Home / La Gaceta / Una forma de vida: filosofía, política y psicoanálisis

Una forma de vida: filosofía, política y psicoanálisis

Roque Farrán advierte que tanto declaraciones de la primera dama chilena y como las de la oposición boliviana tratando de "indios de mierda" a sus compatriotas, son indicios de la frágil alianza del neoliberalismo con las formas democráticas que al romperse están develando su patético rostro de conveniencia espuria.

Por Roque Farrán*

El ejercicio de la crítica en inmanencia asume que nos constituimos en dispositivos de poder-saber y modos de cuidado que podemos cuestionar remitiendo a sus propias irreductibilidades, límites y potencias; retomando así nuestra propia transformación subjetiva. No se trata de culpar a nadie ni desear un Amo mejor. En el mismo sentido, tampoco se trata de meros ejercicios formales, intelectuales o académicos, sino de formas concretas de vivir. La vida misma se encuentra atravesada por pulsiones irreductibles y antagónicas: deseo, autoconservación y retorno a lo inorgánico; cada una de las cuales, a su vez, remite a dispositivos de poder, saber y cuidado. Así, vemos que la complejidad bien anudada que nos constituye no remite necesariamente al caos o la indistinción absoluta. Hay entrecruzamientos rigurosos. La filosofía materialista entonces, ni rastrera ni elevada, insiste en que es posible orientarse en el medio, pese a todo.

En este breve ensayo quisiera mostrar algunos posibles entrecruzamientos, rigurosos y vitales, entre política, filosofía y psicoanálisis que forman parte de lo que he llamado Nodaléctica.

I. El neoliberalismo en cuestión

Empecemos por circunscribir la escena contemporánea. Los acontecimientos recientes nos brindan elementos valiosos para entender la configuración actual y local del neoliberalismo. Entre las declaraciones de la primera dama chilena, afirmando que eran “alienígenas” quienes se habían sublevado (desconocimiento absoluto de la causa próxima) pero admitiendo que las clases altas iban a tener que compartir con los demás y disminuir sus privilegios (sabiendo a ciencia cierta los efectos de la revuelta), por un lado, y la oposición boliviana tratando de “indios de mierda” a sus compatriotas por haber perdido las elecciones, por otro lado, es imposible no leer allí que la frágil alianza del neoliberalismo con las formas democráticas se está rompiendo rápidamente, develando su patético rostro de conveniencia espuria. Tenemos que pensar hoy más que nunca en Latinoamérica nuestra paradoja democrática: que desde ella se puedan enunciar semejantes contradicciones y barbaridades sin que eso descalifique como “democráticos” a quienes así se expresan, y radicalizar nuestro entendimiento profundo de qué es la democracia en forma y contenido: igualdad y libertad para todos y todas, sin exclusiones ni privilegios.

También hay elementos significativos para pensar el modus operandi del neoliberalismo criollo en el contundente discurso que brindó Alberto Fernández el 17 de octubre en La Pampa; sobre todo, por cómo marcó allí la diferencia con el macrismo: “para ellos donde hay una necesidad hay un negocio, en cambio para nosotros donde hay una necesidad hay un derecho”. No obstante, habría que pensar algo que se viene señalando hace mucho desde el psicoanálisis: cómo no quedarse solo en la respuesta a la necesidad, en la articulación de la demanda, sino también poder dar lugar al deseo que la habita y excede. Ese es el punto ciego donde volvemos a caer una y otra vez en el mentado “círculo vicioso” de nuestra argentinidad: nosotros respondemos a las demandas, sí, creamos “sujetos de derecho”, sí, pero luego eso se naturaliza y se olvida, entonces ellos vuelven a manipular los deseos aspiracionales más banales e improbables y engañan otra vez al pueblo (a una parte, claro); tenemos que traducir en términos rigurosos, nacionales, populares, democráticos y feministas cómo sostener el deseo de una manera inédita. La clave de la diferencia está en el deseo y eso el neoliberalismo lo sabe muy bien.

¿Qué es el neoliberalismo? Proliferan algunas caracterizaciones a las que habría que articular de la mejor forma posible. Se podría decir que el neoliberalismo es una economía política (financierización), una ideología (emprendedorismo), una racionalidad política (valorización), una forma de vida (coaching) y, además, la ontología occidental consumada: el discurso del ser-en-tanto-ser como pura multiplicidad vacía. En el fondo es el sálvese quien pueda y la guerra de todos contra todos extendida, desmultiplicada, socializada, internalizada, naturalizada e inmanente a todos los niveles en juego. Como un cáncer social en el que las células del organismo vivo han enloquecido y se desconocen mutuamente. Lo que no soporta la matriz neoliberal, bajo ningún motivo, es la formación de un sujeto en torno a la verdad que lo constituye, es decir, un sujeto que encuentre las determinaciones, las discierna, las nombre, las exceda y las haga jugar de otro modo. No hay afuera de la matrix, sino cambio en la escritura del nudo de sus determinaciones, sea cual sea el nivel en el que se opere; de allí que los contagios para la inmunización o la cura sean imprevisibles. Sin dudas, el neoliberalismo es una máquina de producir individuos aislados o masas odiosas, pero tenemos que cuidarnos también del relacionismo o la institucionalización reactivas. Una perspectiva relacionista extrema nos puede llevar a cometer –o no atender– abusos de poder: el “ser-con-otros” no tiene que hacernos olvidar que, en ausencia de cualquier trascendencia, “somos-en-Otro”: espacio simbólico y sustancial fallido –indeterminado por definición– por el cual debemos aprender a tratar con la ausencia de relación-proporción sexual y social que es estructural; una responsabilidad mayor se dibuja cuando el Otro es inmanente: allí solo nos queda aprender a hacer uso del sinthoma. El psicoanálisis es la práctica que mejor nos orienta respecto a ese uso.

