peruano Pedro Castillo, la izquierda lo acusa de haberse corrido a la derecha y, a casi un año de haber asumido, no da pie con bola. La constante pérdida de apoyo lo mantiene al borde una destitución.

También en Bolivia la situación es compleja. La vuelta del MAS tras el golpe de Estado a Evo Morales fue contundente pero, puertas adentro, hay una disputa feroz por la sucesión de 2025 entre el sector del líder cocalero y el vicepresidente David Choquehuanca, y son muchas las voces que hablan de ruptura. Este es otro punto de conflicto: el de los liderazgos históricos contra los que buscan una renovación.

La tendencia de victorias opositoras tendrá otras pruebas de fuego en octubre, con la posibilidad de que Lula se imponga en Brasil pero también en Argentina, donde el peronismo está en una delicada situación frente al eventual retorno del macrismo al poder, y Paraguay, donde la alianza opositora sueña con la difícil tarea de destronar al poderoso Partido Colorado. Uruguay tendrá su cita en 2024 y, aunque la coalición que lidera Luis Lacalle Pou viene ganando pulseadas, talla un escenario de paridad extrema, expresada en el balotaje de 2019 y en el referéndum para derogar la Ley de Urgente Consideración de 2022.

El riesgo de que fracase el progresismo en Chile y Colombia o la demora en la resolución de las internas como ocurre en Bolivia puede tener como desenlace opciones de extrema derecha, como José Antonio Kast, alguna versión renovada del uribismo en Colombia o expresiones autoritarias y golpistas como la de Luis Fernando Camacho en La Paz.

Para colmo, el gobierno de Joe Biden divide ante la falta de estrategia regional para posicionarse en temas como la guerra con Ucrania o la situación de Venezuela. Además, la agenda climática acerca a Argentina y Chile y, ante la condena al chavismo, hay más alineamiento que diferencias.

Una vuelta de Trump en 2024 podría generar un sentido de unidad y pertenencia que hoy no existe. El republicano no tiene a la región como prioritaria y su táctica para alinear es a través del garrote, algo que probablemente ninguno de estos gobiernos aceptaría.

En relación a las instituciones, lo único que hay en estos momentos es la Celac, una apuesta del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, para tensar su relación con Estados Unidos y que ha adoptado a Alberto Fernández como figura para avanzar en su consolidación. ¿Lula quiere lo mismo o prefiere reeditar la Unasur, con el objetivo de fortalecer su liderazgo regional en lugar de compartirlo? Esto, en términos políticos. Porque lo cierto es que, para comerciar, hay más miradas en China que en una lógica intra-región. Para confirmarlo, solo basta con ver los socios comerciales de Argentina y Brasil.

Negar todas estas limitaciones de origen de los progresismos regionales es tapar el sol con la mano y aferrarse a la nostalgia de un pasado que no volverá. ¿En qué estado se encuentra la región entonces? Podría decirse que una suerte de empate hegemónico que hace difícil que la balanza se incline hacia un lugar determinado, en el marco de las reglas lógicas de nuestras democracias. El desafío es tan grande como las expectativas generadas y los obstáculos que tendrán por delante.

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