Apuntes sobre el ballotage en Brasil

Ni divisa de algarabía ni exageración distópica, la victoria de Lula debe leerse como un alivio, sin desatender al exiguo margen que obtuvo frente a Bolsonaro. El resultado demanda la comprensión histórica de la potencia organizativa del resentimiento frente a las promesas incumplidas del sistema político y la sensibilidad de los dirigentes para ampliar el espectro de su mensaje sin disolver su consistencia ideológica. | Por Pablo Dipierri

Lula durante un acto de campaña

El triunfo de Luiz Inácio Lula Da Silva es un desahogo agónico más que una alegría brasilera. La emoción de los partidarios del PT en las calles merece un respeto reverencial para una circunstancial y laboriosa mayoría social que supo reconfigurarse por pacientes agregaciones en torno de su líder, quien fue apresado sin pruebas y proscripto en 2018 pero resurgió de las cenizas y se impuso hoy en ballotage por poco más de 2 millones de votos o casi dos puntos porcentuales sobre el total de sufragios emitidos.

Sin embargo, la victoria nace acechada por dificultades derivadas de los entendimientos que enhebró el mítico dirigente metalúrgico y dos veces presidente del gigante sudamericano y la indesmentible consolidación del bolsonarismo como una identidad política capaz de aglutinar sujetos sociales conmovidos por la organización de la bronca y la frustración. Si por un lado el abrazo de Lula con Fernando Henrique Cardoso, cuya foto cosechó incluso elogios por la audacia y la astucia en cantidades equivalentes, y hasta la designación de su compañero de fórmula, Geraldo Alckmin, un acérrimo contendiente suyo años ha y de estrechos vínculos con el establishment, expresan cuanto menos una moderación que amaga con diluir la consistencia ideológica de lo que reivindican las bases de sustentación del candidato vencedor, por el otro la divisa del autoritarismo que encarna Jair Bolsonaro sacó chapa de bloque histórico, un colectivo multitudinario dispuesto a pelear con fervor contra lo que Lula representa.

Así, la tentación kirchnerista de pensarse en espejo a lo que atraviesan los flamantes triunfadores cariocas adolece de un grave error. Lula no es un caso pasible de ser traducido para la esperanza en 2023 sino una réplica de lo que fue el Frente de Todos en 2019: el PT tiene por delante la ristra de problemas que el peronismo afrontó, sin fortuna ni demasiada inteligencia, desde que derrotó al macrismo. Y para colmo –y al igual que el núcleo duro que acompaña a la vicepresidenta Cristina Kirchner-, buena parte del discurso petista promete para la recomposición económica del futuro las recetas que aplicó en el pasado, como carta de avales pretéritos para una época que transcurre en un territorio absolutamente diferente.

Y aunque tampoco es rigurosa la mirada edulcorada de un Lula contrahegemónico durante sus mandatos, hoy como entonces el empresariado del vecino país apuesta al presidente electo como los dueños de las firmas vernáculas lo hicieron por la coalición oficialista hace 3 años por estas pampas. De igual manera, la burguesía paulista y los gerentes de la arquitectura financiera internacional también evocan los tiempos de la racionalidad petista que había colocado a Brasil como sexta economía mundial, una paradoja similar –aunque a otra escala y sin capitanes de la industria con el compromiso de articularse como clase- motivó que hasta el CEO de Clarín, Héctor Magnetto, celebrara el ascenso de Alberto Fernández tras las PASO frente a Mauricio Macri.

En definitiva, el regreso de Lula al centro de la escena confirma tal vez la necesidad de una plasticidad discursiva, por momentos inadmisible para los sacerdotes de la liturgia plebeya. El ecumenismo del próximo lugarteniente del soberano en el Planalto, tendiente al conservadurismo pero anclado en un pluralismo que merma el filo de su programa político, es la muestra más patente de que las terceras presidencias hablan, como mucho, la lengua de los leones herbívoros.

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