Independencia conjetural

La promesa revolucionaria sigue siendo un proyecto porque la independencia permanece en pugna, frente al pavor de las élites porteñas que siempre ven un malón en ascenso. | Por Carlos Caramello

“(…) y la victoria es de los otros. 
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen”. 
Jorge Luis Borges

Nuestro ciego mayor, un tal Jorge Luis, (a) El Vate, imaginó a Francisco Narciso de Laprida topando su “destino sudamericano” a manos de un grupo de montoneros de Aldao. Rara metáfora en espejo del devenir de ese país que intentó, en 1816, liberarse tanto de España como de Buenos  Aires… con éxito dispar.

En los debates previos (y por qué no también en los posteriores) a aquel martes 9 de Julio de la proclamación hubo, a simple vista, un gran ausente: el Pueblo. Y la mudanza de la élite política porteña a Tucumán, corazón geográfico del país, en un viaje que duraba no menos de 30 días (con ese gesto pretendían congraciarse con “el interior”), no consiguió que aquella compadrada surtiera el efecto imaginado.

Los espías, los traidores, los encargados de alimentar corrillos y chismeríos (hoy los llamaríamos sencillamente operadores) se sumaban a los derrotistas y escépticos que habitaban las tertulias y, a la sazón, eran casi los únicos interesados en ese Congreso que, a diferencia del Mayo de 1810, no tenía vecinos apiñados a la puerta de la histórica Casita queriendo saber “de qué se trata”.

Tampoco tuvo presentes a la totalidad de “los Representantes de las Provincias Unidas en Sud América”. Faltaron Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y la Banda Oriental que, junto con Córdoba, alrededor de un año antes (el 29 de Junio de 1815), habían jurado otra independencia, una que se fundaba en las “Instrucciones” que la Provincia Oriental enviara a la Asamblea del año XIII y que fueran ninguneadas por el centralismo porteño.

Lejos de las levitas y las sotanas que ataviaban a los Laprida, los Castro Barros, los Godoy Cruz o los Sánchez de Bustamante (no por nada las calles porteñas están signadas por estos apellidos), los diputados de la Liga de los Pueblos Libres a lomo de caballo, vestidos de poncho y chiripá, con representación soberana, votados por vecinos criollos, indios y negros, se declararon independientes en el Arroyo de la China, en aquel mítico e invisibilizado Congreso de Oriente, al que la historia oficial minimiza porque se “extraviaron” las actas.

Como fuere: luego de haber enviado a todas las provincias copias del acta con el ánimo de difundir su contenido e, incluso, redactar versiones en quechua y aymara, lenguas de los pueblos originarios alcanzados por esta “independencia” (recordar que había representantes de  Charcas, Mizque, Chichas y Cochabamba, zonas del Alto Perú que actualmente pertenecen a Bolivia) el Congreso se muda de Tucumán a Buenos Aires en enero de 1817, aduciendo variopintas razones que sólo buscan ocultar el verdadero motivo: el Centralismo porteño. La prueba más palmaria, el cambio de la denominación de “Provincias Unidas de Sur América” por el de “Provincias Unidas del Río de la Plata”. El daño estaba consumado.

A partir de allí y al decir del historiador Santiago Chervo, “dejó de ser la caja de resonancia de los intereses de las provincias para ser sometido a una intensa influencia del gobierno central, de la prensa y de la opinión pública de Buenos Aires”.

Así fue como el mal llamado Congreso de Tucumán, convertido en una junta metropolitana, rodó sin detenerse hasta engendrar la Constitución de 1819 a la que ni sus propios hacedores acataron por “su contenido centralista, monárquico y aristocrático”. Como prueba de ese perfil, algún párrafo de su articulado en el que se establece que “Los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial gozarán del tratamiento de «Soberano Señor», así como el Congreso será tratado de «Alteza Serenísima o Serenísimo Señor»”, no sé si les recuerda alguno de los actuales poderes de la República.

Claro es que no debe haber sido poco declararse “una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli”; frase a la que -diez días después de la jura- hubo que agregarle “y de toda otra dominación extranjera”, porque los muchachos se avivaron que el alcance era finito. Sobre todo cuando les avisaron que los comerciantes ingleses en Buenos Aires celebraban la decisión y se aprestaban a traer un nuevo representante a estos pagos. Pero no fue mucho más que eso…

Como lo pintó el historiador, poeta y sabio Fermín Chávez en su construcción de una Epistemología para la Periferia: “Mientras tanto, la revolución argentina, gestándose en el Puerto y sin un caudillo popular, seguía avanzando, librada al juego de las circunstancias y a las presiones internacionales dominantes”.

Grito de Independencia… y nada más. Corazón, pase corto y conjetura. De la tan mentada unidad de la provincias de la América del sur; del ansiado “federalismo pleno frente a la hegemonía de las metrópolis americanas”; de la “distribución equitativa de las rentas y de los medios de producción” y de la “independencia económica mediante el fomento de la industria de capital nacional y de las cadenas productivas con alto valor agregado” ni mú… esas, te las debo.

Luego vendrían tiempos oscuros. Batallas. Crímenes. Traiciones. Venganzas. Y la historiografía de los ricos para birlarnos las pocas certezas.  Todo eso hasta hoy. Hasta esta Argentina que insiste en seguir peleando Cepeda y Pavón todos los días.

Disculpe, Borges, de verdad: los “bárbaros, los gauchos” no han vencido.

Todavía.

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