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Vámonos de aquí: la recurrencia de la imaginación de las ciudades del futuro

Las catástrofes siempre han sido oportunidad para imaginar la sociedad futura. Las ciudades son y han sido delicados equilibrios de regulación de la vida y la muerte, las formas de poder y los lazos sociales. Silvia Hernández recorre esas imaginaciones y cómo hablan de la comunidad de la que creemos ser capaces. La pandemia ha reabierto una vez más el debate acerca de los bordes de la ciudad. Se debate con ello quiénes somos y en qué tipo de sociedad queremos vivir.

Por Silvia Hernández*

Históricamente, de distintas maneras se ha planteado la relación entre catástrofe y ciudad: la ciudad como el lugar de la enfermedad, del contagio, de la desgracia. Y, también, la ciudad ha aparecido como el lugar de la seguridad, de la protección, de las ventajas de la sinergia derivada de la proximidad geográfica y de la diversidad. La ciudad es, desde este punto de vista, un espacio en equilibro precario, inestable, entre vida y muerte. ¿Puede trazarse una línea de continuidad en la presencia de ideas de la seguridad y de la catástrofe desde las antiguas ciudades amuralladas hasta las ciudades actuales, marcadas por las cámaras de vigilancia, las georreferenciaciones, la biometría y hoy en día, los testeos de temperatura corporal?

Si en la ciudad están los emblemas del ejercicio del poder (los monumentos, los grandes edificios estatales, los rascacielos corporativos), también existe otra forma del poder, más diseminada, que remite a un saber hacer en la gestión de la relación entre población y lugares: cuánta gente, dónde, para qué, en qué condiciones. En la pandemia de COVID19, esto, que podía sonar algo técnico y abstracto unos meses antes, se volvió tema de conversación en la mesa cotidiana. Yo no recuerdo en mi biografía un momento donde las costuras de la organización entre lo viviente y lo espacial, entre lo dinámico y lo estático, hayan estado tan a la vista y haya estado tan crudamente expuesto su vínculo con la vida y la muerte. Se explicitan horarios y días para salir a comprar, horarios para salir a caminar, para pisar la terraza del edificio, mediante regímenes que cambian cada quince días. Se explicita la división de la población en grupos con facultades urbanas diferenciadas: si les niñes salen, si no salen, si van a 100 metros o a 500 de sus casas, si tocan o no tocan éstas u otras superficies. Ante cada nuevo anuncio, saco mi anotador y tomo nota de las nuevas disposiciones que afectan a mi pequeño grupo familiar.

Pero qué indica esto, sino la existencia previa de múltiples regulaciones que, de tan interiorizadas, ya ni nos daban que pensar: sentidos de circulación de las calles, turnos para realizar trámites, ciclos anuales como la escolaridad, calendarios de vacunación, feriados puente. Miles de micro y macro regulaciones que traman permanentemente la relación entre lo vivo y lo inerte en la ciudad, con la pandemia han alcanzado su paroxismo y su máxima visibilidad.

Lo que me interesa destacar en esta oportunidad acerca de la relación entre catástrofe, seguridad y ciudad es que ésta siempre convoca formas de imaginar la ciudad futura que surgiría de los problemas de la ciudad actual. Así, en medio de la pandemia no sólo la vida en la ciudad ha mostrado sus infinitas regulaciones, sino que también se ha vuelto objeto de múltiples ensoñaciones y afectos: miedos, principalmente; nostalgias, deseos por volver a frecuentar los lugares de siempre; y fantasías respecto de la ciudad por venir. Este, el de la peste, es un momento especial para revisar esas imaginaciones, por la gran cantidad de palabras, signos, creencias que circulan acerca de los defectos y virtudes de las ciudades existentes, pero también por la proliferación de imágenes respecto de cómo debería ser la ciudad de la postpandemia.

En esta ocasión, voy a repasar algunas  escenas de ciudades futuras imaginadas, ya que las ciudades, tanto las existentes como las ficcionales, han sido siempre objeto de ensoñaciones acerca de su porvenir, más allá del coronavirus. Algunas de esas imaginaciones podrían clasificarse como racionales, aunque pero no por eso menos imaginativas. Un ejemplo es la utopía del planeamiento urbano del siglo XX, con su ciudad dividida en áreas funcionales ordenadas (espacios urbanos especializados para trabajar, para residir, para esparcirse…); una imaginación que hemos heredado en nuestras ciudades y que hoy está siendo fuertemente revisada a la luz de la pandemia. En general, todos los planes urbanos intentan ordenar el  magma de la vida urbana a partir de imaginaciones racionales. La ciudad parece estar siempre en obra, sea en los papeles, sea en el asfalto, y corriendo detrás de una vida que evoluciona más rápido que la piedra. Ese movimiento es motor de imágenes de futuro, aunque, como sabemos a partir de las polémicas que provocan las aprobaciones de leyes que regulan las construcciones, muchas veces esas imaginaciones tiran para el lado de quienes tienen la billetera.