II. La ética del psicoanálisis y lo que cae

El psicoanálisis es una práctica que se basa en una ontología pulsional. ¿Qué somos y de qué estamos hechos los seres llamados humanos? Pulsiones. ¿Qué es lo que nos hace hacer lo que hacemos, allende la consciencia y las buenas intenciones? Pulsiones. La pulsión es un concepto límite: entre lo somático y lo psíquico, lo biológico y lo social, el adentro y el afuera, la vida y la muerte, la autoconservación y el goce, el deseo y la represión, el yo y el otro, el ello y el superyó, lo infinito y la finitud, etc. La pulsión como concepto no remite tanto a la idea de fuerza o energía, tipo Elan vital, sino al montaje entre componentes irreductibles, cuyo índice de tensión diferencial o desajuste entre ellos produce todos los movimientos y repeticiones. El asunto es saber trenzar las pulsiones en cada oportunidad, en cada nivel, en cada tiempo y espacio; saber captar ese índice silencioso; saber leer esa letra que no cesa de escribirse en diversos gestos. De allí, la efectividad o no de esta humilde práctica llamada psicoanálisis, basada en la escucha, la palabra y el acto oportuno para ayudar a desmontar el engranaje y que la cosa se oiga.

Así pues, en un análisis se llega a un punto ineluctable en que eso que se le ha atribuido al analista como poder-saber de interpretación, punto de idealización absoluta en torno al cual se instaura la transferencia (si el analista se ha prestado como conviene al semblante de esa posición), comienza a ceder, a horadarse, y si pasa la mera negativización (o sea la transferencia negativa), llega un momento en que cae, cae por su propio peso, cae el semblante idealizado y queda el vacío, junto a un resto insignificante de lo que habrá sido “eso”. En ese punto singular, por el cual se destituye el “sujeto supuesto al saber”, surge la verdadera transferencia de trabajo: hacia la vida, la potencia y los otros. La posición del sujeto que ha atravesado un análisis hasta su fin, se aproxima bastante entonces a la lógica femenina del no-todo. Por eso, al escuchar el canto: “se va a caer, se va a caer”, algo de eso resuena. Habrá que ver cómo se elabora a nivel colectivo la caída de los semblantes, el vacío y la pérdida de eso que no habrá sido más que la proyección de nuestros propios fantasmas. La posición cínica y descreída de todo es un riesgo, una recaída, si no se percibe la materialidad de los procesos que nos constituyen, allende las personas y sus semblantes. Desde la posición materialista afirmamos (y cantamos): Se va a caer, se va a caer, se va a caer, y cuando se caiga definitivamente veremos con claridad que hace milenios no ha cesado de caer, por partes, porque es la esencia misma de la materia que nos constituye, el caer y el clinamen: el infinitesimal desvío por el cual nos encontramos, hacemos cuerpo, hacemos mundo, sin exclusiones ni privilegios.

La caída nos implica a todos y todas, o mejor: “no hay nadie que se exceptúe de la caída”. Pero para habilitar los encuentros y que estos prendan, tomen fuerza, necesitaremos no estar –o no hacernos– los locos. La definición más clara y rigurosa de la locura, según Lacan, es que “loco es aquel que se cree ser”: puede ser que se crea rey, Napoleón, profesor o psicoanalista; no importa. La hipóstasis del ser es la máxima locura. Cuando no se puede jugar con las determinaciones del Otro que nos han hecho ser de un modo singular, jugar con sus inconsistencias, contradicciones, aperturas y posibilidades, estamos fregados: al borde de la locura o la muerte. Tan simple y difícil como eso. Esta es una época paranoide que abona la desconfianza en el Otro, antes que habilitar la formación del sujeto en pos de su incompletitud bien acotada, su indeterminación objetiva, o su sobredeterminación compleja. Necesitamos más formaciones y transformaciones efectivas (afectivas), antes que comprensiones o explicaciones precipitadas. Una pregunta ética fundamental, en consecuencia, se impone: ¿Qué relación tienes con el deseo que te habita? Ética y nada obvia, hay que decir, pues muchos sienten horror, inhibición o compulsión a la repetición respecto al deseo; el asunto clave aquí es el cuidado de sí y de los otros. Y una pregunta política fundamental, se deriva de ella: ¿Qué resonancias y composiciones puedes operar a partir de elucidar y rectificar tu posición respecto al deseo que te habita? Política nada inocente pero tampoco perversa, hay que decir, pues usa el deseo para inventar y componer nuevas relaciones, más amplias y diversas, no para dominar o satisfacer oscuras pulsiones que disminuyen la potencia de obrar y engendran pasiones tristes.

