De agonías y renunciamientos

A 71 años del renunciamiento de Evita, proliferan versiones edulcoradas de su figura y peronistas embelesados por la lengua del enemigo. La fe en el pueblo, la esperanza en la memoria. | Por Carlos Caramello

“El Peronismo es fe popular hecha partido”
Eva Duarte de Perón

Por estos días, cuando casi ningún miembro de la clase política es capaz de renunciar a nada (ni siquiera a su derecho a renunciar), la figura de Eva cobijada entre los brazos de Juan Perón, escondiendo su rostro y su enfermedad contra el pecho del hombre que amaba y que la amaba, a ese pueblo que amaba y que la amaba, es casi definitiva.

Ese gesto de perpetua despedida dará paso a una llamativa mezquindad en lo que a renunciamientos personales refiere y, acaso también, a la morosa agonía de la política democrática en Argentina.

Si el Pueblo me lo demanda”, suelen justificarse dirigentes que, en plena instalación de sus candidaturas y luego de haberse gastado fortunas -nunca propias- en asesores de imagen, trainings de medios, encuestas con trackings incluidos y sobres, creen que es su deber patriótico hacer un gesto de humildad y presentarse casi como víctimas propiciatorias de una voluntad que los excede cuando, en realidad, vienen pujando y empujando para abrirse paso en el pelotón de los aspirantes a tal o cual cargo electivo.

No fue el caso de Eva: a ella, de verdad, los trabajadores se lo pedían. Y también a Perón. Casi se lo exigían, en esa demanda amorosa con la que los conducidos le reclaman las cosas a sus conductores.

No hay una única conjugación para las certezas. Lo ocurrido siempre se arma con retazos de verosímiles y subjetividades deshilachadas. Es como una matemática de lo posible que admite la suma de distintas versiones sin recelo de inexactitud.

Se decía y se dice: que Perón trataba de “protegerla” en el final de su vida; que recibió presiones de las Fuerzas Armadas para no incluirla en la lista porque no iban a aceptar “órdenes con polleras”; que “el que saca nunca pone” y ella lo había sacado a Mercante del juego; que Apold -que la seguía como un perro- aconsejaba, de todas maneras, la inconveniencia propagandística de una fórmula Perón-Eva Perón; que los celos del mismísimo General ante la profunda relación de Evita con el Pueblo; que la “bastarda”, que la “reina”, que las formas, que los modos…

El peronismo nacido revolucionario y vociferante empieza, entonces, a ceder a la tentación de los acuerdos. Se perdura en el mito pero se construye en la evidencia. Hay un axioma del Poder pero, también, un vericueto.

Entre la demanda popular -quién podría hoy negar que eran más de un millón de voces las que dialogaron con Eva en esa tarde del 22 de agosto de 1951- y la realpolitik existe ese claroscuro que se parece a la grafía de un silencio en el pentagrama. Así como en la partida de mus está el envite y el renuncio, que no es ese renunciamiento casi religioso de Eva sino algo más parecido a una transa, a una concesión donde se supone que ganamos todos… al menos los que siguen en el juego.

De aquellos lodos hechos a lágrimas trabajadoras, estos barros de una política nacional que sigue difuminándose, enferma de componendas, pactos y agachadas que algunos suponen, son su respirador artificial.

Claro, en medio de variopintas defecciones, el peronismo blend y la izquierda varietal (cepa gorila), desempolvan una memoria de Evita acomodada a la época. Alguna vez, no hace tanto tiempo, fue la voz de cierta soprano mezzo mezzo que desgarraba “No llores por mi Argentina” en un acto del Conurbano profundo; hoy es una versión by Netflix de “Santa Evita”, la gorilácea novela de Tomás Eloy Martínez que, a mediados de los ´90, buscó distanciar a Perón de la abanderada de los humildes con referencias cuasi necrófilas y absoluto desapego por la realidad. Todo para “servirse” del mito. Todo para “hacerse” lo que no son.

Ocurre que es más fácil esa memorabilia que dialogar verdaderamente con el pueblo; es más sencillo el tributo que el auténtico amor por los descamisados y los grasitas; es más factible evocar aquel renunciamiento… que renunciar.

Como esos libros engañosos que te arman tu propia aventura, la actualidad construye diversidad de Evitas en composée, como los colores de la cartera y los zapatos, como el juego de corbata y pochette. ¿Y por qué no? Dice, por ahí, alguien que nunca la quiso, que ella misma reconoció: “De Evita se ha dicho todo, o por ahí, está todo por decirse” poco antes de morirse.

Citas. Referencias. Naderías. Emoción impostada de acto de colegio primario. Lo que usted de verdad quiera saber de Eva Perón, de su amor, de su pasión, de su martirio, pregúnteselo al pueblo. A esa mujer de a pie que le prende una vela de vez en vez y se arrodilla para orar en su nombre. A ese hombre de sudor y camisa fuera del pantalón que empuja un carrito lleno de cartones y, para descansar, se sienta y hojea “La Razón de mi Vida”.

Ellos sí saben de agonías y renunciamientos.

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