Otras imaginaciones son más bien políticas. Un ejemplo clásico es la Paris de Haussman, el urbanista que, a pedido de Napoleón III, reformó entre 1852 y 1870 la ciudad de Paris y abrió los famosos boulevards, que se convirtieron no solo en la imagen del disfrute burgués de la ciudad, sino en el instrumento para desbaratar las barricadas populares que más de un dolor de cabeza le traían a la infantería. También tenemos las imaginaciones respecto de la ciudad de Buenos Aires en el centenario de la Revolución de Mayo, donde se instalaron importantes monumentos obsequiados por los gobiernos de distintos países europeos. Las estatuas señalaban el norte de la identidad cultural de las élites de la época, que mientras tanto se dedicaban a reprimir a anarquistas (que resulta que también eran europeos…). Pero también, a la inversa, dentro de las imaginaciones urbanas políticas, están las ciudades imaginadas por distintos anhelos colectivos de liberación, como los socialismos del siglo XIX (tales como los falansterios de Fourier de la década de 1840, donde se proponía una organización del espacio que fortaleciera formas de vínculo cooperativo y pacífico). Se trata de imaginaciones que se derivan de la pregunta respecto de la relación entre formas de organización social y formas de organización territorial: ¿qué forma tendrían que tener las ciudades en una sociedad igualitaria, cooperativa, sin explotación de unes sobre otres?

Hay otras imaginaciones más artísticas y metafóricas, como las estampas ensoñadas de Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino. Dice el autor en la “Nota preliminar” del libro, de 1972: “¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles”. O, en la pintura, las ciudades voladoras de Xul Solar pintadas entre los años ‘20 y los ’50, con ciudades etéreas que flotan sobre la tierra, muy lejos del caos de la ciudad industrial moderna. Están también, desde la performance, las ciudades experimentadas del situacionismo de los ’60. Decían los situacionistas: “Todas las ciudades son geológicas, y no se pueden dar tres pasos sin encontrar fantasmas armados con todo el prestigio de sus leyendas. Evolucionamos en un paisaje cerrado cuyos puntos de referencia nos atraen constantemente hacia el pasado. Algunos ángulos movedizos, algunas perspectivas fugitivas nos permiten vislumbrar concepciones originales7 del espacio, pero esta visión sigue siendo fragmentaria. Hay que buscar en los lugares mágicos de los cuentos del folklore y en los escritos surrealistas: castillos, muros interminables, pequeños bares olvidados, cuevas de mamut, hielo de los casinos” (Formulario para un nuevo urbanismo).

Y no podemos dejar de lado las ciudades futuristas de la ciencia ficción, como por ejemplo en la novela breve La máquina se detiene, del inglés Edward Morgan Forster, escrita en 1909, una novela que, para muchxs, anticipa asombrosamente la vida en la ciudad del COVID19, donde las personas viven solas en casas idénticas, eligen voluntariamente el aislamiento, donde las interacciones se realizan mediante medios virtuales, y donde quienes salen al exterior deben utilizar un respirador. Entre la ciencia ficción y la imaginación política, resulta finalmente ineludible la distópica Buenos Aires de El Eternauta de Oesterheld.

Puntualmente, recuerdo tapas de la mítica revista Muy Interesante o de alguna por el estilo, entre científicas y esotéricas, en los kioscos de revistas de mi infancia: “Cómo será la ciudad del futuro”, “Cómo viviremos en el año 2000”. Y lo que siempre me llamó la atención es que esas imaginaciones urbanas es que, más que una estimación basada en algún tipo de dato, constituyen la proyección de los afectos, de las necesidades y de los recursos tecnológicos del presente. En otras palabras, nos imaginamos la ciudad del futuro como una profundización de lo que hay o como una realización de nuestros sueños presentes, pero nunca como otra cosa distinta.

Un ejemplo hermoso y pintoresco de ello son las estampas que a fines de siglo XIX y principios de siglo XX ilustraban paquetes de galletitas o cajas de chocolates. Estaban hechas por artistas que, desde los albores de un nuevo siglo, intentaron imaginar la vida del siguiente milenio. En una época signada por las promesas de progreso de la humanidad especialmente a través del desarrollo tecnológico, el futuro era un territorio de esperanza en la evolución hacia el confort y de confianza en la ampliación de la civilización urbana como forma de vida deseable. Así, vemos para el año 2000 ciudades portátiles, llevadas de un lado a otro por locomotoras, de empleadas domésticas con enaguas hasta el suelo y máquinas mecánicas que hacen el trabajo por ellas, entre otras.

A veces las imaginaciones urbanas vuelven con fuerza años después y se resignifican en nuevos escenarios. Unas semanas atrás se viralizó en las redes una ilustración del dibujante italiano Walter Molino de principios de la década del ’60, donde se ve una multitud de paseantes en vehículos individuales mínimos (singolettas), una especie de motoneta con una campana transparente. En seguida, se dijo que la ilustración pertenecía a una nota que imaginaba la vida en las ciudades en el año 2022. Días después agencias de chequeo de informaciones revelaron que la imagen no refería a 2022, sino a una posible solución imaginaria al atasco de tránsito. ¿Qué es lo más interesante de la anécdota? Que, más allá de que globalmente fuera una fake new, la ilustración fue viral en nuestros días porque interpela a las fantasías actuales respecto de adónde irá a parar la vida en la ciudad de masas que conocíamos. Poco importan las intenciones originarias del dibujante: su ilustración toca la fibra de nuestros miedos e imaginaciones respecto de la vida en las ciudades durante y luego de la pandemia.

