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Prácticas, nada más

Roque Farrán apuesta por cambiar la vieja pregunta "¿qué hacer?" por "¿qué hacemos?" para abrir un interrogante sobre nuestras prácticas. Así, estima que la práctica clave que puede desestabilizar el sistema regulador y reproductivo que comanda la lógica neoliberal es la "práctica ética". Y entiende que "el principal aparato ideológico a cuestionar y transformar lo constituyen los medios de comunicación y la subjetividad troll que estos retroalimentan sin cesar".

Por Roque Farrán*

 

Práctica política

Propongo cambiar la vieja pregunta “¿qué hacer?” por “¿qué hacemos?”. Interrogarnos en concreto por nuestras prácticas. En democracia, sabemos, cualquiera puede opinar sobre cualquier cosa, aunque las efectividades varían: no siempre se producen los efectos deseados. Puede suceder, por ejemplo, que alguien se exprese en redes sociales como si se tratase de un discurso en una asamblea, o lo haga en un diario como si se tratase de una decisión ejecutiva, etc. Hay gran confusión respecto a los planos o niveles en los que se inscriben nuestras prácticas, no solo comunicativas, sino políticas, teóricas, ideológicas, etc. Y los medios que levantan las diversas opiniones, según sus intereses, contribuyen a la confusión reinante.

La desorientación respecto a lo que se hace no es nueva, y puede afectar incluso a los espíritus más cultivados. Vaya un célebre ejemplo. La anécdota es conocida: el pintor Degas se queja ante Mallarmé y le dice que tiene muchas ideas en la cabeza pero no puede escribir ninguna poesía, a lo que el poeta responde: “Es que la poesía no se hace con ideas, sino con palabras”. A veces se trata de un simple señalamiento o rectificación respecto a la materia en cuestión o los modos de trabajarla, para poder situarse ante lo real: ¿Cuál es la materia con que trabajas?, ¿cuáles son tus medios y técnicas?, ¿cuáles las relaciones sociales en que se inserta tu práctica?, ¿cuál es el producto, es decir, lo que deseas producir en efecto a partir de ello? El materialismo ayuda a disipar las confusiones idealistas inherentes a toda práctica, que incluso pueden llegar a hacer sufrir mucho a los sujetos que permanecen escindidos de la materialidad de los procesos, que no tienen los medios necesarios o desconocen las relaciones en que se insertan.

Para transformar cualquier materia: las palabras, las ideas, los cuerpos o dispositivos, hay que saber a qué atenerse. Y no solo saber, sino disponer del deseo para afrontarlo. También sucede a nivel de lo político y del Estado, ahora que surgen conflictos de intereses y contradicciones en el mismo Frente de Todos. Hay que ver caso por caso, situación por situación, nivel por nivel, coyuntura por coyuntura, pero de todas formas resulta imprescindible entender la materialidad del Estado en su composición compleja, para no caer en visiones voluntaristas bien o mal intencionadas. Poulantzas define excelentemente esta materialidad del Estado: “Las contradicciones en el seno de las clases y fracciones dominantes, las relaciones de fuerza en el seno del bloque en el poder, que reclaman precisamente la organización de la unidad de este bloque por intermedio del Estado, existen, pues, como relaciones contradictorias anudadas en el seno del Estado. El Estado, condensación material de una relación contradictoria, no organiza la unidad política del bloque en el poder desde el exterior, resolviendo con su simple existencia y a distancia las contradicciones de clase. Muy al contrario, es el juego de estas contradicciones en la materialidad del Estado el que hace posible, por paradójico que pueda parecer, el papel de organización del Estado.” No se trata entonces de realismo o pragmatismo, la llamada “rosca política”, sino de entender la materialidad de todos los componentes de una práctica para así poder apuntar a su transformación efectiva, lejos del idealismo, el voluntarismo y la ingenuidad que siempre resuman impotencia. El deseo que habilita la inteligencia del caso, el poder trabajar con cierta materia y soportar sus relaciones, no se juega en toda práctica para cualquier sujeto. Las prácticas son formadoras de sujetos, no solo transformadoras de objetos (praxis y poiesis juntas).

 

Prácticas de sí

El problema es que las disciplinas y profesiones, los títulos e incumbencias, nos han desquiciado bastante. La perspectiva materialista trata de mostrar la especificidad de cada práctica a la vez que sus inescindibles relaciones, esto es, lo que Althusser llamaba su sobredeterminación compleja. Entender que así como hay una práctica cuya materia son las palabras, otra cuya materia son las ideas, otra cuya materia son los números, etc., prácticas que operan con distintos medios e instrumentos, que se insertan en similares –aunque no idénticas– relaciones sociales, jurídicas, políticas e ideológicas, etc., que producen a su vez distintos objetos; también hay prácticas de sí cuya materia resulta ser el sujeto mismo: el modo singular por el cual este se sitúa en relación a las demás prácticas y relaciones sociales. Si hay algo que nos enloquece socialmente es no entender que el sujeto no es un término rígido identificante (médico, maestro, psicoanalista, científico o político), sino un complejo relacional sostenido por un ethos de reflexividad continua, ligado al cuidado y al uso, cuya especificidad debe ser atendida.

Y no se trata de fomentar un productivismo extendido o hacer de la lógica económica la guía de todas las demás prácticas. No hacer nada, por ejemplo, puede ser una práctica de sí rigurosa. Sino obsérvese la meditación zen. Hasta aquella que se podría considerar el grado cero de toda práctica implica algunos mínimos movimientos: desplazar y acomodar objetos, disponer un lugar, hacerse tiempo, etc. No hay práctica que no conlleve una cierta transformación de la materia, aunque mas no sea la ínfima corriente de aire que se produce al inhalar y exhalar de determinada forma. Las prácticas de sí son las más difíciles de apreciar porque sus operaciones son sutiles, casi invisibles. Otro tanto sucede con las prácticas teóricas, cuyos principales materiales son los conceptos; pese a que la visibilidad e idealización de los libros que los exponen suelen ser un objeto apreciado, normalmente se considera que eso queda allí: no hay uso ni consecuencias.

