El odio, la historia y la renta

La derecha y esa imperiosa necesidad de separar a los sectores populares de sus líderes. Por Cynthia García y Pablo Dipierri

«El espíritu es delirio», decía Hegel y une podría advertir que el odio, o sus discursos, carecen de racionalidad. Pero sería como ceder a las justificaciones fascistas de los letrados que acuñaron el término «emoción violenta». Lejos de la imposibilidad de explicarse, el ataque a la vicepresidenta Cristina Kirchner tiene una lógica y esa lógica es la del capital.

La derecha necesitaba terminar con la escena de vigilia que cientos de personas componían día y noche en las puerta del domicilio de la ex mandataria en Recoleta. Imperiosamente sentían la irrefrenable pulsión de separa a la líder de los sectores populares que se identifican con ella. Porque empezaba a restablecerse el ánimo plebeyo y se reactivaban los lazos de afectividad y pasión en defensa de la máxima dirigenta peronista y sus ideas. Y porque esa pasión que matchea amorosamente con esas ideas es el peor de los pronósticos económicos para el establishment, no porque pierdan dinero si el proyecto kirchnerista talla más fuerte sino porque se distribuye un poquito más.

Así, la irrupción de Fernando Sabag Montiel tal vez no se haya guionado en un set televisivo pero abreva en el sedimento fascista de los medios de comunicación que vocean los intereses de los grupos económicos, los fiscales y jueces que azuzan el espectro de la corrupción sin pruebas y los legisladores se segregan pus pidiendo la pena de muerte. Sabag Montiel y los neonazis que operaran con él, incluso cualquier célula fascistoide que emerja en adelante o cualquier discurso más o menos articulado desde la derecha entre La Nación +, Clarín, radio Rivadavia, radio Mitre o Infobae con ancla en Javier Milei, Martín Tetaz, Amalia Granata o Mongo Aurelio respondería al mismo patrón: para maximizar la tasa de ganancia, el capital precisa que la Vicepresidenta no juegue, no esté, no hable, no empuje, no aguante, no luche.

Por eso la odian. Por eso sienten aversión y desprecio por el peronismo. No porque, como pretende el séquito de periodistas cultivados por la última dictadura y su herencia, con Joaquín Morales Solá a la cabeza, el kirchnerismo haya originado esas pulsiones por su deseo de revancha. Desde su origen el peronismo no es más que la búsqueda de la justicia social en un país donde sus dueños despellejaron indios para expandir la frontera productiva del sector agropecuario en el Siglo XIX, fusilaron obreros desde la Patagonia al Chaco para docilizar al anarcosindicalismo de principios del Siglo XX y bombardearon la Plaza de Mayo para matar a Juan Domingo Perón y rociaron con plomo a cientos de civiles, sin mediaciones metafóricas, con el único propósito de aniquilar los vestigios de igualdad que cualquier gaucho promoviese.

Pero no pudieron tampoco de ese modo. Y apelaron al golpe de Estado en el 55′, como lo habían hecho en el 30′. Y lo repitieron en el 62′, el 66′ y el 76′. Ni con la maquinaria desaparecedora y el Plan Cóndor pudieron hacer que esta pampa gringa se tragara el plan económico de la Sociedad Rural, los bancos y las multis, con la bendición de la Iglesia y la propaganda de la prensa, para siempre.

Sin embargo, el advenimiento de la democracia se produjo con un pueblo docilizado. Más allá del brío alfonsinista de los albores democráticos, desde los 80′ hasta la caída de Fernando de la Rúa la política se había convertido en un salón literario donde la política se había suplantado por la igualación de opiniones, sin más verdad histórica que la relatividad de cada emisor. Entonces, en el programa de Mariano Grondona podían, entre miles de comillas, «debatir» el torturador Miguel Etchecolatz con su víctima, el socialista Alfredo Bravo. La perversión fascista llevada a su extremo hacía que muchos supusieran que la democracia era plebiscitar versiones.

Después de esa nefasta calesita infernal, surgió el kirchnerismo y restituyó el sentido de la política, la puso en el centro y, mal que les pese a tantos su intensidad, había que transformar la anomia y la apatía en un compromiso inquebrantable para robustecer el marco civilizatorio de una democracia que se regía por el rating y la licuación del ágora pública bajo diluyentes hollywoodenses y glamour de cabotaje.

En consecuencia, el armisticio de la posdictadura no estaba basado en ninguna madurez democrática sino en una despolitización neutralizadora donde todo daba lo mismo. Y lo que la derecha imputa bajo la trampa de la atribución del odio al kirchnerismo no es más que el coraje para politizar la legalidad que encaró el gobierno argentino entre 2003 y 2015.

Así, el odio es ancestral. Más allá de que haya que quitarle la pauta a corporaciones como el Grupo Clarín por propiciar la violencia y constituirse en fundamento psíquico de quien gatille contra la ex Presidenta, el odio no existe porque exista Héctor Magnetto sino que existe Héctor Magnetto porque existe una clase que odia a la otra desde el fondo de la historia y el peronismo, lejos de nacer como un gesto clasista, no es otra cosa que el saldo organizativo de los humildes que se unieron para obtener una reparación que los dejara salir de abajo de la alfombra.

En síntesis, el odio no arrancó la semana pasada. El odio es el programa político de los que planificaron la miseria de las mayorías ayer, hoy y siempre. Para ellos, cualquier experiencia política que produzca algún cambio mínimo en las planillas de Excel donde guardan con celo la ecuación de su tasa de ganancia es un objetivo a eliminar.

Ante esa amenaza permanente, los sectores populares seguirán buscando en la calle, las fábricas, las escuelas o la despensa del barrio los intersticios para pararse de manos contra el saqueo constante. Aunque los atemoricen con la desembozada publicidad de holocaustos por venir, los trabajadores saben que hay más educación cívica en las unidades básicas que en los medios de comunicación.

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