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Un mundo sin esperanzas es un mundo con posibilidades

En el contexto de una crisis que expone con claridad la ausencia de una alternativa progresista a nivel mundial capaz de ofrecer una imagen de futuro, Saul Karsz, investigador argentino, residente en Francia, invita a encarar de un modo realista la pregunta por la transformación histórica.

Por Saul Karsz

El tema de esta nota no tiene nada de paradojal, menos aún de provocador. Se refiere a una época que, como la nuestra, se enfrenta con problemas suficientemente graves que exigen clarificaciones rigurosas, comportando la menor dosis posible de declamaciones. Necesitamos análisis, lo cual supone que los problemas sean claramente planteados. Necesitamos respuestas, lo cual supone que las preguntas sean reales, efectivas, y no meras afirmaciones con signos de interrogación. ¿Cuál es el tema aquí? Estamos pensando en una decepción bastante corriente ante el destino de las experiencias progresistas y revolucionarias en materia institucional, administrativa, profesional, política, en una palabra, social. Decepción provocada por la extrema dificultad, sino la imposibilidad de llevar esas experiencias a buen puerto y sobre todo hacer que perduren en el tiempo y en el espacio. O bien, en caso de éxito, el temor frecuente de que la experiencia libertadora se transforme en una inclemente prisión para quienes contribuyeron a edificarla. Amarga desilusión frente al hecho de que, pese a los múltiples sacrificios individuales y colectivos, las cosas cambien poco o nada. La lista de esas experiencias abortadas o desnaturalizadas es larga, excesivamente larga. Cambiar el mundo y más aún cambiar de mundo parece hoy día perfectamente ilusorio. Fracaso, fiasco, naufragio. ¿Cómo interpretar semejante realidad? ¿Qué lecciones deducir?

El realismo constituye una deducción habitual. Esta incluye toda suerte de variantes, desde quienes etiquetan su deseo de cambio en términos de pecado de juventud hasta aquéllos que, considerando sus responsabilidades personales y familiares actuales, sin olvidar las necesarias garantías bancarias que esto implica, sostienen que la solidaridad representa un anhelo tan piadoso cuanto irrealizable. Vivimos en la complejidad, no ya en los esquemas simples y simplistas. Hoy día el lema es: “¡seamos realistas, exijamos únicamente lo que es posible, sólo lo que es modestamente razonable!”. Convergen en este punto las fuerzas reaccionarias, unánimes y triunfantes, así como de una parte fluctuante pero real de los sectores progresistas, heridos y resignados. Con matices, sin duda, a veces con diferencias de fondo pero con una sumisión compartida a los ideales dominantes y a los modos de vida hegemónicos. Como decía un ministro francés, lo que es único no es el pensamiento sino la realidad.

Pero el realismo es una solución perezosa. Pone en la misma bolsa toda suerte de experiencias que no obedecen ni a causalidades idénticas ni a orientaciones semejantes, y que, en consecuencia, no periclitan por las mismas razones. Es imperioso e imprescindible diseñar análisis sociohistóricos precisos y detallados. No cabe utilizar la misma argumentación para situaciones que difieren según sus protagonistas, sus circunstancias, sus parámetros. Pensar consiste, no en aplicar fórmulas, sino en producir saberes inéditos. Pensar requiere la historia social, sin la cual las historias humanas se vuelven juegos de salón. Única manera de superar el estadio de las vagas generalidades grandilocuentes, las alocuciones enfáticas que se refieren a un objeto versátil no identificado, los discursos de sobremesa que son la cuna del realismo.

Recaudos preciosos, sin duda. Pero éstos no impiden la larga lista de transformaciones fracasadas que jalonan la historia social. Afirmación en principio irrefutable. Queda sin embargo por identificar desde qué punto de vista esta afirmación se sostiene, por qué reviste un carácter evidente.

