Con amor feroz, desde la tierra o el cielo

La mujer cuyo ardor nada ni nadie apagó pervive como santa en altarcitos, abanderada de las luchas más arduas y hasta le atan pañuelos verdes en su puño crispado. | Por Myriam Pelazas

Eva Perón y las reinas del trabajo.

Habitar por segunda vez sobre la calle Sarmiento es más fácil, si al salir de casa, en diagonal, se desparrama el mural en el que se abrazan para siempre Evita y Perón. Es antiguo y aunque va perdiendo color, sigue firme con su epígrafe “los días más felices fueron, son y serán peronistas”; sin embargo, ese abrazo augura días de tristeza.

Evita llora lo que será su renunciamiento porque, detrás, hay miles y miles de personas que en la calle piden que Perón vuelva a ser presidente y esta vez “con Evita”. Esas personas no quieren irse hasta que ella diga que sí. Pero su abanderada necesita tiempo para responder a la propuesta de la CGT sobre la fórmula Perón-Perón, que tan distinta será alguna vez. No obstante, eso, tiempo, es lo que falta: el renunciamiento es simultáneo al conocimiento de la enfermedad de Eva.

Pocos días después de ese evento único por lo dialogal y amoroso, la editorial Peuser presenta la primera edición de La razón de mi vida y ella, que la esperaba con ilusión, prefiere estar ausente porque el dolor empieza a sacudirla y la residencia en la que vive se vuelve clínica. Todo lo que había volcado en ese libro -que luego será material de lectura en los secundarios- toma otra dimensión porque las razones de la que sería una increíble existencia eran muchas; empero el tiempo no lo es y hay tanto para hacer.

Un equipo de especialistas la asiste para que ese tiempo corto sea menos cruel.

El 17 de octubre de 1951, hace días de un golpe de Estado que fracasó en Córdoba; así que Evita está firme junto a Perón y al pueblo, aunque se note su decaimiento. Total, ya sus cabecitas saben que se negó a la vicepresidencia más que por los remilgos de algunos militares que le habían bajado el pulgar frente a Perón, por la furia inoportuna del cáncer que ya algunos celebran. Sí, existen quienes disfrutan con esa muerte que llega joven e imprevista.

Evita, entonces, el 11 de noviembre sufraga desde una cama, pero no descansa como le aconsejan. No quiere, ni puede. Y de pie está en la asunción de Perón, con su tapado para calmar el frío del 4 de junio y posibilitar que no se vea el artilugio que la sostiene derechita para saludar al pueblo. El final es más próximo.

El 26 de julio de 1952, a las 20:25, el hada buena pasa a ser Santa Evita. La lloran millones y aplauden su muerte otros cuantos. Tras dieciséis días de velorio, el 11 de agosto el cortejo va al Congreso para terminar con esa etapa del adiós. Luego de esa despedida final, en el edificio de la CGT, Evita es embalsamada.

Al iniciar este texto dije que vivo sobre la calle Sarmiento, a quien les estudiantes de las primarias -al menos los de CABA- deben venerar con gloria y loor en cada acto escolar, pero no se dice que el padre del aula se escribía con Mitre cositas como “no sé lo que pensarán de la ejecución del Chacho. Yo, inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados, he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses.”[1].

Casi un siglo después de estas elocuentes frases de Sarmiento, otras personas que se autoperciben pacíficas y honradas y radicalmente lejos del fanatismo reivindicado por Evita, aplauden el bombardeo en la Plaza de Mayo en tanto el fin es matar a Perón y aquietar a las chusmas y ni siquiera les satisface ese preludio infernal, sino que durante la “Revolución Libertadora” se suman otros horrores como la desaparición y mutilación del cadáver de Evita.

Ahora bien, ésa es otra historia de grandes cuentos y novelas y ahora de Star Plus; pero la que hoy nos importa es la de Ella y sus descamisados, la que ninguna muerte pudo matar. Esa mujer que por un rayo fue marcada en su casita pobre de Los Toldos, tuvo como destino a un pueblo que es su heredero leal, a pesar de sus muchas necesidades y a veces cuestionados derechos. Pueblo que la venera en altarcitos o le pone pañuelos verdes en el puño, encarnando nuevas luchas, que a veces conduce otra mujer enorme. Pueblo que esperemos siga gritando con primitiva voz su canto inocente, su canto salvaje (y con) un coro de fuego y palmas de fuego, como cantaba Palo Pandolfo, la abraza con amor feroz para lograr que se cumpla su deseo.

[1] Ver el Anexo de la novela El Bombardeo, de Jorge Coscia (2015)

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