Ni individuales ni colectivos ¿Qué sujetos para la emancipación? por Roque Farrán*

Ni individuales ni colectivos ¿Qué sujetos para la emancipación? por Roque Farrán*

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sábado, 05 mayo 2018
Ensayos

La antigüedad grecorromana vivió durante siglos una moral cívica que se resumía en la frase: “sólo nos puede gobernar honorablemente un hombre capaz de gobernar sus propias pasiones”. Entre iguales, obedecer a otro (heteronomía) es lo mismo que obedecerse a sí mismo (autonomía), en tanto en un sentido como en otro lo que orienta el buen gobierno es ante todo una relación ética virtuosa. Sin embargo, también hubo largos siglos en que gobernaron tiranos que hacían ostentación de su inmoralidad y la plebe parecía amarlos aún más que a los virtuosos. Nerón, por ejemplo, quien exhibía sus riquezas y se posicionaba por encima de la moral común. Esta paradoja se explica porque ya no se trataba de una relación de gobierno entre iguales, pues, como dice Vernant, “un plebeyo, que se indignaría si uno de sus pares en la miseria pretendiera darle ordenes, aceptará con toda el alma obedecer a un amo cuya superioridad, probada por signos exteriores, es manifiesta (…) no es humillante someterse a un hombre que no pertenece al común; el humilde orgullo del plebeyo exige la desigualdad, la asimetría.”[1] Creo que este modo de gobierno asimétrico explica muy bien cómo, incluso en democracia, hay quienes se someten a un amo que no puede gobernarse a sí mismo porque carece de virtudes morales y se cree exceptuado de responder a las obligaciones del resto; claramente hay un problema de individuación en esa mutua dependencia. El sujeto tiene que producirse a través de una diferencia ética que es, a su vez, irreductiblemente política en tanto afecta el modo de gobernarnos a nosotros mismos.

Una de las disputas clave que tenemos que dar, tanto en el campo popular y democrático como en el plano del pensamiento crítico, apunta por ende a los modos de constitución de sí (cuidado y gobierno de sí); considero que allí se define uno de los puntos estratégicos de la avanzada del neoliberalismo en el campo actual de batalla y lo peor que podemos hacer es retroceder o ignorarlo. No hay pensamiento crítico que no implique las prácticas de sí, ni constitución de un campo popular que resista el embate neoliberal si no encuentra modos espirituales propios de ejercer la formación de los sujetos implicados. Considero que las diferencias individuales que nos constituyen, no sólo no se oponen a la configuración colectiva que nos potencia, sino que forman parte inherente de ella misma; por eso hay que evitar la vieja contradicción entre lo individual y lo colectivo, como entre lo teórico y lo práctico, y dar un uso singular a los saberes.

A veces, creo que todo el malentendido pasa porque hay quienes están convencidísimos de habitar un yo, una estructura ontológica, una tradición, un Estado, una clase, una continuidad temporal, etc. y entonces: o bien aman todo eso, o bien lo detestan; es la división clásica entre conservadores y revolucionarios, en todos los planos: espiritual, filosófico, político, etc. Pero hay quienes no pensamos en absoluto que tengamos nada de eso asegurado de antemano, sino que, en el mejor de los casos, tenemos que constituirlo: es un trabajo, una tarea infinita, inacabable, genérica, común, y sin garantías en cuanto al resultado. Aquí basta mencionar las típicas oposiciones entre autonomismos y estatismos, entre clasicismos y vanguardismos, entre rupturismos y continuismos; divisiones que muchas veces se juegan al interior del campo popular y democrático para el beneficio eterno de la derecha que sabe resolver muy bien sus diferencias, cuando de conservar privilegios se trata.

Cualquiera que se propone pensar se da como objeto de estudio, además del mundo y los otros, su yo. Pero no yo en tanto vicisitud más o menos biográfica, conjunto de representaciones imaginarias, vividas o fantaseadas, nudo de determinaciones económico-políticas y culturales que me exceden, sino algo bien concreto y material: yo en tanto hueco cubierto apenas por algún semblante (p. e., un nombre propio, una sentencia oracular, un destino) que me permite interrogarme a través de los otros, las cosas, el mundo, tan lejos, tan alto y tan profundo como (se) desee. Hay un planteamiento estratégico en esta extraña y desconcertante definición del objeto de la crítica y el pensamiento situado. En tiempos de Spinoza, por ejemplo, el término clave en torno al cual se dirimían todas las disputas (políticas, filosóficas, científicas, religiosas) era Dios. El gran pensador holandés, a diferencia de otros ilustrados, apeló a una estrategia radical que no consistió en rechazar o desestimar el término, sino en reconceptualizarlo de una manera absolutamente racional a través de la cual dejaba desarmados a sus principales adversarios: los teólogos. Althusser habló en ese sentido de “dar vuelta los cañones”.[2] Hoy pienso tenemos que hacer lo mismo, repetir la audacia y rigurosidad de aquél gesto: pero el término clave es el Yo y los teólogos son los periodistas, formadores de opinión, y demás coachs del alma. Necesitamos trabajar los conceptos, expropiarlos y reapropiarlos en función de nuestra propia apuesta política, y eso no está exento de rigurosidad, al contrario: la asume de manera intelectualmente honesta.

