La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad  Por David Pavón-Cuéllar*

La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad Por David Pavón-Cuéllar*

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miércoles, 11 abril 2018
Ensayos

Ultraderecha y desigualdad

La derecha moderada es una derecha disimulada. Lo es por disimular aquello mismo por lo que se ha definido históricamente la derecha: la opción por la desigualdad. Esta opción tan sólo se torna explícita en la ultraderecha, en la extrema derecha, la cual, si es extrema, lo es por llegar hasta el extremo de exhibirse como la derecha que es.

Hay múltiples formas en las que la ultraderecha deja clara su opción definitoria por la desigualdad: actitudes clasistas, racistas y sexistas; vehemente defensa de jerarquías, estratificaciones y privilegios; reivindicación de los ideales de propiedad y autoridad; visión vertical de la sociedad, orientación autoritaria y simpatía por las tiranías y las oligarquías; enardecida lucha contra la democracia, contra los derechos universales, contra las políticas redistributivas y contra otras medidas tendientes a la igualdad; creencia en la condición esencialmente inferior de ciertas personas, colectividades, naciones o culturas; intento de supresión de grupos que no pueden inferiorizarse o que se juzgan tan inferiores que ni siquiera merecen existir; violencia contra quienes luchan por la igualdad, ya sean comunistas, socialistas u otros militantes de izquierda.

Todas las concepciones, posiciones y acciones características de la extrema derecha contradicen abiertamente la igualdad. Esto ha sido así en distintas épocas. Ha sido también así en diferentes regiones del mundo, entre ellas América Latina, en donde hay una clara presencia de grupos ultraderechistas desde hace al menos un siglo.

Desde que existe, la ultraderecha latinoamericana se ha dedicado a defender y justificar las desigualdades propias de su contexto socioeconómico y cultural, a veces originadas en tiempos coloniales y generalmente agudizadas con el desarrollo del capitalismo periférico y dependiente: desigualdades entre descendientes de colonizadores y de colonizados, entre indígenas y mestizos, entre el pueblo y las élites blancas, entre asiáticos o afrodescendientes y todos los demás, entre pequeñas oligarquías locales y grandes masas de oprimidos y explotados, entre cristianos y judíos, entre los machos y sus víctimas, entre preferencias sexuales en un entorno tradicional heteronormativo, etc. Estas relaciones desiguales y otras más, que le dan a las sociedades latinoamericanas su peculiar estructuración vertical, han contado en el último siglo con la protección de sus rabiosos guardianes ultraderechistas.

 

Orígenes en México y Argentina

La ultraderecha latinoamericana tuvo su primera expresión en la Revolución Mexicana. Surgió para tratar de restablecer el orden pre-revolucionario estratificado y jerárquico. Para conseguirlo, se alió con el embajador estadounidense Henry Lane Wilson y llevó al poder al tirano Victoriano Huerta en 1913. Dos años después, en la ciudad de Morelia, fundó la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), y empezó a operar de manera secreta en todo el país. Fue siempre contrarrevolucionaria, conservadora y católica.

En el norte de México, desde 1911 hasta los años treinta, la ultraderecha empezó por actuar de modo irreflexivo y se fue haciendo consciente de sí misma en el curso de la persecución de los inmigrantes chinos. Primero masacró a centenares en Torreón, Chihuahua y Monterrey. A los supervivientes los despojó de sus tierras y de sus comercios. Luego confinó a muchos en guetos en Sonora. Deportó a miles a un campo de concentración en la Isla María Magdalena. En esta misma isla dejó morir de hambre a unos cuatro mil.

