¿Qué Patria, cuál Pueblo? Por Carlos Britos*

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lunes, 24 septiembre 2018
Debates

“Soy Argentino y estoy afiliado al Partido Comunista Uruguayo”. Casi siempre, y aún entre las amistades más progresistas, ese comentario causa una sorpresa rayana al estupor. “¿Por qué, si es otro país?” Claro: se trata de otro país. Otra Patria. Y la Patria, nuestra Patria, nos llama, nos convoca, nos conmueve (sobre todo en épocas de mundial…). Puede incluso, si la traicionamos, demandarnos (en acción conjunta con Dios). No sorprende, entonces, la reacción sorprendida.

Ahora bien, el patriotismo es, como todo fenómeno social, ambivalente. Puede sin dudas ser una fuerza progresista que ayude a ampliar derechos de las mayorías. En ese sentido, cuando “la Patria está en peligro”, urge convocarse al Obelisco para defenderla, dado que por lo que allí se lucha es por la capacidad de todos los argentinos, sin distinción de clase, de decidir un proyecto de país (es decir, se defiende su soberanía). Pero lo que queremos hacer aquí es, precisamente, volver sospechosa esa indistinción: es la identidad Argentina lo que puede ser problemático.

Fórmulas como “la Patria está en peligro” son un arma de doble filo: tan pronto sirven como un valioso escudo contra la intromisión imperial como han sido instrumento de ese mismo imperialismo. Quizás nadie lo vió mejor que Lenin, quien cuando se encontraba con un trabajador imbuido de ideología defensista (“los alemanes me ‘atacan’. Defiendo a Rusia, no al imperialismo”) aconsejaba: “a gente como esta hay que explicarle que no se trata de sus intenciones, sino de relaciones y condiciones políticas, de clase, y del nexo de la guerra con el capitalismo”. Para Lenin, el llamado a “defender Rusia” resultaba una defensa del zarismo (inadvertida e involuntaria para quienes la realizaban), de su estructura social y hasta del orden geopolítico mundial; y la identidad rusa se levantaba como un obstáculo que impedía ver las diferencias de clase entre rusos.

¿Podemos pensar hoy cómo el lema “compre Argentino”, que nos llama a comprar en COTO (que es… “una empresa Argentina”) se vuelve, en su insidiosa cotidianidad, un obstáculo para advertir que los intereses económicos y políticos de Alfredo Coto son antagónicos a los de la aplastante mayoría de la sociedad (empezando por sus empleados)? ¿O que si ciertas coyunturas internacionales extraordinarias pueden abonar la ilusión de un pacto social que tienda al bienestar general, el sueño del win-win se disipa tan pronto se extinguen aquellas circunstancias favorables?

Y es que las consignas siempre son, en su simplismo declarativo, peligrosas, y si no se las trata con cuidado pueden tendernos trampas. En nuestro país, la defensa de la Patria ha sido invocada para unificar el sentimiento popular en la Guerra de Malvinas, en lo que no fue sino un último espasmo de sobrevida de un brutal régimen elitista y dictatorial. Claro que señalar esto no supone desconocer el reclamo del suelo soberano, sino ante todo pensarlo bajo las condiciones de una soberanía popular. Entonces, más que pensar qué clase de patriotismo necesitamos, lo que necesitaríamos es pensar un patriotismo de clase.

Para esto, hay algunas experiencias históricas en las que inspirarse. Al defensismo, Lenin opuso su derrotismo revolucionario, que abogaba por la derrota de Rusia en la Primera Guerra (“es el mal menor”, sostenía). Entendía que así ayudaba a la causa proletaria. De los obreros de Rusia, sí; pero también los del resto del mundo. Si la revolución tuvo que proclamarse “rusa” sólo fue así por razones de organización, como ya Marx había previsto: “la clase obrera tiene que organizarse como clase en su propio país, ya que este es la palestra inmediata de su lucha. En ese sentido, su lucha de clases es nacional; pero no por su contenido, sino ‘por su forma”. Para Marx, como para Lenin, el problema estaba en que esa comunidad ilusoria que es la Patria coincidiera con los límites de una Nación; porque los defensismos que allí nacían (y que hoy se expresan, por ejemplo, en la queja “los bolivianos se atienden en nuestros hospitales”) no eran sino los apropiados al sistema de Estados nacionales, al cual ayudaban a sostener cuando era lo que se debía derrocar.

Es preciso dar a ciertos significantes un tratamiento estratégico y cauteloso. Y Patria y Pueblo se cuentan entre ellos. Respecto al último, también Lenin recordaba que, si bien Marx solía hablar de Pueblo, al mismo tiempo nunca se hizo ninguna ilusión sobre su ‘unidad”, sobre la ausencia de lucha de clases en su seno. Para Lenin, cuando Marx hablaba de Pueblo, “sólo unificaba elementos capaces de llevar una revolución hasta el fin” (aquellos que, no teniendo nada qué perder, serían los únicos que no traicionarían el proceso revolucionario). Y si el Pueblo era además apátrida (“los obreros no tienen Patria”), es porque para Marx el sujeto revolucionario debía partir por no reconocer su Patria en la Nación: proletarios del mundo, únanse.

