El juego de la guerra: capítulo Taiwán

Bajo el pánico a la creciente pérdida de hegemonía, Estados Unidos fuga hacia adelante sembrando conflagraciones que sacuden al mundo entero. | Por Augusto Taglioni

Como si la invasión Rusia en Ucrania no fuera suficiente, el mundo empieza a  observar un aumento en la escalada de tensión entre China y Taiwán. El detonante fue una visita inesperada a la isla, por parte de la presidenta de la Cámara Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi. La misión diplomática incluyó una reunión con la jefa de Estado taiwanesa, Tsai Ing-wen.

El conflicto entre China y Taiwán data de tiempos anteriores a la revolución liderada por Mao Tse Tung en 1949, donde las tropas nacionalistas al mando del General Chiang Kai-shek trataron de evitar la opresión de los comunistas chinos. Con la victoria maoísta, los nacionalistas se refugiaron en Taiwán y hasta el día de hoy pugnan para independizarse de Pekín.

El ascenso de China a lo largo de las últimas décadas hizo que la enrome mayoría de los países del mundo terminaron adhiriendo al postulado “una sola China”, incluso Estados Unidos. El histórico encuentro de Mao con Richard Nixon en Pekín en 1972, ideado por Henry Kissinger, fue determinante para dividir al bloque comunista de entonces y darle mayor inserción internacional a China.

Con el correr de las décadas, China se convirtió en potencia emergente y la disputa con Estados Unidos por la hegemonía global se aceleró. Sin embargo, la Casa Blanca nunca cruzó la línea roja. Donald Trump rompió la tradición de sus antecesores cuando aceptó un llamado de la lideresa taiwanesa en un gesto de hostilidad que luego continuaría, al menos desde la retórica, contra su adversario de Oriente.

Lo de Pelosi fue más allá y encendió alarmas. El gran interrogante es: ¿qué busca Estados Unidos con este gesto de provocación? Pelosi no es una figura marginal, es una dirigente histórica del Partido Demócrata y la tercera en la línea de sucesión presidencial. Parece difícil pensar en una acción que no cuente con el aval de Joe Biden.

Así las cosas, la reacción de China no se hizo esperar. Ejercicios militares, lanzamiento de misiles y movimiento de tropas como forma de mostrar musculatura y dejar en claro que si hay que pelear, se pelea.

A Estados Unidos le interesa contar con más presencia en el Mar Meridional de China, donde se concentran el 40 por ciento del comercio mundial y el 30 por ciento de los hidrocarburos. Los aliados de Washington armaron una suerte de cadenas para cercar a China mediante Corea del Sur, Japón y las islas que serían soberanas de Filipinas -y con las que disputan en tribunales internacionales las competencias en ese Mar Oriental-.

Washington perdió relevancia en la región de Asia-Indo-Pacífico y estas acciones están relacionadas con ese declive, que se expresa tanto en lo comercial como en lo militar. También, la impotencia de la Casa Blanca con la capilaridad de la nueva Ruta de la Seda puede ser uno de los motivos para la ofensiva.

En el corto plazo, tal como ocurre con la guerra en Ucrania, Biden busca mostrar fortaleza interna en un momento de crisis económica –lo que seguramente le pase factura en las elecciones de medio término de noviembre-. Los demócratas se juegan, ni más ni menos, que la mayoría en ambas cámaras durante sus dos últimos años de mandato. ¿Guerra mata economía? Podría ser en lo inmediato pero, a la larga, las consecuencias pueden ser peores.

Cuesta imaginar un escenario favorable para Estados Unidos. Aislar a China es una utopía, dado que Pekín es el principal socio comercial de 150 países, controla 125 de 500 empresas productivas globales y va camino a convertirse en una potencia militar. Es un jugador sistémico casi imposible de reducir. Las consecuencias de una guerra entre China y Estados Unidos podrían ser desastrosas para todos, en materia económica especialmente.

Por eso, ¿cuánto vale la persistencia norteamericana de resistir su propia decadencia global? Esto no quiere decir que Estados Unidos haya dejado se ser una potencia, nadie con el secundario completo se animaría a predecir semejante burrada. Lo que sí está claro es la redefinición del rol estratégico de quien supo ser potencia a absoluta.

En ese sentido, Biden se encuentra a medio camino entre la restauración del legado de Barack Obama y la continuidad de los métodos confrontativos de Trump. Es decir, abandona Afganistán pero pretende seguir siendo indispensable en Medio Oriente, propone volver al acuerdo nuclear con Irán pero juega a la guerra con Rusia y China.

Estados Unidos gana más de lo que pierde en términos relativos con la guerra en Ucrania porque alineó a Europa a un conflicto que no necesita y lo perjudica pero no pudo aislar a Rusia para convertirlo en un paria. Ahora, con China pareciera que es una jugada más complicada aún.

La guerra híbrida y fragmentada que pronosticó el Papa Francisco es un hecho que se puede ver con claridad en Ucrania desde 2014 a la fecha, en Siria desde 2011 y en el Mar Meridional con constantes amenazas que pueden desatar otro episodio trágico. Los protagonistas son los mismos, las consecuencias también.

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