El horror de lo acontecido en México se reprodujo al otro extremo del continente. En Argentina, entre 1919 y 1922, la ultraderecha se dedicó a destruir sinagogas y a matar a judíos, inmigrantes pobres, obreros huelguistas y peones rurales. El saldo fue de 700 muertos en las calles de Buenos Aires y 1500 en los campos de Patagonia. Los asesinos fueron jóvenes despreocupados y sonrientes, elegantes y adinerados, hijos de comerciantes, de industriales y de terratenientes. Habían sido reclutados, entrenados y armados por la siniestra Liga Patriótica Argentina con su ideólogo Manuel Carlés, quien pretendía proteger la propiedad y la autoridad contra quienes la amenazaban: sindicalistas, anarquistas, comunistas y otros luchadores por la igualdad.

 

Momento nazi-fascista

Entre los años veinte y treinta del siglo XX, la ultraderecha latinoamericana se vio impulsada por el falangismo español, el fascismo italiano y el nazismo alemán. Se volvió antiestadounidense y empezó a oscilar entre una germanofilia moderna, futurista, casi revolucionaria, y un hispanismo tradicionalista, católico y conservador. En ambos casos, los venerados europeos le sirvieron para legitimar y reafirmar su opción por la desigualdad, su racismo y su clasismo, su antisemitismo y su anticomunismo.

La ultraderecha latinoamericana de inspiración europea cobijó sueños belicistas, estatistas y totalitaristas, y formó partidos militarizados, jerarquizados y uniformados en Brasil, Argentina, Chile, México y otros países. A veces también alcanzó a integrar gigantescos movimientos de masas, con centenares de miles de miembros, como el sinarquista mexicano y especialmente el integralista brasileño. Emulando a las camisas negras italianas y las camisas pardas alemanas, contó con sus camisas verdes en Brasil y sus camisas doradas en México. Los encamisados mexicanos le sirvieron para atacar a huelguistas, a sindicalistas y comunistas, y para perseguir y extorsionar a los judíos.

Para justificar sus actos, la ultraderecha nazi-fascista dispuso también de sus intelectuales que denunciaron una conspiración judeo-marxista-masónica para destruir la civilización cristiana occidental. Quizás los más importantes fueran el brasileño Gustavo Barroso y los mexicanos Vicente Martínez Cantú, Salvador Borrego Escalante y Salvador Abascal Infante. Los dos últimos, tras la Segunda Guerra Mundial, negaron el holocausto, deploraron la derrota de Alemania y se atribularon ante el desarrollo de la democracia y el avance del comunismo y del igualitarismo entre los años cuarenta y setenta del siglo XX.

 

Giro estadounidense

La ultraderecha latinoamericana fue mucho más que su tendencia nazi-fascista con su estatismo y su totalitarismo. Tuvo también, ya desde la etapa de entreguerras, una corriente ultraliberal y anti-estatista que fue ganando terreno en el siglo XX. Esta corriente le hizo oponerse a cualquier política gubernamental intervencionista y redistributiva.

En Colombia, en 1935, a través de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN), la ultraderecha protestó contra el alza de los impuestos y contra cualquier intervención del Estado en la economía. No tardó en hacer lo mismo en otros países. Continuó cultivando el anticomunismo y rechazando cualquier igualitarismo, pero se alejó de los fascismos europeos y se dejó seducir por el imperialismo estadounidense.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, con la Guerra Fría y en especial tras el triunfo de la Revolución Cubana, la ultraderecha latinoamericana fue reforzando su tendencia ultra-liberal y se fue tornando predominantemente pro-capitalista y pro-estadounidense, antisoviética y anticastrista. Se dotó de un centro de operaciones en Miami. Recibió armas, financiamiento y apoyo logístico de los Estados Unidos. Tendió a desembarazarse de su disfraz idealista y de sus complicadas racionalizaciones ideológicas a las que aún recurría en su momento nazi-fascista.