Toda esta experiencia da algunas claves para pensar el patriotismo, hoy, en Latinoamérica. Sobre todo para pensar las condiciones ideológicas de la cuestión. En principio, si es preciso reconocer que el ideal de la Patria aún cruza fuertemente las sensibilidades populares de nuestros países, entonces no será posible prescindir de él; pero al mismo tiempo es preciso dar a esa noción un contenido inter, trans o supra nacional (de clase, de etnia, de género). Es decir, si aún debemos hablar el idioma de la Patria, debemos hacerlo de modo tal de desbordar los horizontes liberales de esa lengua y de empujar el término más allá de sus fronteras (políticas) nacionales.

Porque también la ideología es una fuerza material si se apodera de las masas, y los hechos “del discurso” son tan definitorios como los políticos y los económicos para que un proyecto político-social dure. De allí que su suerte también se juegue en la batalla de ideas; donde no hablamos, por supuesto, de las ideas que forman sistemas coherentes, sino de aquellas en las que Gramsci reconocía el sentido común, que son las que gobiernan, desde la inconsciencia de su acción, la conciencia de los hombres y los pueblos, y con ello sus destinos.

Y porque es preciso interrogarse acerca de por qué, frente al malestar general que traen las crisis, son los extranjeros quienes resultan cada vez blanco de ataque. Marx descubrió que la causa de esas crisis está en las contradicciones económicas, pero la cuestión sigue siendo cómo sus efectos (desempleo, pobreza, marginalidad) son percibidos por el común de las personas. No se debe al azar que cuando hoy los economistas claman que “la economía está rota para el 95% de la gente” los movimientos xenófobos recrudezcan y reverdezcan a todo lo ancho del globo.

Es precisamente allí, entonces, donde la construcción de un Pueblo que imagine otras Patrias se revela imprescindible, si se quiere evitar hacer de los inmigrantes los chivos expiatorios de las culpas de la propiedad privada, y permitir (al menos) algunas sospechas en otra dirección. Y cuando la Metropolitana persigue a vendedores ambulantes migrantes porque “destruyen el laburo”; cuando se modifica el rol de las FFAA para “defender las fronteras, externas e internas”; cuando un Senador Peronista atribuye la pobreza a que Argentina es la “variable de ajuste social” de países limítrofes, los distintos disfraces no permiten ver que allí insiste una misma matriz ideológica: la chauvinista, esa que de inmediato responsabiliza a los inmigrantes de todos nuestros  males económicos. Se trata además, en el último caso, de una fracción peronista (la “racional”), que resulta así exponente de una ideología acerca de la cual deberíamos velar porque su peso específico en la concertación de fuerzas populares sea el menor posible. Un elemento residual.

De ese peronismo, sin embargo, se aleja otro. Uno que hace de la Patria un espacio más moral que territorial; más una geografía afectiva que efectiva. Ese que vino a decir que la Patria es el otro (el otro peruano, el otro haitiano, el otro senegalés), porque ya comprende que “Patria” es uno de los significantes claves para la disputa por-venir. En el plano de la realpolitik, el paraguas semántico de la “Patria Grande” también sugiere esa comprensión, al haber intentado poner en marcha instituciones y organismos multilaterales que permitieran a los países latinoamericanos una defensa mutua, en tanto común es su carácter de capitalismos periféricos (ahí están la CELAC y la UNASUR, hoy no casualmente amenazadas). Lo que en uno y otro sintagma se trasluce es la sospecha de que los límites políticos nacionales (y su contrapartida ideológica: el chauvinismo) constituyen un fuerte obstáculo para los procesos de emancipación social, humana y continental.

Hay por delante un inmenso y descomunal trabajo ideológico, político-cultural. Reducido a un interrogante, que quizás podría formularse así: ¿cómo evitar que de la fascinante imagen del vendedor inmigrante en Once se concluya que la solución pasa por endurecer el control migratorio y no por realizar hondas transformaciones estructurales? O, por volver al lenguaje de las consignas, ¿cómo convertir el “internacionalismo empresarial y el patriotismo social”, propio de las élites, en un “patriotismo empresarial e internacionalismo social”? Para lograr esta inversión, lo primero que deberíamos poder construir es un horizonte de ideas que tienda a ver las crisis económicas y sus secuelas sociales más ligadas al hecho de que 60 personas concentran la riqueza de medio planeta que a un grupo de senegaleses que venden anteojos en avenida Pueyrredón para no morirse de hambre.

 

*Lic. En Ciencias de la Comunicación. Docente de la Universidad de Buenos Aires

FM La Patriada

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