Home / La Gaceta / Mantener la crítica social, preventiva y obligatoria (CRISPO): “infectaduras”, tecnologicismo y otras ideologías

Mantener la crítica social, preventiva y obligatoria (CRISPO): “infectaduras”, tecnologicismo y otras ideologías

¿Cómo conviven en los mismos discursos las sospechas contra la palabra de sanitaristas y la ingenua promoción de las nuevas tecnologías? Adrián Negro y Carlos Britos analizan las nuevas formas de positivismo y el rechazo al pensamiento crítico, en la escena neoliberal. Neurociencias, emprendedurismo, acriticismo y antiintelectualismo son las marcas de las nuevas formas de embrutecimeinto en la pretendida Sociedad del Conocimiento.

DCIM101GOPROG0019521.

Por Carlos Britos  y Adrián Negro* 

La pandemia de coronavirus expuso algunas de las contradicciones que desde hace tiempo estructuran nuestras sociedades occidentales tardo-modernas. Siendo ésta una cualidad propia de las crisis, se puede convenir que el COVID ha producido una, sacando a la luz procesos y tensiones que permanecían fuera de la vista. Entre esas contradicciones se encuentra la que se constituye entre un marcado desprecio por ciertas instancias del saber mientras al mismo tiempo cobra relevancia una apuesta sumamente optimista por el desarrollo tecnológico. Estas dos actitudes organizan en buena medida la escena de creencias observada durante la cuarentena; ergo, parecen hacer parte de una misma formación ideológica. ¿Pero cómo leer esa ambivalente y cuasi esquizofrénica ponderación del conocimiento?

 

En tiempos de pandemia, las referencias a “la ciencia” cubren todas las primeras planas. La confianza en su saber está a la orden del día. No obstante, y mientras ese crédito goza de relativo consenso, al mismo tiempo no cesan de aparecer señales, actos y manifestaciones que dan por tierra con esa confianza, deslegitimando el saber científico como discurso de conocimiento y poniendo en tela de juicio su autoridad.

 

Una escena puntual es muy ilustrativa: hubo fines de semana en que algunos cientos de personas se manifestaron en el centro de CABA para expresarse en contra de la cuarentena. Con motivos variopintos, cobraron relevancia unos muy pintorescos, como las proclamas anticomunistas o los argumentos que apuntan hacia una concepción de lo “saludable” en abierto conflicto con todo “canon” científico (antivacunas, veganismo como defensa anti-COVID, etc.). Por esos días, circuló una carta abierta cuestionando la cuarentena bajo el mote de “infectadura”, firmada por un grupo de 300 personas, entre las que se cuentan algunxs investigadorxs del CONICET, como la farmacéutica Sandra Pitta o el sociólogo Juan José Sebreli, entre otrxs (esta epístola tuvo su respuesta, firmada esta vez por 18 mil investigadores del mismo organismo y de otras filiaciones, en la que se cuestionaba la irresponsabilidad de la primera y se avalaba el accionar del Gobierno Nacional en relación al manejo de la pandemia).

 

Pero la carta “anticuarentena” no es un hecho aislado, sino que debe meterse en la serie de una acción opositora que ya ha eslabonado una curiosa cadena, la cual comenzó exigiendo la baja de salarios a políticos, siguió con la llamada “liberación de presos” y continuó con “la cuarentena más larga del mundo” para terminar en el reclamo contra la expropiación de Vicentin. Lo que hace serie en todo eso es el denominador común en esas expresiones de una pretendida defensa de "las libertades individuales" ante los "atropellos del Estado". Luego, no sorprende la presencia recurrente de otras significaciones que apuntan a un sujeto meritocrático, con valores individualistas, interpelado como "víctima" de una "política corrupta" y de un Estado “opresor”.

 

Esa cadena produce determinados efectos objetivos (lo que quiere decir aquí “con prescindencia de lo que imaginan hacer quienes ponen cuerpo y firma a las iniciativas”). Con precisión: lo que a través de ella resulta objetivamente defendido es el curso del neoliberalismo, de sus valores, de sus reglas, su orden y de las subjetividades y deseos que pone en juego. Sus eslabones son entonces los de una cadena que sostiene el candado de protección al orden dominante. Sin saberlo (o a sabiendas, eso poco importa aquí), integran el polo reactivo de una puja entre totalitarismo de mercado (de mercantilización de la vida, por ejemplo) y posibilidades democráticas; entre individualismo hedonista y la construcción comunitaria con otrxs; pero, también (y es el aspecto menos señalado, y sobre el que queremos insistir) entre la defensa del pensamiento crítico y una suerte de post-criticismo que crece enredado a las ramas del fetichismo tecnológico.

