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Maurice Blanchot: inmortalidad y conjuro

Pasen y lean al filósofo francés en la escritura de Julián Fava: "Tal vez, toda su producción sea un intento por tratar de descifrar esa enigmática relación entre el escritor, la obra y la comunidad. O, en otros términos: ¿Hasta dónde la práctica, quizás más solitaria de todas, la escritura implica un nosotros, comunidad de escritores y lectores?".

Por Julián Fava*

Maurice Blanchot nació en Quain (Saône-et-Loire), Francia, el 27 de septiembre de 1907 y murió, a los casi 95 años, el 20 de febrero de 2003. Fue el último de los integrantes de la “Trinidad del Mal” formada por Georges Bataille y Pierre Klossowski y vivió una vida tan inclasificable como su obra, compuesta por novelas, ensayos filosóficos, crítica literaria o escritos sin más. Escritos, siempre escritos. Tal vez, toda su producción sea un intento por tratar de descifrar esa enigmática relación entre el escritor, la obra y la comunidad. O, en otros términos: ¿Hasta dónde la práctica, quizás más solitaria de todas, la escritura implica un nosotros, comunidad de escritores y lectores?

El escritor escribe solo, sin más intimidad que sus palabras y aquello que leyó (que son siempre palabras) y aquello que escribirá (más palabras), y claro: aquello que lo obliga a pensar: el afuera. El afuera del pensamiento o el flujo de fuerzas que afectan una y otra vez al escritor, que se doblan, que lo doblan, haciendo del escritor y su escritura un lugar de experimentación, una región de intensidades.

La escritura, como afirma Blanchot en El espacio literiario, es una “experiencia fugitiva, aunque inmediata. No es la fuerza de una prohibición; es mediante el juego y el sentido de las palabras, la afirmación insistente, ruda e incisiva de que eso que está allí –en la presencia global de un texto definitivo– se niega.” De este modo, el escritor no escribe más que comunicando su soledad. Pero no se trata de escribir para no estar solos, se trata de escribir para invocar las potencias múltiples que nos exceden y de las que formamos parte.

El gesto de Blanchot bien puede inscribirse en aquel gesto borgeano de concebir una biblioteca mundo o mundo biblioteca: nuestra escritura no nos pertenece, pero no porque en nuestro lugar hable una musa o el murmullo del lenguaje, sino porque no podemos pensar más que a partir de lo que nos pasa, de lo que nos fuerza a pensar. Y lo que nos fuerza a pensar siempre es un límite, un umbral: la muerte, el amor, nuestros amigos, nuestros muertos, nuestros amores. Nuestros odios y nuestros rencores. Escribimos para intervenir, para ir hasta el límite. Se trata, justamente, de crear sentidos más allá de lo establecido. Se trata de la escritura como un lugar de lo común, como un lugar, a la vez, de exceso: como el lugar de una experiencia soberana, como el lugar en el que se elige vivir como se escribe y escribir como se vive.

Porque hizo de su vida literatura (se sustrajo durante años a la exposición pública, mientras intervenía con textos tan virtuosos como profundos) y de la literatura su vida pudo escribir en El diálogo inconcluso: “Que en el hombre todo sea posibilidad: esta afirmación exige primero que la muerte, sin la cual el hombre no podría formar un todo ni existir respecto de un todo, sea poder, sea posible, sea lo que hace todo posible, el todo posible”. Qué bella frase. No hay unidad gozosa que tranquiliza y reúna nuestra existencia. Nuestra existencia (como nuestra escritura) es múltiple y dispersa, caótica e interminable.

