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Política, democracia y felicidad

Si la modernidad había rebajado las pretensiones de la política ubicando en el objetivo de nuestra vida en común ya no la felicidad sino la mera supervivencia, ahora tenemos frente a nosotros bloques de poder que ni siquiera se preocupan por la conservación de la vida de todos y todas. Nuestra apuesta debe ser reconstruir una política que recupere el objetivo de la vida feliz | Por Nahuel Sosa y Mauro Benente.

Diseño: Cooperativa Gráfica del Pueblo

*Por Nahuel Sosa y Mauro Benente.

A Platón le preocupaba la democracia. De acuerdo a lo que se lee en Leyes, un gobierno que no se fundamentara en la pertenencia familiar, la riqueza o la sabiduría generaba un problema, mejor dicho un escándalo.

La democracia desobedecía las leyes del saber y la fortuna ya que permitía que una turba sin cualidades ni dones pudiera decidir. Aquello que hoy llamaríamos popular resultaba peligroso, y ese riesgo radicaba en que la democracia era el gobierno de los nadies, de la parte que no tenía parte en los términos de Rancière. La democracia no era sinónimo de estabilidad, más bien lo contrario, en su esencia estaba la posibilidad de la anarquía, del desorden, el caos que se genera cuando los sin partes reclaman su parte.

Atenas del siglo V es la cuna de la democracia, pero en su lecho no encontramos teorías políticas que la respalden. Más allá del discurso fúnebre de Pericles narrado por Tucídides y algún pasaje de los denominados sofistas, el pensamiento ateniense fue hostil de la democracia.

Sin embargo, no fue hostil a la búsqueda de felicidad de los atenienses. Aunque negada a las mujeres, extranjeros y esclavos, el horizonte del régimen político pensado por Platón y por Aristóteles era la felicidad de los ciudadanos. La modernidad rebajó las pretensiones de la política y desplazó el objetivo de la felicidad de la vida por la mera conservación de la vida. Si la pregunta política antigua era cómo organizarnos para vivir juntos y ser felices, la pregunta moderna es como organizarnos para vivir juntos y (o para) sobrevivir.

En la actualidad, la democracia occidental, en tanto orden político y social, se encuentra cuestionada. Y es que, en muchos países, esta democracia coexiste con un modelo económico que siembra desigualdad y no da respuesta a necesidades básicas. De hecho, a pesar de la reciente crisis del 2008, donde múltiples discursos sobre regulación del sistema financiero internacional coronaban cumbres internacionales, la desigualdad global sigue en aumento.

Esta desigualdad convierte a nuestras democracias en tierra fértil para que florezcan tendencias políticas de derecha y extrema derecha, que encuentran en un simplista discurso de orden la solución a problemas centrales de redistribución de la riqueza y del poder. Discursos que ya no solamente no se preocupan por la felicidad de nuestra vida en común, sino que ni siquiera se preocupan por las condiciones de supervivencia de vastos sectores sociales.

Rechazo, represión y negación de derechos frente a los inmigrantes que invaden nuestras calles, rechazo y olvido frente a los pueblos originarios que ocupan nuestras tierras, frente al feminismo que desintegra a las familias, frente a los choriplaneros y vagos que viven a costas del trabajo ajeno. En resumen, culpabilización y rechazo a quienes son subalternizados por viejos y un nuevos regímenes económicos, políticos y culturales.

Buena parte de esos discursos de rechazo, represión y negación de derechos se estructuran a partir de una gramática del orden. No en todos los casos, no en todas las manifestaciones, este discurso de orden se tiñe de discursos de odios. Las identidades políticas colectivas necesitan de otro, de un exterior que constituya la propia identidad. En algunos casos, no en todos, los discursos de orden se construyen ya no a la luz de una distancia con los otros y las otras, sino a partir de un odio profundo.

Este escenario que describimos no está eximido de paradojas. Así como en el plano cultural y político hay una constante apelación al orden, y no a cualquier orden sino a uno marcado por los rechazos y negaciones de derechos a grupos históricamente subalternizados, en el plano económico reina el desorden y la incertidumbre.