 

Examinemos más de cerca esas manifestaciones. Si resultan llamativas es entre otras cosas porque cargan con un alto grado de incongruencia consigo mismas. El caso "infectadura" es palmario y patente, pues casi termina siendo el nombre que designa el absurdo de rechazar lo avalado por la plana mayor de una comunidad científica en nombre de ese mismo colectivo. Con asombrosa prestidigitación, se impugna-propugna la autoridad de una de las instituciones científicas más prestigiosas del país; increíble absurdo que no se entiende si no se atiende al modo en el que anuda contradicciones históricas de distinta genealogía.Dos, al menos: i) la que marcamos, entre la crítica y la post-crítica; y ii) (con vasos comunicantes a la primera aunque independiente) la tensión entre el “optimismo técnico” que auspician las ciencias “aplicadas” y un “negativismo crítico” que prohijarían los saberes sociales (como lo ha manifestado, por ejemplo, el Jefe de Gabinete del gobierno macrista).

 

La impugnación al pensamiento crítico

 

La pandemia, así, ha arrojado claridad respecto de que son tiempos extraños para lo que Foucault llamó regímenes de producción de verdad. La sociedad ya había registrado este hecho mediante la noción de posverdad, que sin dejar de ser un concepto muy problemático acierta en tomar nota de que las figuras de autoridad parecen haberse licuado; o, al menos, caído presas, tanto del declive de las instituciones que históricamente regularon nuestra relación con el saber como de cierta fantasía de omni-sabiduría que alienta la ideología de las redes (“¡a un click del conocimiento universal!”), la cual a su vez sustenta, entre otras, la quimera de la “sociedad del conocimiento y la información”. Pero éstos son tiempos, también, de un neo-positivismo cool que se piropea con la ética emprendedora del mundo. En ese ethos, Steve Jobs es profeta, Silicon Valley la Meca, el tecnologismo doctrina y los valores asociados a la digitalidad y a las corporaciones empresarias los dogmas; los cuales se desparraman por la vida social produciendo incluso su propio lenguaje: “trabajo colaborativo”, “participación”, “adaptabilidad” o “eficiencia” son parte del léxico.

 

Dentro del ovillo donde se traman la tendencia a cuestionar las formas del saber mientras se prenden velas al desarrollo de la ciencia “aplicada” (basta recordar cómo Lino Barañao invitaba a los científicos a que sean emprendedores) hay que situar los años macristas, bajo los cuales fueron constantes los ataques a diversas investigaciones del CONICET, principalmente del área de Ciencias Sociales y Humanidades. El desguace de parte del entramado científico y técnico del país (desfinanciamiento, despidos, ahogo presupuestario) se acompañaba de un permanente menoscabo a la educación pública, en general, y a la práctica de la docencia, en particular (llegando a afirmar que a la hora de reemplazar un docente, querer es poder: ¡Voilá, la ideología del voluntariado!). Aunque no sea conceptualmente correcto reducir al neoliberalismo a la alianza Cambiemos (una coyuntura histórica no empieza ni termina en un gobierno), el macrismo encarnó muy bien el desprecio neoliberal ante cualquier expresión de “intelectualismo”, focalizando su desdén frente a los saberes en los que no se percibe un correlato inmediato con aplicaciones técnicas útiles al capital. Y es que el neoliberalismo pugna por poner el sello de cientificidad sólo a los descubrimientos que prometen acelerar la expansión ilimitada del capitalismo. “Nanotecnología, biotecnología y software”, podría ser el lema bordado en sus banderas. De allí que todo conocimiento sin evidente “valor de mercado” corra el riesgo de terminar cifrado como negativo y nostálgico, cuando no un oscuro sirviente de mezquinos intereses políticos (lo cual lo vuelve doblemente despreciable).

 

Pero si esto es más o menos reconocido, lo que nos interesa pensar aquí es de qué modo en el propio campo científico se riegan las raíces del tecnologismo mercantil. Si el problema político-económico parece no ser tanto “el conocimiento” sino el “conocimiento crítico”, este parteaguas tiene que imprimir sus huellas también en la “esfera” científica. ¿Y dónde leerlas, si no es en los desplazamientos internos a ese campo que reconfiguran objetivos, objetos y presupuestos (estos últimos, en su sentido económico y teórico)? Por ejemplo, ¿no son los “modernos” estudios que con modelos matemáticos buscan explicar hechos sociales y, particularmente, dar cuenta de fenómenos de sentido, síntoma de esas mutaciones? Hace poco tiempo, una de estas investigaciones realizó simulaciones para concluir que existe una “tendencia a la polarización de las opiniones”. La grieta (otro concepto cuestionable), pero ahora demostrada matemáticamente. ¡Científicamente! En realidad, el estudio se contentaba con constatar (por medio de una simulación) la existencia de un comportamiento; resultado más bien modesto y que desconoce las potentes y rigurosas construcciones explicativas que las ciencias sociales han producido articulando teorías del lenguaje, la ideología y el deseo. Dentro de esta suerte de malentendido, el modelado matemático de fenómenos sociales puede llamar “novedad” a algo que tiene explicaciones desde hace medio siglo atrás.