¿Cuál es el dominio de la muerte en todo esto? Que el hombre sea poder, que sea todo lo posible. Claro que no se trata de la inmortalidad del hombre. Se trata de otro registro: ni singularización ni humanidad. Si la escritura es múltiple, seamos múltiples: eso es subjetivarse, eso es redefinir los límites entre la vida y la muerte. Eso es asumir miles de vidas a pesar de ser y mirarnos como uno (indiviso, moderno, singular). Se es todos los libros que uno leyó pero no para objetivarlos como habría que objetivar, dialécticamente, los productos del trabajo o clasificar sentidos en la legalidad del discurso sobre lo real, sino para ser esas texturas, esas rugosidades, esos pliegues. Y esos pliegues (infinitos y variables) son la muerte imposible (y posible, la biológica, por supuesto). ¿O acaso vamos a creer que Blanchot murió? Sí, ya no lo vemos, pero: ¿No está con nosotros ahora? Si ustedes no estuvieran conmigo leyendo esto ahora no estaría escribiendo.

Escribir es traer a la presencia un sentido que siempre se excede. Presentar más que representar. Hacer sentido, exponerse. Por eso, como quería Maurice, la escritura es imposible y desastrosa: los pedazos rotos del espejo interior no se pueden unir. Mi escritura, y la de cada uno que escribe, es múltiple e irreductible. Irreductible e infinita, por lo tanto inmortal o muerte imposible o muerte total o posible. Pero muerte: paso, cambio, quiebre, tensión. Como dijo su amigo (el nuestro también) George Bataille: “la literatura es para Blanchot parecida a la llama de la lámpara: lo que la llama consume es la vida, pero la llama es vida en la medida en que es muerte, en la medida en que justamente se muere, como la llama agota la vida al arder.”

El problema es que nos tienta el todo, el todo es una tentación, una tranquilidad y un reparo; pero si escribimos nos dispersamos, si escribimos nos morimos, porque nos alejamos de la unidad. Blanchot vio esto. No se puede más que escribir con la tentación del todo y esta tentación (todo o unidad) es implacable, pero nos vamos hacia otro lado, cuando escribimos, cuando practicamos aficiones suicidas, cuando amamos, cuando nos declaramos a una chica.

Como alguna vez escribió Levinas en Sobre Maurice Blanchot: “escribir es cortar el lazo que une la palabra a mí mismo”, es “hacer eco de lo que no puede dejar de hablar”, es dejar de lado toda pretensión de un lenguaje auténtico, o afirmación de lo que se da sin más. Y lo que se da es una dimensión que nos pone al borde de la locura: nuestra existencia. Y nuestra existencia es texto, es una diagonal visible y enunciable, recortada entre otras existencias, enfrentada a otras rugosidades. Y en esta topología de intensidades aparece el lugar del habla como el lugar de lo que se dice, donde lo que se dice es dicho en nombre de un nosotros –la escritura no es nunca individual y, si lo pretende, no es más que la apertura del sentido de singularidades que se exponen. La escritura siempre es un desarraigo: implica la apuesta por apresar un sentido excedido, transversal y múltiple. Por eso, leemos en El diálogo inconcluso: “el pensamiento es él mismo y para sí mismo su experiencia, y el punto central no puede nunca encontrarse ni ser aislado por medio de imágenes o conceptos ingeniosos”.

El pensamiento se convierte, así, en una actividad riesgosa, se trata de donar una existencia impensable sin aquello que se ilumina en una relación de alteridad con la mera textualidad: la pura positividad de nuestros cuerpos y nuestras afecciones.

Una vez más: no vestir lo real un ropaje inteligible, desentrañarlo y apostar sin sosiego, no otra cosa es pensar más allá de nuestros límites (y a partir de ellos), no otra cosa es redefinir los límites entre la vida y la muerte: la escritura nos vincula así con nuestras potencias infinitas, con la eternidad; es también trasformar la realidad. De este modo, la escritura como nuestra tarea ineludible adquiere sentido en el lugar en el que, nunca en soledad, asumimos pensar. Por eso, porque somos múltiples y eternos, Maurice aún nos sigue acompañando y, mientras practiquemos sus hechizos, lo seguirá haciendo.

 

*Julián Fava es filósofo, docente, traductor y columnista en FM La Patriada.

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