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Una Patria con mil Pinos

Por Martín Jáuregui | Amante de su tierra, Fernando Pino Solanas la imaginó justa y liberada. La protegió de los poderes concentrados. La reflejó bella y radiante. La llevó a lo más alto de su militancia de cine. La filmó con amor de entrega ciega, como cuando se ama sin mirar más que a lo amado. Y la amó hasta el final.

“Yo nací para mirar lo que pocos pueden ver...yo nací para mirar”
Charly García.

Primer Acto
Pino liberación

“Utilizar el cine como un arma o un fusil, convertir la obra misma en un hecho, en un acto, en una acción revolucionaria...” Diálogos con Godard.

“Un acto de arrojo a las entrañas del cine militante” pensó Fernando Ezquiel “Pino” Solanas, cuando realizó en forma clandestina su primer largometraje, La Hora de los Hornos (1968), el manifiesto liminar contra el colonialismo, la violencia en nuestro país y en todo el continente latinoamericano. Una trilogía documental que da comienzo a su “ars poética” militante: el cine al servicio de la causa. El cine como hecho político, sin resignar la belleza y la poesía. El cine como expresión popular en un mundo de revoluciones permanentes.

El Mayo francés le enciende la sagrada llama de la lucha contra el sistema capitalista opresor. La figura de Perón, exiliado en España, bajando línea política a cada momento dispara en Pino la idea de fundar junto a Octavio Getino el Grupo cine Liberación para llevar su película fundacional más allá de los límites de la difusión posible en aquellos años.

Crean un circuito alternativo de proyección a través de las organizaciones sociales y políticas, bastiones fundamentales de resistencia a la dictadura. Es imposible detener el fuego de “ La Hora…” en esa coyuntura efervescente de los años setenta. La película cobra vida propia y no deja de iluminar a miles de espectadores en todo el mundo. Se convierte en un documento inalterable de resistencia política y análisis de la realidad. El cine de la lucha de los pueblos llegó para quedarse.

La cámara de Pino se expande por las imágenes de un pueblo subyugado a los poderes del “País del Norte” y los sistemas esclavizantes de explotación. Se juega la vida y ese futuro de cineasta cómodo burgués, se transforma en un camino de lucha ardiente con el cine como plataforma. Le corre por las venas la sangre de la liberación. Llega entonces el turno de Perón: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder (1971), una extensa entrevista a Juan Domingo Perón que hizo junto a Octavio Getino en Madrid.

El reportaje es la voz de Perón. Se convierte en un icono de las luchas juveniles peronistas de aquellos años. Será, sin dudas, el leitmotiv audiovisual más importante en la lucha por la vuelta de Perón a la Argentina (muchos años después, Diego Capusotto y Pedro Saborido lo reinterpretan en forma permanente haciendo humor y política en cada una de sus creaciones originales).

El cine no se acaba en una expresión estética sino que se completa en su sentido político.

Cada fragmento del material fue reproducido una y mil veces en unidades básicas, sindicatos y locales militantes. Las frases del general se convierten en doctrina audiovisual para jóvenes sedientos de Perón. La vuelta de “El Viejo” estaba cada vez más cerca y los corazones peronistas ardían en un fuego fatuo justicialista cada vez que la película de Solanas se proyectaba en algún lugar. El cine no se acaba en una expresión estética sino que se completa en su sentido político. Pino desbordaba de cine y justicia social.

Segundo Acto
El Exilio de Pino

“Yo no había hecho un cine clandestino por vocación de misterioso. Es más, no me gustan nada las películas sobre exiliados, como ésas de los republicanos españoles, tan solemnes y heroicas…” Pino sobre El Exilio de Gardel.

En el año 1975, cuando estrenó Los Hijos de Fierro, Pino fue amenazado de muerte por la Triple A y en 1976 un comando de la Marina intentó secuestrarlo. Se exilió en España y se estableció finalmente en Francia, donde realizó en 1980 el documental La mirada de los otros.