 

La pregunta es, entonces, por los vasos comunicantes entre el ataque institucional y político a las Humanidades y ese “avance” de las ciencias “duras” sobre el terreno de aquellas. En principio, parece evidente que los discursos científicos no escapan a la ideología neoliberal, lo que se explica por aquello de que el neo-positivismo marida bien con las exigencias del mercado. También es claro que el neoliberalismo no inventó la tensión entre saberes “duros" y "blandos", pero es preciso ver que cobija esa tensión y la reimpulsa. En el discurso de las neurociencias, por ejemplo, esto toma meridiana claridad, inclinado como está siempre en tomar a su cargo problemas sociales (con la auto-ayuda como su best-seller: “cambie su mente para dejar de ser pobre”, “piense como un líder”, etc.). En este caso, como en otros, una disciplina que produce fecundos conocimientos a nivel de su objeto, deviene pura impotencia explicativa cuando intenta abordar uno que está más allá de su marco teórico, metodológico y epistémico. Razón por la cual a lo más que llega es a formular algunas analogías, del tipo: “la sociedad es un cerebro”. Pero una vez que se abre el angular, todo ocurre como si la neurociencia cargara sobre su espalda la responsabilidad de resolver el intríngulis de un orden que teme al conocimiento crítico pero al mismo tiempo se ve exigido de dar alguna respuesta al malestar que acompaña la creciente desigualdad que produce.

 

El docente y comunicador social Sergio Caletti señala en un reciente libro póstumo (Ariadna. Para una teoría de la Comunicación) que hace tiempo la epistemología comprendió que la observación de las cosas está cargada de un bagaje previo de códigos interpretativos, conceptos y signos; y que no implica un contacto directo, “objetivo”, despojado, con las cosas “en sí mismas”. Pero si entonces es cierto que no hay ciencia sin teoría, no lo es menos que un mundo complejo necesita un pensamiento de la complejidad. Ahora bien: ésta es algo muy distinto a una reduccionista combinatoria que ve en lo complejo la suma de propiedades de entes aislados. Y si también, como la Gestalt demostró, “el todo es más que la suma de las partes”, entonces una sociedad no es una suma de individuos (y mucho menos de cerebros). Y el supuesto de creer que sí lo es, que subyace a la pretensión de extrapolar modelos explicativos de un objeto a otro y de un nivel analítico a otro, ignora que la real complejidad de lo que existe está dada por el hecho de que todo existe en relación con otra cosa. Sin ir más lejos, la matematización del mundo, su hipostasiante atomicismo no crece en el vacío, sino en el terreno abonado por una utopía cibernética, que, con renovado vitalismo, fantasea con conectarnxs a todxs en una gran máquina social de consumidores.

 

Objetividad(es) científica(s)

 

Digamos, para terminar, que nos oponemos al reduccionismo neo-positivista por tres tipos de razones.

 

Éticas, porque ya sabemos que la técnica sin crítica deviene tecnocracia, porque el saber objetivado en tecnología en ausencia de una pregunta ética se vuelve instrumento de plutocracias, y porque Status quo en sociedades desiguales significa dominación. Ya durante los años ’60, el matemático Oscar Varsavsky advertía lúcidamente que el desarrollo científico nunca es ajeno a los movimientos políticos, económicos, bélicos e ideológicos de una sociedad (y en nada cambia que lxs investigadorxs imaginen ser neutrales). Por no ver la trama social de sus investigaciones, Einstein advirtió tarde su colaboración con la fabricación de la bomba atómica. Ello concierne al rasgo diferencial de las Ciencias Sociales, que sostiene la docente e investigadora Natalia Romé, es que se hacen cargo de un problema que otras disciplinas no pueden o prefieren no ver: el de la condición social de las significaciones, incluidas las científicas. Y como quien habla de condición social habla de política y de ética, pero también de criterios de cientificidad, esa es nuestra segunda razón.