 

Práctica teórica

En ese sentido, pese a la subestimación que opera sobre su efectividad (sin dudas debido a ciertas valoraciones sociales no problematizadas), tendríamos que poder aportar desde la práctica teórica a la resolución de los problemas urgentes que nos solicitan: el hambre, la deuda, la violencia. Este aporte quizá no sería grandilocuente ni tendría gran visibilidad, pero permitiría al menos entender cómo se conectan y retroalimentan entre sí estos problemas acuciantes, que responden a una misma problemática: el neoliberalismo. El concepto filosófico permite distinguir niveles y prácticas (económicas, políticas, ideológicas, éticas) que se combinan y articulan de manera específica produciendo los síntomas urgentes que hoy padecemos. El pensamiento filosófico crítico funciona así como diagnosticador de la sintomatología social en su conjunto y permite vislumbrar posibles tratamientos.

Atacar los problemas simultáneamente exige, además de la movilización de ingentes recursos y de decisión política, una lectura clara de la coyuntura y su sobredeterminación. Poder pensar que una cosa no excluye la otra (el hambre, la violencia de género, la pobreza); que las respuestas tienen que ser articulaciones simultáneas y en múltiples niveles de intervención; que los recursos tienen que distribuirse según las sensibilidades y capacidades propias (no es que haya quienes sean mejores que otros en términos absolutos); que las temporalidades son distintas pero se pueden anudar virtuosamente (no la sucesión rígida que exige hacer primero una cosa y olvidarse de las demás), etc. La práctica teórica no sirve simplemente para dar clases sobre autores y tradiciones, para escribir artículos o libros, sino que puede ayudar a pensar la resolución de problemas concretos, su replanteamiento radical, en cualquier nivel o instancia de las otras prácticas. No nos sirve el lenguaje neoliberal de “evaluación de impactos” para proyectos e intervenciones; el lenguaje y los modos de evaluación son parte del problema a replantear.

 

Nodaléctica

Me gustaría apuntar, para concluir, cuatro cuestiones elementales a considerar en relación a las prácticas. Primero, situar la especificidad o singularidad de las prácticas, cuáles sean estas, sin definirlas por valoraciones a priori (no hay fin ni principios en un pensamiento materialista, sino recomienzos incesantes), ni hacer listas cerradas de ellas; esto es, atender a sus materiales específicos, medios de producción y técnicas, sus relaciones con otras prácticas e instancias, su apertura genérica y variaciones, etc. A partir de ahí se abre la interrogación por su eficacia propia e incidencia en el conjunto de prácticas de una formación social dada: la sobredeterminación señalada.

Este es el segundo punto a tener en cuenta: ninguna práctica, por más que guarde su especificidad y autonomía relativa, deja de afectar y ser afectada por otras prácticas e instancias de las cuales se nutre y a su vez contamina (toma materiales y técnicas según su modo y conveniencia); la potencia de actuar se puede incrementar o no en función de ello, la evaluación de la potencia transformadora de las prácticas se da así de manera inmanente y no según fines o principios prefijados de antemano. De este modo se pueden modificar las relaciones y marcos en que se inscriben las prácticas, apuntar estratégicamente a ciertas combinaciones entre ellas, apelar a distintos materiales, producir otros efectos, etc. Este señalamiento sirve para no subestimar ni sobrestimar las prácticas en lo que respecta a la transformación del conjunto.

El tercer punto que quisiera señalar es la economía política que orienta a las prácticas materialistas; se trata de practicar por practicar, por deseo de experimentación y transformación, no en función de fines y búsqueda de resultados impactantes, por eso las verdaderas prácticas transformadoras y potentes son abiertas y generosas, se guían por una economía general del gasto que no contabiliza ganancias ni capitalizaciones (lo que advenga como resultado en términos de ganancias, reconocimientos, retribuciones, resoluciones, etc., no será rechazado si contribuye a la práctica, pero no regula sus fines). En este sentido, las mediciones y estadísticas son un instrumento más, pero no determinan el ethos materialista que orienta a las prácticas.

Por último, la práctica teórica que sostengo, llamada nodaléctica materialista, parte de la tópica marxista althusseriana para complejizarla y enriquecerla con otras prácticas indagadas por Foucault y por algunos teóricos que toman en cuenta los nuevos desarrollos tecnológicos (los aceleracionistas): prácticas de sí y ejercicios espirituales materialistas, conocimiento y uso de las redes sociales y nuevas tecnologías digitales, etc. Además, desplaza el “punto nodal estratégico” y sitúa el aparato ideológico dominante (AIE), según la clásica nominación althusseriana, en otro lado. Hoy, la práctica clave que puede desestabilizar el sistema regulador y reproductivo que comanda la lógica neoliberal es la práctica ética, en tanto se encuentra entrelazada suplementariamente a otras prácticas. Por consiguiente, el principal aparato ideológico a cuestionar y transformar lo constituyen los medios de comunicación y la subjetividad troll que estos retroalimentan sin cesar. Nodaléctica desea contribuir a la constitución de un sujeto ético-político que pueda hacer uso de los distintos saberes, anudar las distintas prácticas, e incida así en la transformación de la sociedad en su conjunto, porque la lógica neoliberal que hoy gobierna en todos los niveles nos está llevando hacia un punto de autodestrucción de difícil retorno.

 

*Psicoanalista, doctor en filosofía e investigador de Conicet.

Ilustración: Peter Seelig, Viena, 2019.

 

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