Una comparación puede ayudar a aclarar las cosas. Pensemos en las situaciones de separación y de divorcio, hoy día tan corrientes en nuestras sociedades. Su incremento exponencial confirma el fiasco de la institución matrimonial, el quebranto de los lazos familiares, la pérdida de referencias de los jóvenes. Las corrientes conservadoras y tradicionalistas destacan estas implicaciones para ellas nefastas y proponen retornar a un estado pasado de beatitud en la materia. Pero jamás especifican cuándo y dónde dicho estado existió alguna vez. No pueden hacerlo, puesto que separaciones y divorcios implican fracaso, quebranto, desgaste, única y exclusivamente desde el punto de vista de la eternidad imaginaria de la conyugalidad, habida cuenta de la pretendida inmortalidad que se supone caracteriza a la familia, la pareja, etc. Seamos claros: el fracaso pone de relieve las irremediables dificultades de la representación judeo-cristiana de la familia a tomar forma, color, sabor, espesor en la tierra humana. No fracasan ni el matrimonio ni los matrimonios, sino su esencia, o sea lo que nunca fueron en la realidad. Es por ello justamente que, en la tierra humana, para uno al menos de los cónyuges el supuesto fracaso constituye de hecho una liberación.

Volvamos a nuestro tema, empezando por una precisión terminológica. Las experiencias reformistas y revolucionarias, lejos de haber fracasado, fueron suspendidas o según los casos detenidas, sino aplastadas tanto por conflictos internos como por embestidas externas. Sin edulcorar dichas experiencias, frenemos el prejuicio apresurado y finalmente superficial según el cual se trata de irreparables fracasos, condenados de antemano. Razón principal: el prejuicio dice poco o nada sobre qué ha fracasado precisamente, ni tampoco qué ni quién esperaba otra cosa. Imposible precisión, una vez más. Como en el caso del divorcio, la pérdida lo es de una especie de esencia inmaterial y celeste que las experiencias históricas, como los matrimonios reales, no logran materializar. Las experiencias reformistas y revolucionarias fracasan rotunda y terminantemente a realizar lo que se imagina (¿quién?, ¿cómo?, ¿por qué?) que debieran realizar. Procediendo así, no se sabe nada o casi nada de lo que han producido efectivamente, concretamente. Sus construcciones, sus avances, sus conquistas son arrojadas al tacho de los residuos patológicos. Y al mismo tiempo, enfrente, creyentes tan llenos de convicciones cuanto vacíos de argumentos depositan en el mausoleo un pasado exclusivamente glorioso, tan falsificado como el de los detractores y los desilusionados.

En todos los casos, se está desconociendo un dato capital: las experiencias reformistas y sobre todo revolucionarias representan tomas de posición, tentativas, ensayos, sellos en el seno de combates estructuralmente desiguales, los recursos de los que disponen los beligerantes son muy desiguales de uno y otro lado. De corta, media o larga duración, dichas experiencias no se identifican pura y llanamente al nuevo mundo que pretenden construir. Queda siempre un camino amplio y poco delineado por recorrer. Son relámpagos que iluminan las noches terriblemente oscuras de la servidumbre y del pánico. Puntean los nuevos mundos posibles, los presienten, hacen saber que esos mundos son posibles – nada más, nada menos. Porque, en efecto, la historia humana es lenta, pesada, retorcida, alambicada. De allí que sea una gran lástima que varias de esas experiencias se hayan detenido, un desastre que algunas hayan sido aplastadas mientras que el fin de otras no es necesariamente lamentable. Para algunas otras todo está por verse… Insistamos: sólo una ponderación argumentada puede decirnos qué nos enseñan esas experiencias. Todas las experiencias y cada una a su manera se inscriben en las memorias de los pueblos, como estelas, huellas, indicadores. Se trata de hitos en un devenir que comienza mucho antes de su arribo y continúa mucho después de su extinción. Alabarlas sin análisis es tan irrisorio como rechazarlas sin argumentos.