 

Teóricas, porque la física o la biología (si bien por la naturaleza de sus objetos pueden “trabajar” largo tiempo sin cuestionar sus supuestos teóricos) también están sujetas a lo que Foucault llamaba episteme epocal, o sea a “paradigmas de cientificidad”. Otro francés, Jacques Lacan, dijo que son los crujidos de esos paradigmas los que no dejan de recordarnos que no es el empirismo positivista el lugar donde “suena la hora de la verdad” de una ciencia. Crujidos, podría pensarse, que toda disciplina intenta en vano ahogar con nociones “comodín” (anti-materia; incertidumbre, etc.); cuya función sería conjurar aquello que se resiste a entrar en el rango fenoménico de un campo de experiencia definido. Lo que Lacan invitaba a ver es que el ser de la ciencia es una sustancia única, que en todo caso tiene diferentes modalidades (por usar un giro spinozista) o bien (en lenguaje cartesiano) distintos dominios de extensión: si se puede predecir lo que pasa con una proteína ante un reactivo, a la hora de gobernar el funcionamiento de una célula la capacidad anticipatoria decae. En pocas palabras: la predictibilidad parece inversamente proporcional al número de variables que regulan el proceso a explicar, y la adición de cada parte va complejizando al todo. 

 

Políticas, porque si la objetividad científica queda definida de modo positivista, eso expulsaría ipso facto de los campos del saber objetos tan complejos como los individuos o las sociedades. Porque es claro que la gran complejidad de esos objetos anula toda pretensión de “repetibilidad”. Eso sólo es un obstáculo, insistamos, para una mirada neo-positivista. Frente a ésta, una ciencia que no renuncia a la singularidad del caso concreto, que comprende que los elementos no son “átomos” sino que su existencia real es afectada por la co-presencia de otros, y que (lo que es más importante) no pretende formular predicciones con certificado de garantía (a la manera de un oráculo); una ciencia tal, decíamos, no aspira sino a conocer las leyes tendenciales que gobiernan esos casos para anticipar posibles evoluciones de su desarrollo y tomar algunas decisiones que permitan su transformación. Nada más, pero tampoco nada menos. Por ir a un ejemplo muy actual: que existan estructuras patriarcales causantes de que masivamente las mujeres perciban salarios más bajos no excluye que tal o cual mujer, tomada aisladamente, por una combinación excepcional de circunstancias, no pueda cobrar igual o más que un hombre. Pero estos casos son, precisamente, excepciones a una tendencia.

 

Absurdo, entonces, exigir predictibilidad como criterio de objetividad a ciencias que trabajan con la singularidad del caso (tal individuo o tal o cual formación social). Esta exigencia sin embargo, existe, y no es para nada inocente. Y es tan infundada como implacablemente dura. Por eso es preciso preguntarse sobre la razón de esta dura exigencia a las ciencias blandas. Sospechamos una pista en la frase de Oscar Wilde: “la aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo”. Parafraseándolo, la aversión del neoliberalismo por el anti-positivismo es la rabia de los dominados al verse la cara en el espejo. Es decir: no se atacaría a las ciencias sociales si realmente sus saberes fueran blandos o endebles. Si se las agrede tan rabiosamente es precisamente porque produce conocimientos rigurosos y consistentes, que le infligen a la ideología dominante de una época un tajo narcisista que corre el riesgo de desangrarla si no se lo atiende a tiempo.

 

También, entonces, quienes estamos por el progreso de todos los campos del saber, no debemos perder ni un segundo en la pueril querella sobre la “solidez” de las ciencias, estableciendo estériles y fallidas jerarquías (quien dice “duras” dice rigurosas y quien dice “blandas” dice endebles, gelatinosas… “¡flan! ¡Los cientistas sociales quieren flan!”); ni mucho menos negar la cada vez más necesaria multi o inter-disciplinariedad en el abordaje de problemas sociales urgentes que son de difícil comprensión y más ardua aún resolución. Tal vez haríamos mejor en concentrarnos en producir colectivamente los criterios que permitan separar para cada disciplina conocimiento de ideología; forjarle a cada una un criterio interno de objetividad ajeno no menos de los relativismos epistémicos que de los interesados universalismos. Por ese camino podremos defender la dignidad y la necesidad del pensamiento crítico, único capaz de cuestionar las formas hegemónicas con las que los grupos poderosos logran que una sociedad se (mal) entienda a sí misma… y evitar que sea la crítica la que entre en cuarentena.

Ilustración: "1.8", de Janet Echelman. Escultura blanda, remodelación del espacio urbano. Oxford Circus, Londres.

También podés ver...

Vámonos de aquí: la recurrencia de la imaginación de las ciudades del futuro

Las catástrofes siempre han sido oportunidad para imaginar la sociedad futura. Las ciudades son y han sido delicados equilibrios de regulación de la vida y la muerte, las formas de poder y los lazos sociales. Silvia Hernández recorre esas imaginaciones y cómo hablan de la comunidad de la que creemos ser capaces. La pandemia ha reabierto una vez más el debate acerca de los bordes de la ciudad. Se debate con ello quiénes somos y en qué tipo de sociedad queremos vivir.