Eclipse total del amor

La palabra de Cristina Kirchner activa lazos afectivos profundos, a pesar de la disyuntiva histórica a la que se enfrenta ante la complejidad de una coalición frágil. La Vicepresidenta definirá los términos de la resignificación de un kirchnerismo vivo o defenderá su legado a riesgo de confinarlo en la museología. | Pablo Dipierri

«Vivimos atrapados en un juego de azar,
tu amor es una soga
para mi libertad (mi libertad).
Ya nada puedo hacer
y no logro escapar
de un juego sobre pólvora
que puede estallar».
Eclipse total del amor,
Bonnie Tyler.

La reaparición pública de la vicepresidenta Cristina Kirchner eclipsa al sistema político entero. El fulgor de su mensaje opaca circunstancialmente a sus compañeros y adversarios y, por liderazgo, trayectoria y holocausto personal, su palabra resplandece para juicio de la historia. Incluso en su manifiesta vulnerabilidad y su cuarto menguante, irradia potencia en un mundo donde promedian la desertificación ideológica y el desasosiego.

A pesar de sus eventuales errores estratégicos en la conducción política o la extraña renuncia a ese ejercicio en los últimos años, su propia figura es mito e instrumento para la construcción de fuerza popular organizada pero, a su vez, impide por sus características el surgimiento de dirigentes que den la talla. Totémica o maradoniana, su presencia devora y acumula fervor y admiración en la militancia kirchnerista y es ese lazo afectivo el que pulsa las fibras de una autoafirmación identitaria que impide brotes que reverdezcan la experiencia alumbrada en 2003.

De ahí, la ansiedad por sus detractores internos, los que se apuran a tramitarle una jubilación que sus believers no quieren dispensarle. Y ese anhelo de sus impotentes competidores que pululan dentro del peronismo es desembozada pulsión tanática en sus enemigos. No sólo la mano de obra precarizada del resentimiento, que no pertenece a lo que la prensa del mainstream semiprogresista pretende atribuirle a la economía popular –si tal engendro existiera como algo externo o una subdivisión bien contorneada en la actividad productiva y comercial-, sino los ideólogos que desde 2008 urden tramas para despojarla de su investidura, demolerla en su imagen pública e incinerar su honra. Si para muestra basta un botón, la tapa de Clarín hoy lleva por título: “Cristina ahora pone en duda su candidatura presidencial para 2023”. La algarabía del diario de Héctor Magnetto estriba en que la líder del Frente de Todos repitió por enésima vez que ella ya tuvo el honor de ser Presidenta, en dos ocasiones, y que además lo fue su compañero, Néstor Kirchner. Siendo la primera magistratura el lugar más alto al que aspira cualquiera que se comprometa con la actividad política, confesó que ya no es eso lo que la seduce y la anima. Champán y papel picado en incontables oficinas de gerencia empresaria local.

Sin embargo, no está definido que así vaya a ser. Aunque negarse a la confirmación para atarse las manos frente a avatares que exijan lo contrario en el futuro próximo figure en cualquier manual de rosca y conspiraciones, fuentes del Senado le dijeron ayer a La Patriada que no es momento de hablar de eso. En el entorno de la Vicepresidenta son conscientes de que el volumen de sus colaboradores más cercanos no es promisorio pero, al igual que cualquier observador espabilado, el amor de una fracción del pueblo, utilizado adrede amén de su difuso significado y las pugnas que lo vaciaron de sentido, sustenta su vigencia.

Al respecto, tampoco se avizora un challenger en las bases de sustentación que se autoperciben dadoras de votos al gobierno de Alberto Fernández con la ajenidad de los que se ilusionan con un pagadios cuando llegue la cuenta. En distintos sectores del oficialismo, incluso dentro de La Cámpora, padecen los efectos de una gran incógnita sobre el destino del diputado Máximo Kirchner. Portador de un ADN hiperbólico en presidencialismo, su itinerario parece extraviarse hacia otra dirección. Tal vez hable más de sí mismo que de sus padres cuando opina que, si alguien se toma el cargo de Jefe de Estado con seriedad, “quemás mucha vida”.

Por eso, el interrogante que se abre ahora sería cómo se resignificaría el kirchnerismo. Habiendo sido una célula peronista cotrahegemónica que llegó a la cima por accidente, entre el temor al abismo disolvente de la crisis de la UCR y el PJ en 2001 y el estallido de la convertibilidad, le toca enfrentarse desde hace algunos años a los administradores, testaferros y elegidos de la recomposición política y económica posterior. Los dueños del país, como aquellos que abandonaban las fábricas luego de que Fernando De la Rúa se fuera en helicóptero, reclaman desde el conflicto por la Resolución 125 pero sobre todo después del sabor agridulce de la gestión cambiemita que los que le cooperativizaron la planta sean desalojados por el Poder Judicial o una patota.

En ese escenario, la disyuntiva de la Vicepresidenta radicaría en cuán decidida esté a facilitar y cultivar el surgimiento de nuevos cuadros, hombres y mujeres en los que ella deposite la confianza para que inauguren una etapa de remodelación que no traicione su legado. Si se concede que las élites económicas pondrán huevos en todas las canastas para el turno electoral venidero y que buena parte del peronismo probablemente se incline en pleitesía hacia Sergio Massa, el artífice del ajuste con aparente domesticación social, el activo militante que la reivindica con fervor y pasión deberá considerarse u ofrecerse como garantía de un kirchnerismo vivo para no quedarse como testimonios de vitrina o vestigios culturales del pasado reciente en un museo por Instagram.

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