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Violencias argentinas

Ramiro Parodi propone una reflexión sobre las experiencias y sentidos de la violencia en nuestro presente, anudando neoliberalismo y postdictadura. De la estetización y moralización de la violencia política a la legitimación de la violencia represiva, estructural y linchadora.

Por Ramiro Parodi*

Vicente Luis Ferrer camina por el angosto San Telmo. Esquiva a la gente, alterna calle con vereda. No es de los que no saludan, es de los que no se quedan hablando del clima. Intercambia un “hola” y un “chau” con los vecinos del PH en el que vive. Lo conocen de la verdulería donde confirman su carácter retraído. Una pareja de jubilados lo ubica del restaurante que está frente a su casa, donde los empleados también saben quién es. Trabajó algunos años en el Consorcio de Propietarios Puerto Santo Plaza, en Puerto Madero. Jubilado y con su hija en Alemania, Vicente pasa sus días en su barrio.

Hace las compras en el Coto que está ubicado en la esquina de Brasil y Perú. Compra lo básico y se retira, el agosto de 2019 en Argentina no permite lujos. Agarra dos chocolatines, un queso fresco y una botella de aceite. Esta vez, no pudo pagar. Un vigilador y un empleado del supermercado se lo exigen. Vicente dice que no, que le fíen, que es del barrio y que va a volver a pagar cuando pueda.  Dicen que tenía un Tramontina y que los amenazó, también se señaló que para defenderse lanzó la botella de aceite que necesitaba para comer. Lo cierto es que Vicente está muerto por un golpe que recibió por parte de los trabajadores del Coto.

Existe una serie de pensadores que, desde diversas filosofías, han abordado la temática de la violencia como una capa constitutiva de toda formación social. Desde los desarrollos de Sigmund Freud en torno al “malestar en la cultura” y la “pulsión de muerte” (y sus posteriores complejizaciones a través del concepto de “goce” por parte de Jacques Lacan) hasta las más recientes aproximaciones de Étiene Balibar sobre la crueldad como categoría para repensar la relación entre violencia y poder a la luz del capitalismo neoliberal. Más allá de la coyuntura específica, la violencia parece trascender el momento actual y estar presente constantemente. Toda práctica humana posee un resto violento.

Esto no quita que no se pueda ensayar una historización sobre las violencias específicas en determinados procesos. Si uno se detiene en la Argentina no sería infundado sostener que un momento densamente violento fueron esas tres extensas décadas que van desde la Revolución Argentina hasta el “retorno de la democracia” (de ahora en más “post-dictadura”, como explica Silvia Schwarzböck en Los espantos: estética y postdictadura). Es decir, entre 1966 y 1983 pensados a la Eric Hobsbawm pero al revés (en vez de “siglo corto”, las “décadas largas”).

Dicha historización sobre la violencia ha sido practicada por infinidad de autores. Ríos de tinta han corrido en torno a las agrupaciones militantes de las décadas del 60´y 70´ así como reflexiones en torno a la última dictadura-cívico militar, nuestro último proyecto refundacional de la población argentina por la vía del exterminio directo.

¿Qué une a Vicente Luis Ferrer con las guerrillas de los 60´ y 70´? El largo trazo de la violencia argentina. Proceso complejo, de temporalidades diversas, sostenido sobre muchas memorias tácitas que han sido reprimidas por la historia nacional. Los une una suerte de puente pero ese puente está roto, no hay posibilidad de establecer un vínculo directo porque tal como señaló Sergio Caletti: “Los setentas son inenarrables para nosotros”. ¿Por qué? Porque ese fragmento de la historia aún no ha sido incorporado al tiempo actual. Lo que está roto es algo del orden del sentido.

Los modos en los que se ha hablado de los 70´pueden encontrarse en el último libro de Mario Santucho, Bombo, el reaparecido (2019), donde recorre la historia de un espectro que retorna. Bombo Ávalos (Julio Ricardo Abad) miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y de la Compañía de Monte; combatiente escurridizo y tenaz, es desaparecido por los militares en 1976. Nunca más se supo de él…hasta que en 2013 reapareció en su Santa Lucía natal. Santucho hijo recorre el devenir de este militante: del alienado a la toma de conciencia, del mártir al héroe, del cuadro al quebrado, de la culpa a la irresponsabilidad, de los errores al cielo por asalto. Como si fuera una síntesis de lo que los estudios sobre los 70´han tratado de hacer, desde la revista Punto de Vista pasando por La Voluntad hasta el debate No Matarás. El libro termina diciendo:

“El problema es la violencia y su espinosa relación con la política.  La violencia que ya fue, es decir la lucha armada. La que persiste pese a los esfuerzos por barrerla bajo la alfombra. La que vendrá y no sabemos cómo” (Santucho, 2019: 200).

