Ecuador en crisis: un presente insostenible y un futuro incierto

Presionado por las protestas y el scrum de las organizaciones que salieron a las calles, Lasso hizo pequeñas concesiones pero la tensión y la movilización no se desactivan. Su suerte parece atada a las diferencias entre el correísmo y los indígenas, los principales protagonistas de la convulsión en curso. |Por Augusto Taglioni

Ecuador cumple dos semanas de protestas. El movimiento indígena tomó la decisión de iniciar un paro con movilización en reclamo contra la suba de combustibles y una delicada situación económica, provocada, entre otras cosas, por el acuerdo firmado por Lenin Moreno en 2019.

El contexto empeoró tras la detención arbitraria del líder de la Confederación de Nacionalidades Indígenas (CONAIE), Leonidas Iza, por bloquear rutas en una decisión que fue apoyada por Guillermo Lasso en cadena nacional.

Eso radicalizó el escenario e hizo que se sumaran organizaciones sociales, sindicales y políticas que aumentaron el volumen de las manifestaciones. El Gobierno decidió acusar a los indígenas de terroristas, para instalarlo como el enemigo público número uno del país.

Del lado de la organización que encabeza las protestas, presentaron diez puntos entre los que se destacan suspender el incremento al precio de los combustibles, una renegociación de las deudas de los clientes del sistema financiero nacional, la regulación de precios de productos del campo, la derogación de los decretos 95 y 151 -que promueven el aumento de la explotación petrolera y la minería-, respetar la consulta previa, libre e informada para iniciar proyectos extractivos en territorios comunitarios e indígenas y regular los precios de productos de primera necesidad para evitar intermediaciones.

Lasso decidió no dialogar y sostenerse en la protección mediática pero especialmente en la fuerza represiva de la Policía y las Fuerzas Armadas, cuya intervención dejó como saldo 5 muertos y cientos de heridos.

 

En el horizonte, no aparece una salida política y lo que está sobre la mesa es la aplicación de la llamada “muerte cruzada”, una figura constitucional que le da la facultad al Presidente para disolver la Asamblea Nacional y llamar a elecciones adelantadas. Pero también puede impulsarla el Congreso, si junta 92 votos.

Ante la negativa de Lasso de ofrecer una solución electoral a la crisis, el correísmo encabezó la iniciativa para destituir al Jefe de Estado. Si bien nunca se terminó de confirmar si alcanzaba el número necesario, a última hora el Gobierno eliminó 6 estados de excepción para quitarle el argumento a la oposición de presentar la destitución en el marco de la conmoción interna.

En las últimas horas, el Presidente intervino y redujo el precio de combustible 10 centavos pero nada de esto sirve para calmar el enojo en las calles. La incertidumbre sobre lo que puede pasar con el futuro de Ecuador aumenta.

La desaprobación de Lasso supera el 80 por ciento, el oficialismo tiene minoría en el Parlamento y no cuenta con las alianzas necesarias para sumar capital político. Por eso, la pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse el primer mandatario en este contexto de convulsión, sin abrir el diálogo con los manifestantes.

Otro dilema es el que enfrenta la oposición, donde el correísimo no lograra tejer un acuerdo con Pachakutik, brazo político de la Conaie que cuenta con 25 asambleístas pero divididos en cuatro bloques.

La relación de los indígenas con el espacio del ex Presidente es pésima y eso se cristalizó en la segunda vuelta de 2021, cuando el candidato Yaku Pérez llamo con éxito a la abstención y permitió la victoria del banquero Lasso. Esta posición se cristalizó en una alianza para que la indígena Guadalupe Yori se alce con la presidencia de la Asamblea, haciendo explotar el acuerdo con el Partido Social Cristiano del cacique Jaime Nebot. No obstante, el liderazgo de Iza y la creciente presión de un sector de Pachakutik indican que el escenario podría volcarse de manera desfavorable para Lasso.

El Presidente quiere evitar una unidad del correísimo, los indígenas y la derecha tradicional porque eso sería su final político al frente del gobierno. En la oposición, se debaten entre la inconsistencia del presente de crisis y la duda de quién podría capitalizar el futuro. En el medio, el descontento crece sin parar.

Por el lado de Revolución Ciudadana, apuestan a ofrecerse como alternativa a un modelo que no resuelve problemas y, como pasó en Chile y Colombia, subirse a la ola de las oposiciones victoriosas, algo que no podrá suceder si no se liman asperezas con los indígenas, los verdaderos protagonistas del estallido.

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