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Las ciudades y el cine, o metrópolis tocadas por la magia cinematográfica

La Patriada conversa con María Zacco, la autora de Las ciudades y el cine. Y toma algunos apuntes de la escritura de la periodista, quien busca el hilo que une a urbes como Buenos Aires, Nueva York, Roma o Tokio con el cine, en un libro en el que la historia y la política atraviesan a personajes que deambulan en taxis, terrazas, hoteles, callejones, fuentes, escombros o suburbios. Bullicios urbanos captados por el cine; ciudades tocadas, en sus fibras íntimas, por películas también decisivas para ensayar sentidos.

Por Mariana Zugarramurdi

La conexión que mantienen las ciudades y el cine, en los modos de mirarse o de interpretarse, así como esa travesía que enlaza películas con viajes son dos tesis que traza María Zacco para recorrer Buenos Aires, Berlín, Ciudad de México, Londres, París, Roma, Río de Janeiro, Tokio y también Nueva York, esa metrópoli que, según Jean Baudrillard, parece haber salido de la pantalla grande.

Baudrillard lo dice en su libro América y Zacco, periodista especializada en cine y turismo, lo subraya en la medida en que el filósofo francés sugiere a los viajeros que, para entender el secreto de Nueva York, no empiecen por la ciudad y luego vayan al cine, sino que comiencen por “la pantalla” y luego salgan a transitar la gran urbe.

La autora de Las ciudades y el cine retoma ese planteo y desliza, además, que Nueva York “alberga mucho más que repetidas imágenes de sitios icónicos, restaurantes lujosos o night club de moda”, pues hasta sus habitantes aseguran conocer ese rostro VIP de la metrópoli “a través de películas y no por su propia experiencia ya que esa vida de opulencia no está a su alcance”.

Por eso, el cine y las ciudades “siempre tuvieron interdependencia para mostrar su mejor rostro, o el peor rostro, pero siempre es interesante hacer el propio viaje, porque las películas te pueden dar una idea de tal lugar, pero cuando vos vas, es tu propio camino”, dice Zacco en una conversación con La Patriada.

Y en las metrópolis se cruzan las sensibilidades de los viajeros y la de los  cineastas, que transmiten el peso de sus vivencias y emociones en obras cinematográficas. Si se sigue con Nueva York, “Woody Allen devela el espíritu nostálgico de la Gran Manzana; Martín Scorsese se sumerge en el magnetismo de los suburbios peligrosos donde anida la mafia y Spike Lee pone sobre la mesa las tensiones raciales, al parecer, sin fecha de vencimiento”, prosigue Zacco.

La periodista, que trabaja desde inicios de los años 90 en suplemento Viajes del diario Clarín y en la agencia de noticias ANSA, remarca, por lo tanto, que el cine está “indisolublemente ligado” a las ciudades, tanto “como antes lo estuvo la novela: ambos fueron a la vez un producto y un retrato de su época”. También subraya cómo en las películas aparecen variaciones de sentidos de los centros urbanos en distintos momentos históricos.

Así, por ejemplo, la manera de ver o de hablar de Roma muta en cada época. Entonces, Roberto Rossellini puede mostrar de la antigua capital imperial su tristeza, escombros y heridas por la guerra en Roma città aperta (1945); mientras Federico Fellini, en 1960, traza en La Dolce Vita un retrato mordaz y pesimista de una capital italiana que ha cambiado a un ritmo de vértigo, con la ola de consumismo; con celebridades, fiestas, periodistas y equipos de rodaje.

Zacco también se dedica a la Roma que revela Pier Paolo Pasolini en Mamma Roma (1962), un filme en el que las condiciones sociales tienen su influencia para percibir y contar la capital italiana. Como relata la autora, en esa película Anna Magnani representa a los “desheredados” impulsados por un ideal de asenso social que buscaban insertarse en Roma para alcanzar los beneficios burgueses.