Para pensar las distintas orientaciones que hacen al concepto de individuo, como propone Vernant, podemos ensayar a la par las aproximaciones de género literario que les corresponderían. Al individuo sensu stricto le corresponde la biografía, el simple relato de una vida. Al sujeto, en tanto individuo que se historiza en nombre propio, le corresponde la autobiografía. Por último, al yo o la persona que vive una experiencia íntegra de interioridad, le corresponde el género de las confesiones o diarios íntimos. Me simpatiza esta serie de sutiles diferencias, aunque yo propondría, además, una vuelta suplementaria del sujeto que anude los anteriores y le dé cierto rigor al concepto: i) singular y autónomo respecto a los grupos e instituciones, pero no sin ellos; ii) plegado sobre sí a través del índice de un nombre propio que lo distingue, pero no lo priva de nombrar otras cuestiones e instancias; iii) atravesado en su interioridad por una experiencia radical del afuera que lo constituye, pero no le permite cerrarse sobre sí mismo. En la intersección de estos tres registros se encuentra el sujeto ético-político “new look” que me interesa pensar, y el género literario que le corresponde, según he propuesto en otros escritos, es el “diario ex-timo” o hypomnémata -tal como concibo su uso actual en el muro de Facebook (aunque bien podría ser otro). Esto quiere decir que lo que se expone y escribe no solo tiene un fin comunicativo sino esencialmente formativo.

Es sabido que Marx en el “Prólogo” de El capital, desresponsabiliza al individuo de las relaciones sociales por las cuales este se constituye: “Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como ‘proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social’, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.”[3] Pero desde el psicoanálisis, al menos, sabemos que es clave para producir cualquier cambio real en el sujeto que éste se interrogue activamente por las estructura inconscientes que lo sobredeterminan. La perspectiva ética y la perspectiva política, así como la función explicativa y la función formativa de prácticas y discursos, se suelen contraponer. Hace tiempo insisto que con saber no basta, no se puede ni interpretar ni transformar el mundo verdaderamente si, al mismo tiempo, no nos transformamos a nosotros mismos; tenemos que responsabilizar a los sujetos por los intereses, relaciones y cargas que portan y, a la vez, mostrarles que hay vías concretas para trabajarlas y transformarlas.

Entonces, no creo que haya que oponer a las ideas de “individuo”, “esfuerzo personal” o “mérito”, las correlativas de “colectivo”, “trabajo social” y “lazos de solidaridad”; hay que mostrar más bien cómo unas no se dan sin las otras, que ambas son mutuamente necesarias, y la operación ideológica por excelencia consiste en invisibilizar, subestimar o subordinar los pares contrarios (operación que se sostiene, claro, en esta primaria dicotomización). No puede haber individuo que avance y alcance cualquier logro en la vida sin una red de lazos solidarios que lo sustente y produzca en distintos momentos y niveles; a su vez, no existe trama social productiva y vivificante si no se alimenta de esas diferencias individuales que, cada tanto, dan un salto de nivel y de capacidad de integración, transferencia y traducción de operaciones que la enriquecen.

En este mismo sentido, hace poco leía una aclaración muy básica de una psicoanalista en la que decía que “querer no es lo mismo que desear”. Lo cual está muy bien. El ejercicio de las distinciones es muy importante, como un primer paso, en el campo del saber. Y sin embargo: hay que dar un poco más, algunos pasos más, hasta descompletar el saber y dar lugar a la verdad que lo excede. La verdad, más que separaciones taxonómicas, opera por trenzados rigurosos. Porque si no se cae en una escolástica inútil que se traduce, en el ámbito de la vida cotidiana y en el campo de las relaciones de saber-poder, en maniqueísmo e incomprensión. Por ejemplo, nos preguntamos por qué el discurso ideológico de la derecha suele tener cierta efectividad, es decir, pese a todas las barbaridades cometidas interpela aun a ciertos sujetos. Sucede que no podemos conformarnos con oponer simplemente al privilegio puesto en el yo y el narcisismo individual el sujeto puro del deseo; o al simple querer voluntarista las paradojas eternas de la pulsión; o al futurismo recalcitrante una veneración sacralizada del pasado, y así. Necesitamos mostrar que las distintas instancias que nos constituyen (el yo y el sujeto, el deseo y la pulsión de autoconservación, eros y thanatos, la voluntad y el goce, la historia y el presente, el futuro anterior, etc.) se encuentran entrelazadas y que el discurso más efectivo, por ser realista, materialista y racional al mismo tiempo, es el que las piensa en simultaneidad y puede mostrar así sus giros, entreveros, alternancias y mutuas implicaciones. Por eso insisto, quizás esos pasos de más que debemos dar en el campo del saber, no son un mero ejercicio de erudición o escolástica, pues pueden encontrar resonancias oportunas para cambiar las cosas en el campo de las relaciones de poder y de la interpelación ideológica, al reencontrar la efectividad perdida en el anudamiento inescindible con las cuestiones relativas al cuidado de sí y de los otros. Por ejemplo, si el fin del psicoanálisis consiste en establecer la máxima distancia entre el ideal y el objeto, la filosofía estoica busca establecerla entre el Yo puntual (que participa de las constricciones y ambiciones mundanas) y el Yo racional (que participa de la racionalidad divina). En los dos casos no se trata de ninguna fuga hacia otro mundo, sino de una reubicación concreta y material en torno a éste, luego de ese recorrido espiritual que muestra la máxima distancia entre los dos polos que hacen al sujeto (dividido pero íntegro en su formación).