La llama de aquel Mayo francés se sostenía en su corazón. Obligado a vivir lejos de su patria, el cine rescata a Pino o Pino rescata un cine indispensable para describir una época oscura y sin esperanzas. Eran miles los exilios que contar, historias más allá de Argentina. Exiliados que intentan rearmar una vida de esperanzas en el extranjero. Pino es un exiliado que cuenta con la cámara. Entonces, filmó la película Tangos... El Exilio de Gardel (1985), premiada en el Festival de Cine de Venecia y en el de La Habana. Sur (1988), por la que recibió el Premio al mejor director en el Festival de Cannes y en varios festivales más.

El destino poético de los films de Pino siempre circularon por el camino de las contradicciones internas de su alma artista. Sus películas del exilio se componen de la belleza y la mirada propia del autor en un universo de imágenes salidas de nuestra naturaleza argenta. Se junta el Buenos Aires de Marechal con la París de Cortázar. Fito Paez le hace la segunda a Roberto Goyeneche. Y la mirada del autor se posa amorosa sobre los deseos de los que quieren volver. La música de una era y los puentes generacionales para no perder la memoria.

Coherente hasta el fin, Pino milita en el exilio y se pone la cámara al hombro. Relata como solo él podía hacerlo, una realidad de dolor, lucha y esperanza. Lo mueve su pasión más profunda: Argentina, su amor por la justicia social y el eterno regreso a la militancia desde el arte. Esa fuerza lo trae de nuevo a su tierra. Renacer de las cenizas del pasado extranjero.

Tercer Acto
Pino, por siempre Pino

“El goce, señora Presidenta, el goce…” Pino Solanas en el Congreso de la Nación.

Los años del nuevo milenio son para Pino un nuevo escenario de militancia, cine y lucha por la justicia. Se enfrenta a la manipulación del medio ambiente y sus consecuencias económicas. Comprende que la lucha es por la tierra, el agua, los minerales y la explotación salvaje de todos los recursos del planeta. Una nueva batería de películas son el arsenal ideológico cultural que Solanas agita.

Recibió cuatro disparos en las piernas de parte de un grupo comando,​ al que consideró ligado al gobierno de Carlos Saúl Menem. Por ese motivo postergó su película El Viaje, realizada junto a la obra de Alberto Breccia hasta el año 1992.

Luego llegará La Nube (1998), que resultó premiada en el Festival Internacional de Cine de Venecia. Cuba lo premia por su larga trayectoria. Presenta un documental llamado Memoria del saqueo (2003) en el Festival Internacional de Cine de Berlín, y en el mismo se le otorgó el Oso de Oro a su trayectoria. La película fue premiada en todo el mundo, que miraba con ojos azorados, cómo aquel director de cine político y militante con solo una cámara de video hogareña podía realizar un manifiesto contra los poderes del mundo poniendo en jaque las maniobras más sombrías de los poderes fácticos. Luego siguieron La Dignidad de los Nadies (2005), Argentina latente (2007) y La Próxima estación (2008).

Recibió el reconocimiento de colegas, estados y organizaciones mundiales. Escribió ensayos y cientos de artículos sobre cine y política.

Murió en el año 2020, el año de la pandemia, en París (otra vez París) mientras cumplía funciones como embajador frente a la UNESCO.

Hasta sus últimos días siguió contando cómo evolucionaba su enfermedad, con imágenes grabadas con su celular, internado en el sanatorio que lo escuchó respirar por última vez. Tal vez, un aliento colmado de pasión.

¿Cuál es la verdadera pasión de Pino Solanas? Argentina. Amante de su tierra, la imaginó justa y liberada. La protegió de los poderes concentrados. La reflejó bella y radiante. La llevó a lo más alto de su militancia de cine. La filmó con amor de entrega ciega, como cuando se ama sin mirar más que a lo amado. Y la amó hasta el final envuelto en sus propias contradicciones pero también plagado de certezas. Las verdades que él sostuvo hasta sus últimos días.

Pino se fue de esta tierra para ser eterno, como aquellas imágenes de Perón en Puerta de Hierro. Como el baile tanguero de El Exilio. Como la cámara insolente que registró El Saqueo.
Pino, por siempre Pino y hasta la victoria del cine siempre, compañero.

Por Martín Jáuregui.

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