Elegía a Horacio González

El periodista, escritor y politólogo Hernán Brienza despide a Horacio González.

Por Hernán Brienza.

Horacio González fue un distinto. Sin dudas fue el intelectual más erudito de la Argentina, el más iluminador, el más creativo, uno de los pocos capaz de hacer parir ideas de mundos que parecían contrapuestos o indiferentes. Su capacidad para relacionar ideas, conceptos, mundos literarios, políticos, sociales, se acercaba mucho al ejercicio permanente de la metáfora, es decir, la de crear una nueva imagen a partir de dos palabras que nunca habían estado juntas. Horacio hacía poesía con las ideas. Horacio era un poeta.

Pero también era mucho más. Porque era afectuoso, campechano, dueño de una ironía maliciosamente angelical y siempre bien predispuesto para una conversación política o cultural en cualquier esquina, en cualquier bar, en cualquier noche, y en cualquier ciudad del mundo. Si no era humilde, no se lo notaba. Y eso en el mundo de los intelectuales es un don que a pocos les fue otorgado. Sin embargo, si con este manojo de elogios no alcanza, aun le debo la virtud más importante que haya visto en el mundo de las ideas: Horacio poseía una honestidad intelectual impecable.

Su lucidez era tal que le permitía sortear con grandeza las contradicciones, las oscuridades, los infiernos propios y ajenos, sentía la necesidad de dar testimonio constante del rol del intelectual crítico –pero no ingenuo- que supo abrazar desde toda su vida. Y sus intervenciones políticas, televisivas, escritas, radiales, demuestran que era un pensador en diagonal, que siempre volvía sobre sus pasos para ver si el camino era correcto, que escuchaba a su interlocutor para ver qué porción de razón le asistía y que no tenía miedo a la búsqueda y al encuentro en la verdad hallada a través de la argumentación.

Admiraba a Horacio desde sus escritos en la revista Unidos, leí algunos de sus libros, Restos pampeanos por ejemplo, con pasión devoradora, tuve la oportunidad de ser uno de sus miles de alumnos y como tantos miles de alumnos me perdía en la enmarañada erudición de sus clases pero siempre, siempre, había un instante que me iluminaba, que me obligaba a pensar y repensar de otra manera la literatura, la política y el pensamiento argentino que tanto amamos.

La vida me dio la oportunidad de poder compartir mesas de conferencias con él, regalo inmerecido pero que me llena de placer y de orgullo. Pero el mayor regalo que me dio respecto de Horacio fue haber podido reunirme con él con cierta habitualidad en torno a una mesa de amigos entre los que también figuraban José Pablo Feinmann, Ricardo Forster, Jorge Alemán, Mario Goloboff, Vicente Battista, entre tantos otros queridos compañeros. Pero no por haberme reunido con él a comer solamente sino por poder haberlo visto pensar en vivo y en directo. Pensar qué contestar, que decir, que mirada aportar. Horacio pensando era como el mejor músico zapeando. Lo hacía en silencio, pero algo en el vibraba por dentro. Esa vibración era vida en estado de diamante puro.

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