Cuadros, fotos y encuadres

Entre el análisis de Carlos Pagni sobre la curva de ingresos en los últimos 20 años y el registro de la reunión de Hugo Yasky y Roberto Baradel con Mark Stanley, estallan matrices políticas. Las explicaciones oscilan entre las ratificaciones confortables y las preguntas inquisitorias. | Por Pablo Dipierri

¿Y para qué poetas en tiempos aciagos?
Pan y vino.
Friedrich Hölderling

 

La militancia se estremece sin fundamentos que contribuyan a la comprensión de una etapa de confusión. El resplandor de sus héroes se apaga en el altar del ajuste que lleva adelante el ministro de Sergio Massa, el silencio táctico con el que paga el kirchnerismo y la quietud o los desplazamientos por pragmatismo ideológico que ensayan los dirigentes del Frente de Todos (FdT).

La tapa de Clarín pega hoy en la línea de flotación de la fracción combativa de la coalición oficialista. La foto central es el registro de la visita del secretario general de la CTA, Hugo Yasky, y el líder de Suteba, Roberto Baradel, al embajador estadounidense en Buenos Aires, Mark Stanley, en la sede diplomática. Junto a ellos, aparecen sonrientes también Rob Allison y Victoria Cedeño, funcionarios de la Sección Política del enclave norteamericano en Argentina.

El título escogido por el diario de Héctor Magnetto reza: “Sindicalistas de izquierda, en la embajada de Estados Unidos”, en tanto que el copete menta que ambos gremialistas acreditan un discurso contrario a los intereses de Washington y que Stanley los citó para hablar del panorama laboral local. Desde la oficina de Prensa de la embajada, remitieron a este medio al usuario de Twitter del embajador cuando se solicitó más precisión sobre el contenido del encuentro. A las 16:39, Stanley había tuiteado: “El rol de los sindicatos es crucial para proteger los derechos de los trabajadores y construir una economía sólida. Conversamos con @HugoYasky y @RobiBaradel  sobre avances y desafíos de los sindicatos hoy, y del trabajo conjunto de EEUU y Argentina en materia de derechos laborales”.

Según fuentes de la central obrera, el agente yanqui mantuvo en ese parte fidelidad con lo ocurrido. Tanto que el propio Yasky compartió el tuit de su anfitrión con una cita de su autoría: “Nos reunimos con Stanley y hablamos sobre el papel que cumplen los sindicatos para defender los intereses de los trabajadores y resguardar la democracia. Contra lo que opinan algunos líderes de la derecha, el sindicalismo es parte de la solución, no de los problemas”, tipeó el diputado nacional por el Frente de Todos.

El ruido y el estupor en las bases del kirchnerismo corrieron como reguero de pólvora. Cerca de Yasky, explicaron que la invitación fue cursada antes del atentado contra la vicepresidenta Cristina Kirchner y después que Massa asumiera al frente del Palacio de Hacienda. También aclararon que el convite fue en calidad de representante de la CTA y no como legislador oficialista.

La incomodidad que por estas horas están rumiando los sectores que animan posturas más combativas radica en la corrección ideológica de la confrontación popular con los gobiernos de Estados Unidos. Sin ir más lejos, funcionarios de todas las tribus del Gobierno nacional condenaron la propuesta que hiciera Stanley en la reciente edición del Consejo de las Américas en el Hotel Alvear, hace menos de un mes, cuando instó a oficialistas y opositores a ponerse de acuerdo cuanto antes para un gobierno de coalición. El ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, Andrés “Cuervo” Larroque, empardó entonces al diplomático con Spruille Braden, el antagonista de Juan Domingo Perón en los eslóganes de campaña de las elecciones del 24 de febrero de 1946. Remember Braden o Perón.

Tal vez, la mejor defensa de la CTA provino anoche de parte de la CGT. El cosecretario general Pablo Moyano se despachó con una curiosa caracterización de Stanley nada menos que en el programa Desiguales, que se emite cada noche por la TV Pública. “Es mucho más peronista que muchos de los nuestros”, dijo.

