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«Los cinco», de Florencia Cosin, se lee y se escucha en El último lector

Seba Ronchetti comparte en la madrugada de FM La Patriada el cuento de la escritora y fotógrafa argentina, seleccionado por la Revista Anfibia en un concurso de relatos sobre el padre. "Durante el verano me había indispuesto por primera vez y había empezado a usar corpiño. El pelo me llegaba a la cintura y ya no usaba flequillo. Leo miró a las mellizas. Andrea y Gabriela eran muy parecidas, eran flacas y altas y tenían un año más que yo".

«Los cinco», de Florencia Cosin, en El último lector

Leo era mi papá, pero se fue de casa antes de que yo naciera. La primera vez que nos sentamos los cinco en la misma mesa yo tenía once años. Nos encontramos en una confitería que había cerca de casa.

Mamá abrió la puerta de vidrio. Entré primera y lo reconocí enseguida. Tomaba un café de espaldas a la ventana y leía con la campera puesta. La luz del sol llegaba a las páginas del libro. Caminé por el pasillo angosto que formaban las mesas pasando las palmas de las manos abiertas por la superficie lisa de cada una. Mamá y las mellizas venían detrás. Me paré delante.

-Hola.

Él levantó la vista.

-Qué grande estás.

Durante el verano me había indispuesto por primera vez y había empezado a usar corpiño. El pelo me llegaba a la cintura y ya no usaba flequillo.  Leo miró a las mellizas. Andrea y Gabriela eran muy parecidas, eran flacas y altas y tenían un año más que yo.

Mamá le dio un beso en la mejilla y nos sentamos a la mesa.

-¿Fumás? -le preguntó.

-Sí -dijo ella.

Leo le ofreció el paquete de cigarrillos abiertos y le convidó fuego. Agarró otro y lo golpeó suavemente sobre la mesa para bajar el tabaco. Los cinco nos quedamos callados.

Leo miraba a mamá, hacía varios años que no la veía. El pelo oscuro y lacio de ella caía sobre los hombros. La mano con la que sostenía el cigarrillo iba del borde de la boca al cenicero de vidrio. Después nos preguntó si queríamos tomar algo. Mamá pidió un cortado para ella y  sándwiches para todos.

Mientras él tomaba su café de a pequeños sorbos empezó a hablar de su trabajo. Era fotógrafo de una revista. Parecía un hombre culto y severo pero: por qué se había ido y por qué estaba ahora sentado con nosotras.

En casa nunca hablábamos de eso. Sus gestos eran lentos y parsimoniosos, y me llamaban tanto la atención, que me puse a observarlo fijamente sin decir una palabra.

Mamá le contó que era vendedora en una mueblería muy cara de recoleta, pero que todavía estaba en negro y que no teníamos obra social. Leo miró hacia la puerta de vidrio y siguió con la cabeza los movimientos de una mujer joven que acababa de entrar. Cuando ella se quitó el abrigo y llamó al mozo, él volvió a mirar a mamá y le sonrió, con un brillo distinto en la mirada. Nos volvimos a quedar callados.

Mamá se sacudió el pelo y dijo, señalándome:

-Es una de las mejores alumnas de hebreo pero tiene faltas de ortografía.

Ahora Leo me miraba a mí. Me encogí de hombros sin saber qué decir.

-Yo también fui uno de los mejores de la clase –se adelantó él.

Cuando las mellizas cumplieron un año, mamá nos bautizó. Algunos años después, consiguió una beca en la misma escuela judía en la que había estudiado Leo, nos anotó ahí a pesar de ser católicas.

-Y Gabriela fue abanderada –se me ocurrió decir por fin.

Él miró a mi otra hermana y le sonrió.

-Yo no soy Gabriela -dijo Andrea.

-Andrea tiene una cicatriz en la frente -se apuró a decir mamá-. Se cayó de una escalera cuando era chica y le dieron estos puntos-. Y tocó con los dedos  la marca pequeña pero rugosa que Andrea tenía en la frente. Ella bajó la vista.

Las mellizas eran dos gotas de agua. Casi todos los que no las conocían se fijaban en esa cicatriz para distinguirlas.

Gabriela se levantó y fue al baño, Andrea fue detrás.  Antes de llegar ya reían por lo bajo. Siempre estaban juntas y nadie alcanzaba a entender qué se decían. Mamá me hizo un gesto con la cabeza para que fuera con ellas, aunque no quería me levanté y las seguí arrastrando los pies.

Cuando volvimos  a la mesa, Leo y mamá estaban más serios que al principio. Él pidió la cuenta. Sacó un fajo de billetes del bolsillo de su pantalón. Pensé que íbamos a quedarnos un poco más, pero cuando vi que mamá empezaba a acomodarse para salir, me puse la campera.

Salimos de la confitería y nos paramos en la puerta. Las luces de la calle estaban encendidas pero el cielo aún estaba claro. Leo dijo que volvería el fin de semana siguiente.

Las cuatro cruzamos la calle y volvimos caminando por la vereda del Jardín Botánico. Por un momento imaginé que Leo vendría a vernos todos los fines de semana, como hacían los padres de mis compañeros que se habían separado; pero nunca lo hizo.

Las mellizas se adelantaron unos pasos y alcanzaron esa luz pálida del sol, minutos antes de que anochezca. Yo caminaba a la par de mamá y el viento golpeaba.

Fuente: El último lector – FM La Patriada. 

 

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