Si bien las experiencias singulares se diluyen, no acontece necesariamente lo mismo con las lógicas que ponen en obra. Singulares por definición, las experiencias suelen ser poco o nada reproducibles. Pero su lógica puede ser exportada, en términos de orientaciones, de errores ajenos a evitar a fin de poder cometer los propios, de vías a privilegiar, de historia a inventar – en las antípodas de la receta infalible. Esto requiere no confundir nuestras biografías individuales y grupales, obligatoriamente cortas e impacientes, con la historia social, forzosamente extendida e increíblemente ramificada.

Egoísmo, omnipotencia y otros narcisismos de las pequeñas diferencias socavan (Freud) esas experiencias desde su interior. Lamentable pero esperable. No se trata sin embargo de una exclusividad. Lo mismo sucede enfrente. Enfrente, justamente, estas posturas subjetivas no sólo no han impedido, sino que han participado activamente en la fabricación del mundo tal como va hoy día – menos la solidaridad, la camaradería, la laicidad y otros principios de justicia social. En otros términos, no podemos dejar de contar con estas posturas ni dejar de trabajar con y sobre ellas en la medida de lo posible. Esto permite obtener dos resultados. Por un lado, asombrarnos poco o nada de su fuerza a veces devastadora, del desmentido incluso feroz que infligen a las experiencias de transformación social o institucional que al mismo tiempo dicen defender. Si preferimos dirigentes y militantes íntegros, recordemos que unos y otros pueden no serlo completamente, o pueden adherir a prácticas y valores perfectamente detestables. Queda por recordar que, en el marco de una opción progresista, la contradicción no representa una tara más o menos atroz: se trata de hecho de una condición de existencia. Por supuesto, ninguna postura subjetiva carece de significación política: queda por ver cómo, concretamente, cada una de ellas facilita o al contrario sabotea las experiencias históricas. Lo importante es que rechazar las posturas subjetivas no obliga a desentenderse también de las experiencias reales. Por otro lado, nadie se encuentra en estado de levitación psíquica, más acá o más allá de dichas posturas subjetivas. Estas suelen alimentar el horror hacia todo compromiso con las opciones éticas y políticas que se llaman “partidarias” porque no encajan bien en los módulos dominantes, autodenominados “neutrales” cuando se ignora que la neutralidad es una toma de partido entre otras. Paradigma corriente del individualismo pequeño-burgués, como se sabe. Evitemos entonces de imaginar que jamás estamos personal y colectivamente incluidos en él. Lo insoportable de la historia social, lo que ésta contiene de irreductible, es que no se trata, ni de cerca ni de lejos, de la mera consecuencia de nuestra subjetividad consciente o inconsciente.

Conclusión: urge alejarse de la esperanza, ésta apunta siempre a un más allá radiante, poblado de eximias intenciones y libertades infinitas. A la esperanza solo le importa el Paraíso Perdido, abiertamente religioso o aparentemente laico. En el caso de no alcanzar esta meta, cosa harto usual, se desalienta, pierde confianza, abjura. Y se entrega cuerpo y alma al realismo, sinónimo unas veces de resignación, otras de colaboración con el bando opuesto. O bien de las dos, simultánea o alternativamente.

Más acá y más allá de la esperanza se encuentra lo posible, lo inédito, lo arriesgado. O sea, una rica historia de experiencias suspendidas, detenidas e incluso aplastadas, de tentativas abortadas y de construcciones efectivas. Abrir posibilidades reales y concretas requiere abandonar el milenario oscurantismo que explica la tierra a partir del cielo.

*Investigador, Doctor en Filosofía y Sociología. Profesor en la Sorbonne, en Université du Québec y en la Université Bordeaux II, entre otras universidades de Francia, Canadá, España y Argentina.

Ilustración: «La isla de Utopía», xilografía en Utopía, de Tomás Moro. 1ª edición, 1516 (Utopiae Insulae Figur A)

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