“El sello de Pasolini, un ferviente marxista, fue su sensibilidad para dar a conocer cómo era la vida de esos olvidados, sus sueños y frustraciones, que conocía muy bien”, resalta Zacco, y rememora asimismo la sensibilidad de Paolo Sorrentino con La Grande Bellezza (2013), filme en el que el protagonista, el escritor Jep Gambardella (Toni Servillo) se parece a Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) de La Dolce Vita, en una Roma atravesada por “fragmentos, excesos e incomunicación”.

 

Cine y ciudades: brillos, sombras y mitos       

Con esas y otras películas, Zacco da cuenta de cómo el cine se consolidó durante el siglo XX como un observador, intérprete o ensayista de sentidos urbanos, por lo que torna visible no sólo sus mitos, ideas, bellezas y conceptos, sino también sus ocasos, destrozos y tragedias.

Un caso es el de An american in Paris (1951), de Vincente Minnelli, quien convierte a la capital francesa en un ícono romántico mundial. “En principio –escribe Zacco­– el objetivo era rodar la película en la capital francesa pero la Metro Goldwyn Mayer consideró que el traslado era muy costoso. Por lo tanto, se construyeron 44 decorados diferentes en Los Ángeles que emulaban una París ideal y destacaba las bondades del barrio bohemio, Montmartre”: las cúpulas de la basílica del Sacré Coeur, así como “sus callecitas empinadas, los restaurantes con terrazas, los bares y los ateliers”.

“Por esa ciudad que derrochaba alegría, sin rastros de la reciente guerra ni de la asfixiante ocupación alemana, deambulaba con boina y sonrisa de postal Jerry Milligan (Gene Kelly), un ex soldado estadounidense aspirante a pintor que había decidido establecerse allí”, añade la periodista en Las ciudades y el cine.

Otro caso es el de Taxi Driver, de Martin Scorsese, que relata la historia de Travis Bickle, un ex combatiente de la guerra de Vietnam que sufre de insomnio y conduce un taxi toda la noche por las calles de Brooklyn, Harlem y el Bronx.     “Travis representa a ese hombre común excluido del sistema, en apariencia inofensivo, que necesita un mínimo detonante para hacer un desmadre”, comenta Zacco al advertir el malestar del personaje de Taxi Driver, un filme de 1976, que representa a una Nueva York sórdida, tomada por los efectos de la violencia y el desencanto.

En línea similar, ubica a Buenos Aires viceversa (1996), de Alejandro Agresti, pues se trata de una película que apunta a los “rostros desclasados, a las almas esquivas, al desorden y a la mezcolanza típicos de las ciudades latinoamericanas que no distingue a la capital argentina de cualquier otra”. Zacco recalca cómo el fin de la dictadura más cruenta de la historia argentina (1976-1983) espabiló a quienes “no se habían dado por enterados de la política de represión y exterminio llevado a cabo contra una generación completa de jóvenes”, a lo que se sumaron después feroces crisis económicas.

Y Agresti hace un “fresco de esos años” en Buenos Aires, a través de esas formas de vida consagradas en la posdictadura, con seres sumidos en su mismidad, porque, señala la periodista, todos los personajes, indiferentes unos de otros, tratan de salvarse “de su naufragio personal y también del colectivo”.

“Yo hablo de Buenos Aires –cuenta Zacco a La Patriada– como una ciudad fragmentada, que puede ser cualquier otra porque tiene pedacitos de muchas, pero a la vez eso es lo que hace su identidad. Y cómo termina el espacio fragmentando a las personas, separándolas y después también, opera, una fragmentación en sí mismo, dentro de cada persona”.

Otra pieza que remueve reflexiones es Amores Perros (2000), de Alejandro González Iñárritu, quien no presenta a Ciudad de México “como causa de la violencia sino como contexto caótico propicio para que saliera a la luz la violencia inherente a la naturaleza humana”, afirma. O Cidade de Deus (2002), de Fernando Meirelles y Kátia Lund, centrada en la guerra entre dos bandas de la favela homónima, en la que los directores no solamente muestran a los grupos de pequeños narcos, sino también el modo en la que la policía “hace la vista gorda a cambio de unos billetes o aplica contra cualquier vecino la política del gatillo fácil”.