De nuestra posición de sujeto, tanto como del deseo que nos habita, somos siempre responsables; lo cual no quiere decir que esa responsabilidad deba ser asumida exclusivamente en términos yoicos o jurídicos. La reinvención y torsión de los dispositivos existentes –incluidos conceptos y tradiciones– es parte de nuestra responsabilidad compartida. Puesto que un sujeto no es más que una posición puntual en la red de nudos que nos constituyen. Por eso aceptar las normas y leyes que nos preceden, no conduce a una sumisión fatal, sino a responder por ellas in limine y excederlas en su uso efectivo. La libertad no es un principio moral, ni un fin ideal, ni un axioma fundador; la libertad es una práctica concreta. Hay prácticas de libertad en medio de los dispositivos de poder-saber que nos constituyen, en tanto y en cuanto los subvertimos efectivamente para darles otro uso. Me atrevería a decir: un uso singular que percibe la ausencia de sensibilidad donde le toca, entre lo sensible y lo inteligible, esto es, el tener-lugar-del-lugar en que nos encontramos emplazados. La libertad que no es una práctica concreta, sino una creencia abstracta, tiene un nombre doloroso: locura.

III. Ética ejercitada según un orden nodaléctico

Propongo a continuación una serie de puntos (definiciones e indicaciones) a tener en cuenta en el cultivo de la caída y el encuentro materialista, respecto a la práctica filosófica en general y Nodaléctica en particular.

– La filosofía es práctica, ejercicio concreto del pensamiento; por eso se orienta también por otras prácticas en sus devenires y procedimientos inventivos, subversivos de las formas, transformadores de la materia con que trabajan: ideas, palabras, imágenes, sonidos, cuerpos, gestos, instituciones, etc.

– La filosofía es transformación de sí, cultivo de un ethos materialista; por eso, además de las prácticas y ejercicios concretos que realiza, se orienta por los afectos: aquellos que aumentan nuestra potencia de actuar y producen alegría, aquellos que la disminuyen y producen tristeza, así como los afectos compensatorios; ella distingue y elige.

– La filosofía es la práctica que hace de la virtud felicidad, del rigor libertad, y habilita así el despliegue de la mayor potencia afectiva del pensamiento: el conocimiento por la causa próxima, el conocimiento de lo singular, la beatitud intelectual.

– La filosofía es una práctica ardua, difícil pero no imposible, y está abierta a cualquiera que desee comprometerse en esa vía: la vía de los senderos que se bifurcan y no conducen a ninguna parte, o a la parte que no tiene parte, o a sí mismo.

En consecuencia:

– Lo más real es el síntoma, eso que insiste y se repite en cada uno de tus actos, involuntariamente; no lo rechaces. Habla de cómo eres hablado y del lenguaje mismo. Encuentra los modos de aproximarte y seguir sus vías más económicas, hasta prescindir de todo lo accesorio, hasta formalizarlo inclusive.

– La repetición es ante todo un movimiento, un gesto, un modo de declinar las cosas, las palabras, los cuerpos. Encuentra qué autores y tradiciones permiten trabajar tu síntoma, amplificarlo, abrirlo a otras composiciones, configurar la escena del pensamiento, hacer cuerpo literal y escriturario.

– Confía en lo que encuentras al paso, cada vez, no te apresures por comprender, asimilar o encajar en ninguna parte; anudar es un arte que tiene sus propios tiempos y modos. El orden nodaléctico sigue la alternancia y no la jerarquía posicional.

– Nadie es más importante que nadie, ninguna palabra vale más que otra, pero hay quienes componen mejor con tus trayectos, quienes ayudan a potenciar tu modo de actuar y pensar, quienes no lo hacen en absoluto, y quienes hacen todo lo contrario. Elige con quien juntarte en cada ocasión, sin idealizar ni subestimar a nadie.

– Con el tiempo irás formando un cuerpo afectivo, bien enlazado a sus ideas, y a las ideas que emerjan de esas ideas, con un proceder metódico listo para responder en los términos que lo solicite la situación, caso por caso, atendiendo al modo singular hallado y en función de la potencia infinita que somos.

*Psicoanalista, filósofo. Investigador del Conicet.

 

 

También podés ver...

Las ciudades y el cine, o metrópolis tocadas por la magia cinematográfica

La Patriada conversa con María Zacco, la autora de Las ciudades y el cine. Y toma algunos apuntes de la escritura de la periodista, quien busca el hilo que une a urbes como Buenos Aires, Nueva York, Roma o Tokio con el cine, en un libro en el que la historia y la política atraviesan a personajes que deambulan en taxis, terrazas, hoteles, callejones, fuentes, escombros o suburbios. Bullicios urbanos captados por el cine; ciudades tocadas, en sus fibras íntimas, por películas también decisivas para ensayar sentidos.