 

Escuadrones de la muerte, grupos de influencia y regímenes dictatoriales

La ultraderecha latinoamericana de la posguerra se volvió pragmática, pero también ciega, maquinal, y cada vez más cruel y despiadada. Tuvo entonces su mejor expresión en los escuadrones de la muerte. Recordemos algunos: Mano Blanca en Guatemala, Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista en El Salvador, Batallón 3-16 en Honduras, Banda Colorá en República Dominicana, Operación Bandeirantes en Brasil, Alianza Anticomunista Argentina, Comandos Caza Tupamaros en Uruguay y Autodefensas Unidas de Colombia. Entre 1967 y 2006, estas agrupaciones paramilitares arrasaron pueblos enteros, sembraron el terror en las ciudades y torturaron, mutilaron, violaron, asesinaron y desaparecieron a centenares de miles de personas, entre ellas muchos militantes izquierdistas que luchaban por la igualdad, pero también civiles que no militaban en organización alguna, incluyendo indígenas, campesinos y obreros, estudiantes y maestros, intelectuales y periodistas.

Los escuadrones de la muerte operaban siempre con los mismos propósitos: preservar un capitalismo periférico y dependiente, mantener las estructuras verticales de opresión y explotación, defender los privilegios de las oligarquías locales y los intereses de los Estados Unidos en América Latina, y suprimir a los comunistas y a otros luchadores por la igualdad. Estos mismos propósitos fueron también alcanzados en la misma época por medios más sutiles, más formativos y persuasivos que represivos y coercitivos, a través de la infiltración ideológica ultraderechista de ambientes estudiantiles, religiosos, empresariales y gubernamentales. En el contexto mexicano, por ejemplo, desde los años sesenta del siglo veinte, la ultraderecha contó con grupos de influencia implantados en casi todas las universidades públicas del país, entre los que destacó el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO). La ultraderecha mexicana también penetró en las más altas esferas del poder y del dinero a través de universidades privadas como la Autónoma de Guadalajara, la Anáhuac y la Panamericana, redes semisecretas como Los Tecos y El Yunque, y congregaciones católicas ultraconservadoras como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. Estas dos congregaciones rindieron los mismos servicios a la ultraderecha latinoamericana en otros países, como Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y Brasil, en los cuales, de modo paralelo, destacó un grupo católico ultraderechista de laicos, Tradición, Familia y Propiedad (TFP), vinculado con el paramilitarismo colombiano.

Apoyándose en los grupos de influencia y en los escuadrones de la muerte, así como también en los ejércitos regulares y en el apoyo estadounidense, la ultraderecha llegó a controlar amplios sectores del Estado en varios países latinoamericanos. A veces pudo conseguirlo gracias a los golpes militares que se dieron sucesivamente en Guatemala, Paraguay, Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina. Estos golpes le permitieron a la ultraderecha, en la segunda mitad del siglo XX, adquirir una forma institucional, vestirse de policía y militar, y emplear todos los recursos del Estado, incluida la violencia legal, para encarcelar, torturar y eliminar a decenas de miles de personas, así como para difundir su ideología, transformar las sociedades e imponer políticas económicas de tipo capitalista neocolonial y neoliberal.

 

Nazis, neonazis, cristianos e influencers

El fin de las dictaduras en el cono sur fue acompañado por el resurgimiento de partidos nazi-fascistas como el Nacional Socialista Paraguayo (1989-1993), Nuevo Triunfo de Argentina (1990-2009) y Patria Nueva Sociedad de Chile (1999-2010). Simultáneamente hubo una proliferación de pandillas de neonazis y de cabezas rapadas en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y especialmente Brasil, en donde bandas como White Power y los Carecas do Brasil han golpeado y asesinado a innumerables negros, mulatos, homosexuales, transexuales, toxicómanos, nordestinos y pobres de las favelas.

En el mismo contexto brasileño, desde hace una década, el político Jair Bolsonaro justifica los crímenes de las dictaduras. Además hace coro con los pastores cristianos Silas Malafaia y Marco Feliciano cuando gritan su homofobia, su machismo y su misoginia. Estas mismas actitudes y otras más son exhibidas cotidianamente por twitteros, blogueros, youtubers y otros influencers ultraderechistas de varios países de América Latina.

