El algoritmo del odio

El atentado contra la Vicepresidenta podría revitalizar su persistente llamado a un nuevo contrato social de ciudadanía. Serán la calle y la inteligencia colectiva sus divisas, o no será nada. | Por Pablo Dipierri

La amenaza fascista contra la democracia argentina tocó anoche su punto más alto. Comparable solamente con los bombardeos del 16 de junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo, cuyo saldo fue el de centenares de muertos y heridos bajo la persecución del objetivo militar de matar al por entonces presidente Juan Domingo Perón, el atentado perpetrado contra la vicepresidenta Cristina Kirchner por parte de un hombre que gatilló un arma a escasos centímetros de su rostro sin que saliera el disparo responde a las mismas causas: el odio contra quien lidera o expresa a los sectores populares en la disputa por la renta.

Que el ciudadano brasileño sea un psicótico o un cuentapropista no lo coloca por fuera de la matriz de aversión y desprecio que cultivan las clases dominantes contra el peronismo ni lo escinde de la lógica cultivada por la granjería de trolls que considera las garantías constitucionales como un obstáculo para los negocios de sus financistas. Sicario o lumpen precarizado, Fernando Andrés Sabag Montiel es un producto de los sembradíos de odio que promueven las derechas a nivel global y que por estas pampas brotan con abundancia al abrigo de las fuerzas partidarias encabezadas por los diputados José Luis Espert o Javier Milei pero también el mismísimo Juntos por el Cambio.

Al filo de la medianoche, el presidente Alberto Fernández terminó anunciando a través de un mensaje grabado que se decretaba para hoy feriado nacional. Entre la consternación y el desconcierto, la militancia que apoya a la Vicepresidenta ya copaba la esquina de Juncal y Uruguay, donde reside la líder del Frente de Todos, a pesar de que la dirigencia partidaria sugería a sus cuadros no concentrarse allí.

Las primeras reacciones oscilaron entre las interpretaciones tributarias de la interminable interna de la coalición oficialista y la angustia. Tras las objeciones al tono del Jefe de Estado o la inconsistencia de la disposición del feriado, fue expandiéndose el sedimento de explicaciones más racionales acerca de la necesidad de comprender la delicadeza de la situación: la resolución de la jornada como día no laborable permitiría, con practicidad y urgencia, la convocatoria del pueblo a la Plaza de Mayo en defensa no sólo de la ex Presidenta sino de la democracia sin que medien deliberaciones sindicales sobre la declaración de un paro con movilización.

Asimismo, resulta difícil sustraerse al nerviosismo y evadirse de las demandas de dureza jacobina contra quienes alimentan la aparición de agresores como el que atacó a la titular del Senado pero la zozobra obliga a un estadista a pensar más allá del ardor instantáneo. Si sus seguidores se consumen en la desesperante pregunta sobre lo que podría haber ocurrido si Sabag Montiel mataba a la Vicepresidenta, ella caviló desde ese mismo momento sobre el peligroso saldo que hubiera arrojado la incursión de ese ciudadano violento si disparaba también contra cualquiera de las personas que la rodeaba con sus manifestaciones de apoyo, como sucede en el barrio de Recoleta desde hace 13 días.

Si dijo en este portal que asombraba y estremecía a la vez la soledad con que la máxima dirigente peronista afrontaba esta hora aciaga frente al acoso judicial y el escarnio mediático en su contra. La foto de su figura en el balcón de la Cámara Alta saludando a la multitud que la vivaba tras su discurso emitido por redes sociales en respuesta al fiscal Diego Luciani contrastaba contra la memoria histórica del balcón de Raúl Alfonsín en Casa Rosada, en las Pascuas del 87 y tras el levantamiento de los Carapintadas. Mientras el mandatario radical contaba entonces con el acompañamiento de dirigentes de talla que lo flanqueaban y cuadros extrapartidarios que se comprometían por la afrenta a la democracia, la diseñadora de la fórmula electoral triunfante en 2019 resplandecía sin escuderos a su lado.

Un observador agudo podría indagar sobre el modelo de construcción sin mediaciones que curtió el kirchnerismo desde sus albores pero la hora exige ciertas mutaciones. Paradójicamente, el horror que despertó la escena del intento de magnicidio podría derivar en el robustecimiento político del gobierno y los sectores de la oposición que apuesten a la densidad social del sistema representativo que rige a nivel nacional, mal que les pese a los grupos económicos.

En definitiva, ahí está el quid de la cuestión. O se amplía el campo de la acción política de oficialistas y opositores electos en las urnas contra la política de estrangulamiento bajo patrones financieros o Argentina ingresa mansamente a la sala de tortura de una posdictadura que pretende la domesticación ideológica para ofrecer un servicio político como cualquier delivery en la app de un teléfono celular.

Será la calle o el algoritmo. Bajo la dictadura del like, el imperio de lo igual y el dominio del resentimiento de clase, la sociedad dirá si la conmoción como reserva moral frente a lo inconcebible se transforma en impulso para la reconstrucción del pacto democrático desde el peldaño más bajo que se pueda imaginar.

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