El jefe adjunto de Camioneros narró que también se reunió con el embajador hace un tiempo. “Yo no creía en mi vida que iba a entrar a la embajada de Estados Unidos. Pero cuando me dijeron que le ha dado un rol fundamental al movimiento obrero fuimos a hablar”, argumentó, y agregó que el diacrónicamente lejano sucesor de Braden “resaltó la historia del sindicalismo argentino, la resistencia contra la dictadura militar y la derecha”. La terrenalidad del pensamiento es más resbalosa que la letra impresa de la escolástica, diría Karl Marx.

Por lo demás, un referente ceteísta sugería ante La Patriada que se prestara atención a la reacción de periodistas del star system vernáculo y el elenco opositor. La cosecha de elogios de Massa en Estados Unidos y la foto de los sindicalistas con Stanley genera irritación entre los profetas del neoliberalismo pampeano: en su faceta conservadora, el peronismo es un Pacman político que se come la cancha. Y como acuñara Walsh en sus críticas a la cúpula de Montoneros a mediados de los 70′, el pueblo se refugia en geografías conocidas cuando arrecia la crisis y esa guarida tiene forma de unidades básicas.

Dicho de otro modo, la subordinación de la liturgia peruca a los designios del poder real o la concesión de sentarse a la mesa de los dueños de todo sin demasiada polenta para tirar del mantel no constituye un programa digno del pretérito Movimiento Nacional Justicialista pero funge de toldería ante la intemperie.

La curva de la dirigencia

La pauperización de las condiciones de vida quizá redunde también en la falta de nitidez de los cuadros políticos. Así como la prensa llora todavía la desaparición de Rodolfo Walsh, el sindicalismo añora la ejemplaridad de los caciques gremiales que inmortalizó Ricardo Carpani. Cualquier luchador del presente se empequeñece frente al mito y la nostalgia es una industria tan pujante como desmovilizadora en el combate al capital.

Bajo este clima de asfixia y renuncia, al decir del poeta Oliverio Girondo, el periodista Carlos Pagni fue protagonista u objeto de consumo irónico en redes por haber utilizado un gráfico de Fernando Marull para revisar la evolución del salario real durante los gobiernos de Néstor Kirchner, su sucesora, Mauricio Macri y el actual Jefe de Estado, Alberto Fernández. Una gruesa porción del sistema político, los panelistas y la efervescente patria twittera se quedó con que el período macrista fue el más lesivo para los salarios, postulado indesmentible toda vez que la ilustración metodológica demostraba que los ingresos de los obreros cayeron 17 puntos bajo el apogeo cambiemita. Sin embargo, la pregunta filosa para el oficialismo sería en qué momento se embromó la medianía de la curva tímidamente ascendente de las mediciones para el gobierno en curso.

La respuesta resulta incómoda porque ningún argentino vivió en Disney desde 2019 pero la comparación con la situación económica instaurada por la administración de Macri arroja un saldo netamente favorable, aunque los dirigentes del oficialismo se zambulleron a una torpe interna a cielo abierto que los desgastó frente a la sociedad. Si se combina el análisis de Marull con un trabajo de hemeroteca para leer las crónicas de los zamarreos entre el kirchnerismo y el albertismo, podría inferirse que hasta el primer trimestre del 2022 rigió cierta estabilidad macroeconómica pero había desorden político, hasta que el itinerario diseñado por el mismo Presidente por consejo de los ex ministros Martín Guzmán o Matías Kulfas, según los tópicos, fue abortado y se profundizó la zozobra económica pero se ordenó la política detrás del ajuste que ahora comanda Massa.

Tal vez hubiera sido más barato para el peronismo ventilar menos trapitos al sol -aun cuando casi nadie pudiera aspirar a ser un héroe de la clase obrera, tal como acuñara el bueno de John Lennon-, antes que arriesgar el legado y la oportunidad histórica de confinar a los promotores del neoliberalismo desembozado. Ya en octubre de 2019, sobraban representantes del FdT que admitían que el mandato de les Fernández no sería un camino de rosas pero eligieron bajarle el volumen a esos diagnósticos y pronósticos. Hacerlos públicos dos años después no fue un dechado de inteligencia. Si de honestidad intelectual se trataba, hubiera tributado a la astucia discutirlo desde el principio con la militancia y tender a la formación de cuadros para ganar fuerza social suficiente y no terminar bajo el yugo del establishment.

Para peor, si los encuadres ceden a las vanidades, las interpretaciones de las fotos se precarizan y cualquiera puede comerse la curva.

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