El tiempo de Petro

El flamante presidente electo en Colombia llega a la primera magistratura tras el estallido social de 2021, por las políticas socioeconómicas desplegadas por la derecha. Sin mayoría parlamentaria, deberá desplegar una política de articulación popular para que el diálogo con los actores tradicionales no licúe su programa político. | Por Augusto Taglioni

Gustavo Petro es el nuevo presidente de Colombia, una notica que hace diez años nadie hubiese imaginado que podía ser real. El flamante Jefe de Estado la tuvo complicada: de un momento para otro, su plan para competir mano a mano con la derecha cambió y debió pensar una estrategia para enfrentar a un resbaladizo Rodolfo Hernández, que por más empresario multimillonario que sea, también canalizó el voto del descontento con la derecha tradicional con un programa de cambio más cerca de la izquierda que del uribismo.

Petro es testigo de la historia reciente de Colombia. Guerrillero, concejal, diplomático, alcalde, senador y, ahora, Presidente. Las vio todas y siempre ofició como un llanero solitario arrojando piedras contra un sistema que parecía impenetrable. Sufrió en carne propia la virulencia del sistema cuando fue desalojado de la alcaldía de Bogotá por una causa inventada por sus detractores.

Los estallidos sociales del 2019 tuvieron a Colombia como protagonista, con menos marketing, y un mes después que Chile… pero los colombianos salieron a las calles a pedir un mejor funcionamiento del Estado, el fin de la violencia, más trabajo, educación y salud. La pandemia frenó todo pero agravó lo que estaba mal y llegó el momento en que la olla se destapó. Abril de 2021 fue un antes y un después.

La calle caliente, el Estado en su faceta represiva, el hartazgo social y un gobierno sin apoyo que firmó su salida antes de tiempo. Iván Dique se convirtió en una figura decorativa y el desenlace fue el primer gobierno de izquierda de la historia. Pero Petro no hubiese sido posible sin el estallido y eso es una mochila que cargará cuando le toque asumir.

Ver a Petro con Francia Márquez, su vice afroamericana, feminista, humilde y de izquierda, es una transformación profunda y un poco de oxígeno en medio de tantas historia de violencia. Aún así, eso no alcanza para responder a semejante expectativa.

El nuevo líder necesita un equilibrio entre su base de sustentación progresista que reclamará velocidad en los cambios y las negaciones que requiere para lograr apoyos que le permitan avanzar en esas reformas, sobre todo en el Parlamento.

Pacto Histórico no tiene mayoría propia, ese es uno de sus principales escollos. Para lograrlo, deberá negociar con el Partido Liberal y el Partido Conservador, las dos fuerzas tradicionales que gobernaron el país durante décadas y son destinatarios del enojo del pueblo cafetero. Sus cúpulas apoyaron a Hernández pero muchas de sus bases electorales optaron por Petro. Existe allí un puente de diálogo que no necesariamente implique una resignación de valores históricos o un cambio de rumbo económico.

El primer mandatario electo planea llevar a cabo programa de gobierno que consta, según dicen sus propios voceros, en un plan de choque para luchar contra la pobreza y el desempleo. Para ello tienen previsto implementar una renta básica universal, un sistema nacional del cuidado y un Ministerio de la Igualdad.

En el campo de La Paz, proponen la reforma de la Policía Nacional y de las fuerzas militares, un servicio nacional y social para La Paz que sería una solución alternativa al servicio militar obligatorio. Hablan de una política de paz muy ambiciosa que denominan «Paz total”.

Además, propone un cambio de la matriz energética y encarar la gestión teniendo en cuenta los problemas del cambio climático,  medidas para la equidad social y la necesidad de superar la pobreza y la exclusión. “De estos ejes generales hay que avanzar a un plan de choque para resolver los problemas”, anuncian.

Claro que se necesitarán capital político, consenso social y acuerdos. Petro sabe las consecuencias que puede sufrir un líder de izquierda sin esos condimentos para ejercer el poder y, por eso, desarrollará un pragmatismo que le agrande la espalda sin abandonar la agenda transformadora por la que fue elegido.

Otros interrogantes aparecen en el plano regional e internacional. El líder de Colombia Humana siempre fue crítico de la relación de su país con Estados Unidos, sobre todo en el rol de la DEA en la lucha contra el narcotráfico y la condición de aliado extra-OTAN. Esto puede que sea revisado pero lo paradójico es que el contexto global empuja a Petro a llevarse mejor con Biden de lo que muchos suponen. Washington sabe que el mandatario elegido es ideal para frenar las protestas sociales y lograr estabilidad, además de las coincidencias en la agenda climática.

Colombia tendrá quizá una mirada más regionalista. Probablemente no llegue a ser como aquella de la que Colombia no formó parte, sino una de baja intensidad, propia del progresismo de tinte socialdemócrata que profesan Chile o Argentina y cercano a México. Eso fortalecerá a la Celac como espacio común regional pero difícilmente restaure Unasur o dé inicio a un nuevo ciclo de izquierda. Mucho menos se vislumbra una salida de la Alianza del Pacífico, algo que no hicieron tampoco AMLO, Pedro Castillo y Gabriel Boric.

Lo que es un hecho es que Colombia restaurará las relaciones con Venezuela. Esto será una de las políticas más interesante de Petro, luego de años de tensión y acusaciones cruzadas.

La expectativa en esta nueva etapa es lógica, el optimismo de los colombianos es razonable. Será cuestión de tiempo saber qué tipo de experiencia política está alumbrando desde Bogotá.

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