La pandemia ha puesto al desnudo muchas contradicciones en el campo de la economía, la salud y la política. Las personas estamos de nuevo frente a un espejo roto, que refleja los límites de un capitalismo financiero y voraz

La apología a la incertidumbre es una receta muy frecuente para justificar la estigmatización de quienes no quieren flexibilizarse, precarizarse, autoexplotarse para adaptarse a sus vaivenes. El cambio constante, entonces, es la forma evolutiva más alta y descarnada que nos impone el mercado.

No es un cambio social, es un cambio individual, un cambio al interior de uno mismo. Como decía una de las primeras ejecutoras de las políticas neoliberales, Margaret Thatcher: No existe algo así como la sociedad, solo existen los individuos. Por tanto, es un cambio sin conflicto. Uno de los grandes éxitos culturales del neoliberalismo ha sido negar el conflicto en nombre del diálogo, mientras implementa políticas económicas que aumentan la conflictividad social. En simultáneo, las dramáticas consecuencias de estas políticas han instalado una grieta que ha servido para justificar un modelo de explotación, precarización y estigmatización social.

La pandemia ha puesto al desnudo muchas contradicciones en el campo de la economía, la salud y la política. Las personas estamos de nuevo frente a un espejo roto, que refleja los límites de un capitalismo financiero y voraz, pero también el desafío de animarnos a pensar y poner en práctica sociedades alternativas.

Siempre es bueno recordar que el neoliberalismo es un proyecto económico, pero también cultural: no puede aplicar sus políticas económicas si no construye determinadas narrativas culturales. Con la pandemia En apenas segundos se viralizó el hashtag #TeCuidaElEstadoNoElMercado, mientras la consigna central contra el Covid-19 -“Nadie se salva solo”- conduce directamente a un choque contra el espíritu individualista y autosuficiente de buena parte de los discursos meritocráticos.

Frente a esta crisis en su capacidad de producir sentido común, ciertas élites han reaccionado de una forma extremadamente agresiva, apostando a los discursos de odios, la despolitización, las falsas dicotomías (libertad o autoritarismo, economía o salud) e incluso la idea misma de democracia. El establishment promueve de forma cada vez más explícita prácticas y discursos que atacan por doquier cualquier noción básica de igualdad y justicia social.

Es difícil predecir cómo será la salida de la pospandemia, pero frente a una posible radicalización de las políticas neoliberales y de ciertos discursos de odio camuflados bajo el manto del orden, vale la pena aplicar las máximas #TeCuidaElEstadoNoElMercado y “Nadie se salva solo” a todas las esferas de nuestras vidas, y no únicamente a los momentos en los cuales el sistema sanitario puede encontrarse en emergencia.

Hacia nuevos imaginarios. Disputar la nueva normalidad

Una frase que se adjudica tanto a Frederic Jameson como a Slavoj Žižek predica que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Miles de series, películas, novelas, cuentos, nos describen pestes, terremotos, tsunamis, invasiones extraterrestres que podrían acabar con la humanidad. Pocas, por no decir ninguna, nos dicen cómo sería un futuro poscapitalista o anticapitalista. Netflix, Disney, HBO, FOX hacen de las distopías una narrativa aggiornada del fin de las ideologías, vieja narrativa antipopular que fue furor en los noventa y que se expresaba en “el fin de los grandes relatos”, para que nos creyéramos que había llegado la hora de las experiencias pequeñas, fragmentadas, los individuos en su presente. Nuestras subjetividades se organizan de ese modo, sobre la base de la inmediatez: la falta de garantías y de derechos se embelleció con el culto del presente.

Álvaro García Linera, en una reciente conferencia, desarrolla una aguda descripción del derrumbe material y simbólico de la globalización neoliberal. Señala que ha fracasado en todos los órdenes y que, suceda lo que suceda, el día después no nos encontrará regresando al modelo estatal puesto a disposición de la circulación libre de los capitales especulativos:

“Cuánto durará este retorno al Estado –se pregunta García Linera–, es difícil saberlo. Lo que sí está claro es que, por un largo tiempo ni las plataformas globales, ni los medios de comunicación, ni los mercados financieros ni los dueños de las grandes corporaciones tienen la capacidad de articular asociatividad y compromiso moral similar a los Estados. Que esto signifique un regreso a idénticas formas de estado de bienestar o desarrollista de décadas atrás no es posible porque existen unas interdependencias técnico-económicas que ya no pueden dar marcha atrás para erigir sociedades autocentradas en el mercado interno y el asalariamiento regular. Pero, sin Estado social preocupado por el cuidado de las condiciones de vida de las poblaciones seguiremos condenados a repetir estos descalabros globales que agrietan brutalmente a las sociedades y las dejan al borde del precipicio histórico”.