El internet es un lugar óptimo para la ultraderecha latinoamericana desate públicamente su violencia simbólica. El mexicano Callodehacha se burla socarronamente lo mismo de las mujeres acosadas y agredidas que de las feministas y de quienes luchan por igualdad y por justicia. La hispano-venezolana Yael Farache, desde Miami, ostenta su veneración por Donald Trump, su racismo hacia los afroamericanos y su desprecio por la democracia, por los inmigrantes y por otras culturas.

 

Jóvenes ultraliberales

La más reciente adquisición de la ultraderecha latinoamericana es un ejército de hermosos jóvenes ultra-liberales. Muchos de ellos se autodenominan “libertarianos” y se han formado en think-tanks financiados por consorcios empresariales y por entidades públicas y privadas estadounidenses. Con los inagotables recursos que se han puesto a su disposición, estos jóvenes promocionan el capitalismo neoliberal y defienden los intereses de las transnacionales, de las clases dominantes locales y del gobierno y las empresas de los Estados Unidos. También se oponen a la izquierda y al igualitarismo en todas sus expresiones, entre ellas las populistas y socialistas.

En su cruzada ultraderechista contra la igualdad, además de ser anticomunistas, anti-populistas y anti-socialistas, los jóvenes ultraliberales son también racistas, clasistas y sexistas, homófobos y anti-feministas. El argentino Agustín Laje asimila el feminismo al incesto y a la pedofilia. Su compatriota Nicolás Márquez reduce despreciativamente la homosexualidad a una ideología y la igualdad a una fantasía. El chileno Axel Kaiser, como alguna vez lo hiciera el psiquiatra franquista Vallejo Nájera, describe a los marxistas como asesinos en potencia con una mente patológica. El brasileño Rodrigo Constantino también atribuye una enfermedad mental a los militantes de izquierda y además afirma públicamente que los pobres y los negros son bárbaros e inferiores. La guatemalteca Gloria Álvarez encuentra en los indígenas una propensión a violar y tolerar la violación, explica la pobreza por la mentalidad de los pobres y desecha los derechos universales a la salud, a la educación, a la vivienda y al trabajo.

 

Vejez y continuidad

Con Álvarez, Constantino, Kaiser, Márquez y Laje, como con Farache y Callodehacha, la ultraderecha latinoamericana parece rejuvenecida. Tiene una cara fresca y lozana, pero hay algo añejo y anticuado en ella. Sus exponentes, al contrario de Salvador Allende, son jóvenes viejos, quizás envejecidos prematuramente por lo que los anima, lo cual, para quien discrepe de ellos y se permita juzgarlos moralmente, podría no ser más que bajeza, tacañería y mezquindad, perversión y cinismo, corrupción e impudicia.

Lo seguro, independientemente de cualquier juicio moral, es que la ultraderecha de hoy adopta las mismas viejas posiciones de siempre. Continúa oponiéndose a la igualdad y al igualitarismo. Sigue rechazando los derechos universales y defendiendo los más rancios privilegios. Mantiene su racismo, su clasismo y su anticomunismo. Su máscara liberal es la misma que ya usó hace ocho décadas en Colombia y luego en las dictaduras centroamericanas y sudamericanas.

La ultraderecha latinoamericana es hoy anti-populista en toda América Latina como fue ayer contrarrevolucionaria en México. Y, como en la Revolución Mexicana y luego durante la Guerra Fría, no deja de representar los intereses estadounidenses y traicionar a nuestros pueblos a cambio de unos cuantos dólares. El dinero sigue siendo tan importante para ella como la propiedad, el poder, la clase, la autoridad, la jerarquía, la virilidad, la blancura de la piel y todos los demás criterios que la guían al distribuir a las personas en la única dimensión vertical de su representación de la sociedad.

 

*Filósofo y psicólogo. Investigador y Profesor de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Mexico.

Ilustración: Rubens Gerchman, Nao ha Vagas. 1965

FM La Patriada

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