El odio y las palabras antipopulares

Reflexiones de Ricardo Forster, Natalia Romé y Lucas Fauno sobre el capitalismo desbocado y las trampas de la libertad posdictatorial | Por Jésica Aizo

El atentado que sufrió la vicepresidenta Cristina Kirchner ayer por la noche en Recoleta reabre una necesaria discusión sobre lo que sucede en el ámbito de las palabras y las cosas. Los discursos que incitan al odio propagados por los medios hegemónicos, en connivencia con los sectores de la derecha argentina, son los que pusieron el arma en la frente de la exmandataria. Ricardo Forster, Natalia Romé y Lucas Fauno reflexionan sobre la violencia discursiva que habilita otras violencias.

El capítulo de historia argentina vivido ayer es la materialización de lo que provocan las voces que incitan y legitiman la violencia en la esfera pública. Sobran muestras de odio destilado frente a la figura de ex Presidenta.

Acaso su condición (¿?) de mujer desafiante frente a los grupos concentrados de poder sea, en buena medida, lo que haya motivado la escalada de violencia jurídico-político-mediática que culminó con un arma cargada, apuntándole en la frente a la exmandataria.

Parafraseando la canción, nos merecemos bellos milagros… y ocurrieron. La bala no salió. Es difícil pensar cuál sería hoy el escenario de haber alcanzado el proyectil al cerebro más activo de la política partidaria argentina.

Caldo de cultivo

En conversación con La Patriada, el filósofo Ricardo Forster aportó su mirada para pensar los mecanismos de generación de la violencia que imperan al interior de la sociedad, producto de las lógicas de lo que calificó como un «capitalismo desbocado».

«Si, sistemáticamente, desde las cadenas comunicacionales se opera bajo la lógica de la descalificación, el rechazo, la demonización del otro, está claro que el pasaje de la retórica de la violencia a la acción está a la orden del día», advirtió.

Desde 2008, el núcleo mediático de los poderes concentrados se dedica sistemáticamente a demonizar a la figura de Cristina, del kirchnerismo en particular y del peronismo en sentido más amplio, y eso tiene repercusiones e impactos sobre la vida cotidiana y sobre el sentido común.

«Si alimento un sentido común que demoniza a una tradición política y hablo todo el tiempo de autoritarios y corruptos, hay ahí un caldo de cultivo que se inscribe en la sociedad», reflexionó Forster.

Historicidad y posdictadura

«No son discursos de odio, son anti populares», señaló la doctora en Ciencias Sociales Natalia Romé, al remarcar la necesidad de inscribir esos discursos que perpetúan expresiones violentas en una historicidad concreta de la sociedad argentina.

«Me preocupa cierta tendencia a la globalización del lenguaje político. El discurso de odio es una categoría que usa la UNESCO. Me parece que al repetir esa expresión caemos en una trampa que no nos permite restituir lugares de pertenencia histórica», dijo Romé sobre la categoría ‘discurso de odio’.

Para la investigadora, es importante incluir «términos político-históricos en una conversación» sobre la libertad de expresión para posicionarse frente a lógicas discursivas que reproducen violencias.

En conversación con este medio, Romé señaló que no se trata de una cuestión «de grieta» o de «opiniones subjetivas», y remarcó que «la democracia,  los derechos humanos y el respeto del otro son asuntos no plebiscitables» en la sociedad argentina posdictatorial.

Ayer, la diputada santafesina Amalia Granata expresó en sus redes sociales que el ataque de anoche contra la vicepresidenta fue una «pantomima», y adelantó que pedirá «disculpas» si se esclarece el caso y se comprueba que fue un atentado.

También hubo otras expresiones incitadoras a la violencia que vinieron de la coalición opositora y de la legión de repetidores que vociferan en los medios hegemónicos las atrocidades que les dictan desde las cuevas del establishment.

«Desde la historicidad es posible plantear las  políticas que te das con respecto a la responsabilidad de ciertos representantes o comunicadores», señaló Romé para despuntar el ovillo de una discusión urgente en torno a la libertad de expresión.