El libro está dividido en tres partes: la primera, titulada «El cine, arte urbano», postula a la ciudad espacio de contrastes, oportunidades y redención, mientras en la segunda, «Visa para un sueño», aparece el enfoque singular de Zacco sobre las particularidades de Nueva York –»Del american dream a la pesadilla futurista»–, París –»La ciudad de las ilusiones, (ópticas y románticas)” –; Roma –»Del circo romano a la capital del bacanal– y Tokio –»Tradiciones ancestrales versus sobrecarga sensorial»–.

En la tercera parte emergen las ciudades latinoamericanas: Buenos Aires –“La ciudad como territorio fragmentado», Ciudad de México –“Melodrama vs. exotismo, peligro y narcoficción»– y Río de Janeiro, –»Una ciudad que vive el presente»-. Por último, puede encontrarse el «Bonus track», acerca de Berlín y de Londres, y el «El comienzo de todo», sobre un filme que tiene una poderosa influencia sobre Zacco y su primer libro: Night on Earth (1991), de Jim Jarmusch.

 

Viajes y películas: mirar, transitar, habitar

Se dijo que otra de las apuestas de Las ciudades y el cine tiene que ver con esa travesía que conecta a los viajes y con lo cinematográfico, a tal punto que lugares emblemáticos, como el Coliseo de Roma o la Torre Eiffel de París, se vuelven conocidos por todxs aunque nunca se haya estado en ellos. Y en ese nexo, Zacco remarca también el impulso a viajar a lugares después de que el cine posara su mirada sobre ellos, como Helsinki, la capital de Finlandia, convertida en los años 90 uno de los destinos más visitados tras el estreno de Night on Earth.

En la entrevista con La Patriada, Zacco destaca que en ese filme, en realidad, “se ve muy poco la ciudad, es un paseo en taxi de noche, hay algunas tomas así como un poco aéreas en las que se ve el taxi dando vueltas, pero está siempre como muy centrada, no son tomas panorámicas de la ciudad. Ves un poco de cada ciudad”.

“Pero te das cuenta en los climas que plantea, por ejemplo, Finlandia toda llena de nieve, el frío, la gente que toma mucho por el frío y las consecuencias de eso; vos lográs conocer la ciudad y su idiosincrasia a través de eso, y cómo toda esa gente, porque toma y tiene una vida súper difícil, toda gente de un barrio obrero terminan como teniendo una vida muy desgraciada, pero también se puede encontrar humor en eso”, añade.

“Un anzuelo para el turismo cinematográfico” es el título con el que la autora sintetiza la manera en que ese filme de 1991 motivó a muchos cinéfilos a viajar cuando aún el “brazo largo de Internet” no había llegado hasta los rincones más alejados del planeta. Night on Earth, además, postula un recorrido simbólico por Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki, “a través de los personajes urbanos, cerrados a los encuentros y sentimientos”. Algo similar sucede con Le favuleux destin d’Amélie Poulain (2001), que revitalizó el barrio bohemio Montmartre de París, y el Café des Deux Mouilines, donde trabajaba Amélie, se convirtió en el bar más visitado y fotografiado de la capital francesa.

“El cine otorga la posibilidad de volver a un lugar que ya se conoce, aunque nunca se haya estado allí. Y permite sorprenderse con un sitio recorrido como si lo viese por primera vez”, dice la autora, quien, a cada ciudad de su libro le incorpora un mapa con un “recorrido cinéfilo” para saber dónde quedan los lugares de las escenas de la pantalla grande, como la terraza de Jep Gambardella en La Grande Bellezza.

      En ese sentido, la idea de Zacco, según relata a La Patriada, “es un poco apreciar las ciudades con sus bellezas y con sus zonas oscuras también, porque eso también hace la diferencia entre un turista y un viajero, que vos puedas apreciar las cosas en toda su dimensión, o por lo menos en todas las dimensiones en que alcances a hacerlo en el tiempo en que estés”.

*Ilustración: Andrés Alvez

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