Así como hay imaginaciones que conducen a la liberación, al orden, al progreso, al dominio humano sobre la muerte, o a distintos valores considerados positivos en una sociedad dada, hay otras que imaginan la catástrofe, el apocalipsis, la extinción. Los asedios de las distintas vivencias del caos, entre ellos los derivados de las epidemias, han trabajado históricamente, como una marea de muerte y terror, la organización de las ciudades. Sin ir más lejos, la fiebre amarilla que castigó a Buenos Aires en 1871, dejando 14.000 muertos, redundó en transformaciones urbanas y sociales. En primer lugar, sirvió para reforzar creencias sobre algunos grupos sociales: los inmigrantes italianos, hacinados en los conventillos, fueron objeto de estigmatización y rechazo. Sus pertenencias fueron quemadas, las habitaciones donde se amontonaban las familias, desalojadas. La mayoría de los contagios se producían en la zona sur, área ya por entonces más contaminada e insalubre, carente de sistemas cloacales y de fuentes de agua corriente. ¿Qué ocurrió después? Por un lado, la mudanza fuera del sur de las clases acomodadas, que se trasladaron a sus residencias temporarias en el norte –lo que devino con los años en la división norte/sur que aun hoy marca material y simbólicamente a la ciudad y a su periferia. Por el otro, en 1873 y 74 se inició la construcción de la red de aguas corrientes y cloacales. Ahora bien, esto no se dio de forma equitativa: trece años después, sólo la tercera parte de los hogares de la ciudad poseía agua potable y esa fracción coincidía con los sectores más pudientes. Y, también, después de la salida de la peste se forjó una imaginación acerca de las dos partes de la ciudad.  El periódico Las novedades, en 1880, ya decía: “El Sur es por lo general más criollo, el Norte es más europeo; aquel un tanto más democrático, éste más aristocrático. En el Sur vive la medianía tranquila, tradicional. En el Norte, en cambio los nuevos ricos, las fortunas nuevas. En un lado, las viejas casas de tres patios; en el otro los palacetes que imitan la arquitectura francesa o italiana de esos días”. Si miramos los diarios y revistas de hoy, veremos la actualidad de esta división.

Volvamos a nuestros días. Hoy, los miedos acerca de una vida en la ciudad atacada por un virus extremadamente contagioso reaparecen y al comienzo de la pandemia vimos cómo se expandieron las fantasías acerca del futuro de las  tecnologías informáticas de análisis de datos en tiempo real para el control poblacional y epidemiológico (junto con las controversias acerca de los alcances que como sociedad hemos de permitir a dichos avances). Y si por un lado la imaginación tecnológica proliferó de la mano de los milagros asiáticos en el control de la peste, más aun la pandemia le generó una dura herida a la vida urbana que se veía a sí misma como híper-moderna. En pocas semanas, quedó a la vista que las únicas tecnologías eficaces para contener la pandemia no eran los algoritmos sino las mismas que se usaron siglos y siglos atrás: la reclusión, la higiene personal y el barbijo.

En otros términos, si al comienzo de la pandemia la imaginación acerca del futuro gobierno de las ciudades estaba centrada en el big data y en cierta fascinación totalitaria, hoy –dejando de lado el relato libertario- estamos más cerca de imaginaciones soft, del tipo de peatonalización o de senderos pintados en las veredas, y de una agenda hard ligada especialmente al cuidado medioambiental y a la planificación metropolitana para el caso de AMBA. Esta última dimensión, la de la necesaria articulación entre la ciudad y el conurbano, hizo evidente que una de las imaginaciones centrales que estructuraron históricamente la identidad porteña -la idea de que es de la ciudad “blanca” de América Latina- es eso, una imaginación, es decir, una trama simbólica y afectiva que organiza los modos en los que experimentamos la vida en la ciudad de Buenos Aires y en sus alrededores.

El recorrido por algunas imaginaciones respecto de la ciudad futura, tópico recurrente en las distintas esferas del quehacer humano, muestra que nuestras ensoñaciones acerca de las relaciones entre vida y muerte, entre cuerpos y ladrillos, han estado siempre proyectadas a partir de la vivencia de los problemas y falencias vividos en el presente. En otras palabras, más que del futuro, estas imaginaciones nos hablan de las creencias presentes en la sociedad que las engendra.

*Docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

Ilustración: La Singoletta, Walter Mlolina 1962

Fuente: Esta nota es una versión de la columna emitida el 30 de julio de 2020 en el programa Mares Hambrientos (@mareshambrientos) , por FM La Tribu, 88,7.

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