Feminismos y lenguaje

En Argentina, en los últimos años, las lógicas discursivas se pusieron sobre la mesa -le pese a quien le pese- a través de los feminismos. Romé destacó que la discusión acerca de los efectos del lenguaje «se vienen haciendo en el marco del feminismo» pero advirtió sobre la trampa de la corrección política y lo punitivo en torno a ese debate.

«Nuestros modos de ser progresistas están atravesados por esa trampa y con la corrección política terminás muchas veces habitando un espacio entre la censura y la no censura», señaló en ese sentido.

Por su parte, Forster también remarcó «la mirada patriarcal y machista, sobre todo en lo que implica el traslado de la condición femenina de Cristina». El filósofo afirmó que la Vicepresidenta «vuela muy por arriba de la media y eso produce resistencia y resentimiento» en la política partidaria, que está lejos de alcanzar la paridad en términos de género.

Hace 70 años, Eva Perón también fue el blanco del ataque discursivo del establishment. «Desde sus guaridas asquerosas atentan contra el pueblo», le dijo a la clase trabajadora, y su advertencia vuelve hoy.

«Lo que pasó ayer tiene un origen en el odio a las existencias que fugan de las normatividades, a las existencias que reclaman derechos. Es la continuidad de eso que han gestado desde los fascismos, desde la derecha y desde los medios que, en nombre de la comunicación, siembran el odio que germinó en un atentado», sostuvo el periodista y activista Lucas Fauno.

«Como trolos, putos, travas, tortas sabemos lo que generan esos discursos de odio y cómo calan en nuestros presentes, nuestros cuerpos y nuestras existencias», remarcó en conversación con La Patriada, y agregó: «No sólo nos matan individualmente, es un mensaje a toda la sociedad».

«Eso nos quisieron decir ayer y, por eso, hoy urge la respuesta amorosa y política», afirmó el periodista que mientras envía sus reflexiones está en camino hacia Plaza de Mayo.

El odio y el goce

El resentimiento y el desvanecimiento de los códigos de convivencialidad están en alza no sólo en Argentina. Basta asomar un instante la nariz frente al escenario global para encontrar en todas las latitudes expresiones de violencia sistematizada frente a determinados colectivos.

Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, Yañez en Bolivia y la interminable lista de figuras emblemáticas de las derechas más reaccionarias que ganaron terreno en los últimos años de convivencia social en América son las desembocaduras cloacales de los dispositivos mediáticos que cargan de resentimiento el sentido común de las masas.

¿Pero por qué el odio prende y se propaga tan rápidamente en el tejido social? Para Forster, «hay un disfrute en el hecho de constituir al otro como el lugar del mal y del peligro, hay un goce perverso ahí». Ubicar rasgos que incluyen la perversión en el otro es una fuente de placer y reafirma la fantasía de estar en el lado «correcto».

En Argentina, esa perversión se construyó discursivamente en la figura del subversivo durante los años de la dictadura y eso «hizo posible que parte de la sociedad mirara para otro lado», remarcó Forster.

Negacionismo argento

Los capítulos más horrendos de la historia contemporánea están marcados por el racismo y el  antisemitismo. La pervivencia de esas expresiones en la sociedad argentina muchas veces es negada. «Argentina no es racista», es una frase que habita el sentido común.

Hay una porción muy importante de la población que se creyó el mito de la Argentina blanca y europea. La idea de que la población bajó de los barcos invisibiliza el genocidio pergeñado al interior de las fronteras de la patria.

«Somos un poco negadores de las violencias», afirmó Forster, al tiempo que recordó que «aunque hubo un pacto democrático que permitió una cierta convivencialidad» después de la última dictadura, «no es cierto que se haya logrado un escenario de no violencia».

«El gobierno de Macri mandó una represión que terminó en la muerte de Santiago Maldonado, de Rafael Nahuel. Las represiones brutales que culminaron con los asesinatos de Kosteki y Santillán dan cuenta de que no nos arrojamos a las aguas purificadas de la actitud democrática», señaló.

Es urgente una discusión sobre cuáles son los términos en los que se puede sostener una conversación dentro de los límites de la democracia. Haber admitido en el campo de lo conversable ciertas expresiones que no encajan dentro del contrato social de la posdictadura es una trampa de la libertad de expresión. Quizá, el milagro de la bala que no salió sea la oportunidad para acordar que hay ciertas cosas que no van nunca más.

 

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