La pregunta central entonces es: ¿Qué tipo de Estado necesitamos para atravesar esta etapa que se viene? ¿Cuál es mapa geopolítico que va a prevalecer? ¿Vamos hacia un mundo más elitista, unipolar, a disposición de la nueva etapa de acumulación del capital financiero, o vamos por una transición hacia el multipolarismo, con formas de cooperación internacional distintas y la posibilidad de imaginar, al menos, esquemas mundiales poscapitalistas?

En América Latina contamos con el privilegio de tener en la memoria colectiva reciente una variedad caleidoscópica de experiencias nacionales y populares que, en pleno siglo XXI, una vez que consiguieron conquistar por la vía democrática el gobierno del Estado, cuestionaron el dominio neoliberal.

Cada una de las experiencias nacionales, y las lógicas de integración regional, con sus aciertos y errores, trazaron un sendero que hoy nos permite contar con una mirada más concreta y precisa sobre las posibilidades de transformación que se dibujan en el horizonte.

Es innegable que el rol del Estado volvió a estar en el centro de la escena. Esto requiere repreguntarse por el tipo de estatalidad que se quiere construir. En estos meses de pandemia han aparecido nuevas demandas, mientras que otras ya existentes han cobrado un renovado protagonismo.

También se han consolidado renovadas agendas: Reforma tributaria, impuesto a la fortuna, desglobalización, plan Marshall criollo, la cuestión ambiental y el Green New Deal, la economía informal, nuestra cultura financiera y la idealización del dinero efectivo frente a los pagos electrónicos, la virtualización de la vida, el teletrabajo, la bancarización de nuestros datos, la educación a distancia, políticas del cuidado.

Discutir el qué, el para qué y sobre todo el cómo se implementan, porque no son agendas neutrales, son parte de un mundo que está en transición y por lo tanto en disputa. Instalar agendas es disputar la hegemonía.

Las urgencias estructurales que los movimientos sociales sintetizan en el programa de las “tres T”: Tierra, techo y trabajo, son deudas persistentes de la región. Planteos que en otras condiciones resultaban utópicos, hoy comienzan a ser evaluados como posibilidades concretas: Entre ellos se destaca el Salario Universal, una propuesta que se propone garantizar para toda la población un piso mínimo de ingresos, y que ya cuenta con antecedentes exitosos como en caso argentino con la AUH, el Salario Social Complementario o el Ingreso Familiar de Emergencia.

Debemos darnos la posibilidad de imaginar el fin de la desigualdad, el fin de la acumulación desmedida en unas pocas manos, el fin de la invisibilidad de los invisibles. Debemos construir agendas nacionales y regionales que apunten a priorizar políticas públicas que favorezcan el reparto de la riqueza, fomenten la participación y generen cadenas equivalenciales de demandas nuevas y viejas en pos de la construcción de un sentido común dominante que priorice el bienestar y ponga como protagonistas a quienes hoy se encuentran más vulnerados y vulneradas.

Si la modernidad había rebajado las pretensiones de la política ubicando en el objetivo de nuestra vida en común ya no la felicidad sino la mera supervivencia, en la actualidad tenemos frente nuestros ojos bloques de poder que ni siquiera se preocupan por la conservación de la vida de todos y de todas.

Nuestra apuesta debe ser reconstruir una política que, como los antiguos, recupere el objetivo de la vida feliz. Pero, a diferencia de los antiguos, que piense esa felicidad no para unos pocos sino para todos y todas. Y debemos pensar y construir esa felicidad entre todos y todas, aunque ello represente un escándalo para quienes insisten en que solo unos pocos tienen los títulos para hacerlo.

*Nahuel Sosa es Sociólogo y Abogado. Docente UBA. Asesor experto de la Jefatura de Gabinete y Director del Centro de Pensamiento Génera.

Mauro Benente es Doctor en Derecho. Profesor en la UBA y la UNPAZ. Vicepresidente del Consejo de la Magistratura de la provincia de Buenos Aires.

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