La derrota de los proyectos revolucionarios en manos de la última dictadura cívico-militar produjo un trastocamiento en torno a la relación con la violencia. De ser un elemento en disputa (“la violencia que ya fue”) pasó a una radical monopolización por parte del Aparato Represivo del Estado. Sin embargo, algo se desborda, el Estado no puede contener toda la violencia. La sociedad civil, a través de minorías intensas como el Movimiento por la Justicia y la Libertad (M.J.L.) o de manifestaciones masivas (desde los primeros cacerolazos “anti-K” como 18A, 13S o 8N hasta las más recientes manifestaciones de apoyo al presidente Mauricio Macri) también ha incorporado elementos de esa violencia. Y en un movimiento que está lejos de la manipulación pero cerca de la habilitación, el Estado da rienda suelta al punitivismo social (“la violencia que persiste”).

Nada de esto es netamente nuevo. Vale recordar, por ejemplo, “la Marcha de la Victoria”. Una movilización de aproximadamente 100.000 personas organizada, en octubre de 1935, por el Partido Conservador de la Provincia de Buenos Aires, con el fin de apoyar la candidatura de Manuel Fresco para gobernador. Sin embargo, la coyuntura actual exige incorporar nuevos elementos. A la luz del proceso de neoliberalización argentino, violencia y precarización de la vida comienzan a aparecer como variables cada vez más cercanas pero, a su vez, nuevas formas políticas intentan alejarse de los límites trazados al interior de la corrección política y abordar al desacuerdo por las astas (“la violencia que vendrá y no sabemos cómo”).

Hay pasajes de la historia nacional donde uno podría encontrar momentos constitutivos de lo que hoy entendemos y vivimos como violencia. Los números de la revista Punto de Vista en la inmediata post-dictadura (ediciones 19 a 25) podrían ser algunos de esos pasajes. Es posible rastrear allí (donde escribían autores como Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano o Hugo Vezzetti) operaciones de estetización y moralización de los usos de la violencia en los años previos al golpe del 76´.

“Los militares son el mal y nos resulta fácil hablar de ellos. Pero es hora de que también hablemos de nosotros”. A través de este enunciado, Sarlo llama a repensar los discursos en torno a la muerte y la violencia por parte de las agrupaciones guerrilleras de los 70´ a partir del caso de Vicky Walsh. Desde su perspectiva, la carta que Rodolfo Walsh le dedica a su hija convoca a reflexionar en torno a una muerte estetizada. Una muerte que es también una demanda: “la carta de Rodolfo Walsh no es solo el testimonio de un padre que ha perdido a su hija. Narrador, Walsh, imagina la muerte de Vicky, la escribe y, en un cruce de afecto y estética, la propone a sus amigos”.

Esta operación de estetización vendría a convertir a la política en un absoluto: todo por la causa. De ahí que esta forma de asumir la política sea, para la intelectual argentina, “totalitaria”. En la misma sintonía propone el ejemplo a través del cual Juan Gelman embellece la muerte de Paco Urondo: “Gelman lo escribe citando todas las cualidades del mártir. Totalizante, estética, moral, la violencia política se ha convertido en una religión”. Así concluye que la razón no tuvo lugar en determinadas interpretaciones de intelectuales de izquierda sobre la violencia.

En otro artículo denominado Intelectuales: ¿Escisión o mímesis?, la pensadora argentina desarrolla más ampliamente esta tesis sobre la absoluta politización del pensamiento de izquierda. La operación de politización vendría a monopolizar la ambigüedad del pensamiento. Sarlo asume que “la idea de la independencia de las esferas junto con la de la especificidad de las prácticas supone, también, la de multiplicidad de regímenes de legalidad y de lógicas. Esto fue precisamente lo que tendió a liquidarse”. La política como único criterio de inteligibilidad fue lo que caracterizó a las agrupaciones de izquierda en los 70´ y, podríamos pensar, uno de los motivos por los cuales la violencia fue subsumiendo a todas las prácticas.

“Optimista”, “utópica”, “redentorista”, “mágica”, son los adjetivos que la autora elige para referirse a “la narrativa revolucionaria contada en un futuro próximo” con la que intelectuales caracterizaron a las agrupaciones. Para Sarlo esta forma de asumir el discurso tendería a presentar una contradicción con el modo en el que se asumía la práctica política ya que esta se tramitaba, en muchos casos, por la violencia y la muerte. La intelectual le supone una moral a esos discursos que, atravesados por la operación de politización, quedan subsumidos a la lógica que pretendían disputar.

¿Qué es politizarse para Sarlo en este momento? Des-especializar el discurso y dirigirse a los sectores populares. Subyace aquí la idea de que el intelectual es aquel sujeto restringido a su actividad y a su “esfera”. Sin embargo, en cualquier coyuntura resulta complejo pensar que las prácticas de los intelectuales no están sobredeterminadas por su aquí y ahora. Tal vez, esta tendencia al aislamiento post-dictatorial por parte de algunos intelectuales haya abonado el terreno para el crecimiento del fuerte “anti-intelectualismo” que se respira en la narrativa neoliberal contemporánea que llama a prescindir de los argumentos y dejarse llevar por las pasiones alegres. “No se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones”, fueron unas de las últimas palabras de Macri antes de perder las PASO.