¿Se trata de perderse a sí?, ¿se trata de encontrarse a sí?, ¿se trata de superarse a sí?, ¿o se trata de constituirse a sí? ¡Sí! Se trata de responder al unísono sabiendo qué parte de sí se destina a cada pregunta. Porque el sujeto no es ninguna de ellas en exclusividad, sino el movimiento mismo que, ante cada pregunta, lanza una respuesta (incluido, por si no se oye, el silencio). Resulta difícil darse cuenta hasta qué punto el aborrecimiento del yo, de la propia persona y/o del sujeto (cualquiera sea el término que indique cierta ipseidad), proviene más de nuestra herencia cristiana que de las apresuradas recepciones pseudo-orientales en las que se solazan los detractores contemporáneos de toda identidad (bajo la consigna maximalista de renuncia al ego). La reflexividad, la relación de sí consigo, no es para nada evidente, ni primaria, ni está garantizada; quizás el engaño proviene de aquel primitivo reflejo imaginario (especular) en el que nos hemos precipitado y habituado tempranamente a reconocernos, como ha mostrado el psicoanálisis. Pero el espejo no es el único, ni siquiera el modo más fidedigno -se sabe- de acceder a nosotros mismos. La pulsión, por ejemplo, también es reflexiva. La escritura, las prácticas de sí, configuran modos de reflexividad que no se estañan en la sola imagen.

Para concluir. Pienso que la revolución de nuestro tiempo pasará por el modo de uso que le imprimamos a los medios de producción y herramientas con que contamos. Incluso si teóricos. No son legalmente nuestros, por supuesto, pero la clave es cómo nos los reapropiamos mediante un uso singular que los desapropia parcialmente y nos libera en el acto. Foucault al final de su vida habló del uso de los placeres, interrogándose sobre la problemática sexual y lo que la excedía; Agamben, siguiendo su huella, habla del uso de los cuerpos; por mi parte, insisto hace tiempo en el uso de los saberes. El asunto es qué hacemos con lo que nos hace. Incluso si nos envenena o nos arroja al borde de la muerte. Hace poco, por ejemplo, veía una entrevista realizada a un trabajador que había estado expuesto a los agrotóxicos, lo cual le había producido deformaciones visibles en todo el cuerpo, y no obstante él había extraído de ese mismo horror un saber y un posicionamiento político decidido para transmitir a la población y a las autoridades los peligros que entraña la impunidad total de la cual gozan los empresarios inescrupulosos. Aun al borde de la muerte, y con más razón que nunca: uso de los saberes, uso de los cuerpos, uso de los placeres, uso de la palabra… La vida es aquello que es capaz de error, de errar, de equivocarse; la muerte es certera, estúpida, definitiva. Pero el deseo, que se trenza entre la una y la otra, puede transferir algo de certeza a la vida en el errar, algo de equívoco a la muerte en vida. Desde este humilde medio no podemos parar misiles ni movilizar protestas ni detener operaciones, lo que se hace aquí, si acaso, es escribir; y como cualquier escritura, su única chance es introducir una mínima desviación en la inercia significativa de la materialidad ideológica, en los automatismos de repetición inerte que fija el sentido común; nuestra única chance es producir un mínimo resquicio de duda, una infinitisemial distancia entre eso que se oye o lee habitualmente y eso que se olvida recurrentemente del decir, del acto, del ser.

 

*Psicoanalista, escritor, filósofo. Investigador adjunto del Conicet.

Ilustración: René Magritte, El hijo del hombre.

 

Referencias:

[1] Vernant, J.-P. “El individuo en la ciudad”, en AA. VV. Sobre el individuo. Contribuciones al Coloquio de Royaumont, Paidós, Barcelona, 199, p. 14.

[2] Althusser, L. La única tradición materialista, Youkali 4, En línea: http://www.youkali.net/youkali4d%20Althusser%20launicatradicionmaterialista.pdf

[3] Marx, K. “Prólogo a la primera edición”, El capital. Crítica de la economía política, Tomo I, vol. I, Libro Primero, Siglo XXI, DF-Madrid-Buenos Aires, 2008, p. 8.

FM La Patriada

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One Comment

  1. Berta El Gandur says:

    Reflexión necesaria para un tiempo de alienación de la subjetividad, de clausura del pensar por uno mismo, de la duda… lamento que un texto tan sesudo no tenga divulgación de mayor alcance

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