Si asumimos que los 70´son inenarrables para nosotros por la pérdida de sentido que nos separa podemos levantar alguno de los escombros de aquellos puentes rotos y observarlos en la coyuntura actual. Este resto nos muestra que esta suerte de condición (la “politización”) ha tendido a presentarse cada vez más como una descalificación. Todo un mundo de sentido se despliega a su alrededor desde la “pérdida de objetividad” por estar politizado (por ejemplo, en la figura del periodista militante) hasta la posición subjetiva intolerable (vale recordar los dichos en el 2011 de Mirtha Legrand a Cecilia Rossetto, el encadenamiento es sintomático: “estás muy politizada”, “la izquierda está pasada de moda”, “el comunismo está pasado de moda”).

En la misma revista en la que escribe Sarlo, Carlos Altamirano intenta discutir con la idea de “guerra sucia” (fuertemente instalada en los primeros años de la post-dictadura, síntoma de cómo comienza a desplegarse la vida de derecha a partir de establecer el lenguaje de la discusión) aunque termina reforzándola. Señala que tanto los partidos armados como los militares formaban parte de un proceso de militarización en sus prácticas.

“Los partidos armados insurreccionales, lanzados a la aventura del terrorismo político, contribuyeron así a sacar a la superficie la cultura militar, reactivada con todos los odios, convertida en un plan de operaciones y en fundamento último de un régimen”.

Esto queda reforzado cuando el autor señala que tanto el régimen militar como partidos armados rivales contribuían a crear “una sociedad que asistía desde tiempo atrás (a 1976) a un ajuste de cuentas cotidiano y a la barbarización de la vida política”. Concluye Altamirano que este contexto fue el terreno fértil para que la dictadura que se inaugura en 1976 se desarrollara del modo que lo hizo. La violencia queda abordada desde una perspectiva especular sostenida desde un proceso ajeno que atravesaron los distintos sectores (aparentemente todos de igual modo) de militarización.

Es a la caracterización del proceso al que nos referimos cuando hablamos de “moralización”. Altamirano juzga esas prácticas a través de la selección de significantes como “terrorismo político”, “ajuste de cuentas” o “barbarización”. Hablamos de significantes porque queremos enfatizar que remiten a formaciones discursivas específicas que, en la historia argentina, constituyen capas muy densas que tienen relación con todo el despliegue de significaciones que pueden dispararse a partir de esos términos (desde la idea sarmientista de la barbarie hasta el mundo de malevos que ajustaban sus cuentas en duelos públicos). Así plantea la discusión a través de términos que rápidamente tienden a moralizar la situación y a rechazar toda posibilidad de pensar en términos políticos esa violencia.

¿Qué se entiende por violencia hoy? Cualquier práctica que se distancia del consenso organizado. Un grafiti contra una iglesia, un beso en la calle, un puño en alto con el pañuelo verde firmemente anudado a su muñeca, el canto de una hinchada de fútbol contra un presidente en el medio de un partido.

Pero también es violento lo que no se asume como tal: llamar a un desaparecido (Luis Ignacio López Comendador) para pedirle un voto en provincia, asumir que fue un “error” el fusilamiento de cuatro jóvenes en San Miguel del Monte, pasar horas en el Río Chubut cuidado el cuerpo de tu hermano porque no confiás en la prefectura o recibir en la Casa Rosada a un policía que asesina por la espalda.

Pensar la coyuntura actual nos exige una conceptualización densa del presente, entendido este como la condensación de una multiplicidad de temporalidades. El nombre Neoliberalismo (sobre el que también se han escrito ríos de tinta) es simplemente una boya donde hacer pie para pensar nuestra coyuntura. No debemos perder de vista, entonces, que en el neoliberalismo argentino late una temporalidad que determina la práctica política en el espacio público. Sin embargo, esto no quiere decir que el tablero no puede trastocarse. Tal como señaló Caletti la frase “y al final un día volvimos”, que utilizó Néstor Kirchner para iniciar su alocución del 25 de mayo de 2005 sintetiza años de lucha que nos dicen en qué cuerdas afinar los sonidos de la continuidad.

Asumiendo el carácter constitutivo de la violencia la discusión no puede aceptar desvíos moralizantes. Resulta urgente historiar y, por lo tanto, politizar su concepción para que la radical monopolización de la violencia por parte del aparato estatal encuentre su freno de mano.

*Licenciado en Comunicación, docente e investigador (UBA; CCC)

Ilustración: Pedro Roth, S/T

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