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La historia de Carlos, entre caballos y cuarentenas

Fabián Waldman cuenta la pesadilla de Carlos, uno de los 500 trabajadores del turf que estuvo encerrado dentro del Hipódromo de Palermo, sin poder salir del predio y bajo amenaza de perder el empleo. La prohibición de salir por el riesgo de contraer coronavirus no explica por qué los empleados, para permanecer, padecieron en simultáneo condiciones indignas.

Por Fabián Waldam

Carlos nació en 1987 en Suncho Corral, a 120 kilómetros de Santiago del Estero. Terminó la escuela primaria y después trabajó con su papá en el campo al igual que los otros 5 hijos.

Se decidió y hace 16 años vino,  como millones, a buscar la suerte en Buenos Aires con su compañera Susana. Se instaló en Talar de Pacheco donde ya estaba uno de sus hermanos. En Capital Federal, lo contrató una empresa de seguridad durante 6 meses y ese mismo año llegó el hijo Rodrigo.

Pasaba diariamente cerca del hipódromo de Palermo con el ferrocarril San Martín, y desde la altura que le daba el vagón veía a los jockeys practicar en la pista. Soñaba con laburar ahí, siempre le habían gustado los caballos. Hasta que finalmente se le dio, en 2004.

Hoy tiene 33 años y pudo comprar su casa, gracias a la diferencia que hizo con premios ganados por animales que cuidó. Su tarea diaria es vigilar el estado de 4 pingos.

Su salario es $ 20.000 mensuales, a los que en épocas normales suma el 4% del premio que pueda ganar. Su horario normal es de 6 de la mañana a 6 de la tarde y si le sumamos las 3 horas de transporte suman 15 horas fuera de casa.

El nombre específico de su labor es vareador. El convenio gremial les otorga un franco semanal y algunos de ellos inclusive viven en los stoods ya que les resulta  más económico. Según Carlos, los tratan como ignorantes, son los últimos de la familia del turf.  No son "carterudos" como el titular del gremio que no los defiende, según cuenta.

Desde el 20 de marzo, primer viernes de aislamiento, a Carlos le comunicaron las nuevas reglas. La salida del predio implicaba la imposibildad de volver a entrar. Podían elegir entre la familia y los caballos.

Su compañera, Susana, es empleada doméstica y su hijo, Rodrigo, concurre a una escuela secundaria.

Durante los últimos 90 días debieron acostumbrarse a otra rutina. Además del encierro y las clases por Internet,  debieron sumarle la ausencia del padre.

Desde esa fecha, Carlos vivió junto con otros trabajadores en la villa hípica, donde acomodaron colchones en el piso quienes tuvieron más suerte y los que no durmieron sobre fardos de alfalfa, tapados con las mantas de los caballos.

Espacios con goteras y sin ventilación, sin lugar para lavar la ropa. Un delegado entre 10 o 12 para realizar las compras de comida por día.

Sólo videollamadas pudo hacer con su familia,  extrañaba jugar con Rodrigo a la “play” y compartir un mate y la cama con Susana.

Mientras ellos estuvieron enclaustrados, jockeys, propietarios y otros empleados entraban y proveedores salen del predio continuamente.

Entre los dueños de los stoods hay un juez como Ariel Lijo, un dirigente sindical como Andrés Rodríguez y un senador como Federico Pinedo.

Existe un protocolo de seguridad, les toman la temperatura antes de atravesar la barrera que permite el acceso sobre la calle Olleros, a 100 metros de la Avenida del Libertador.

Pero no lo implementaron para él y sus compañeros.

Todo tiene un límite y fue el 18 de junio, en la previa del día del Padre.

Se hicieron ver los trabajadores, desde dentro y gritando frente al portón. Mostrando el candado que no quisieron romper por temor a represalias.

La difusión de las imágenes por los medios se viralizó y de la mano de ella las adhesiones y solidaridad de muchísima gente indignada.

La repercusión logró su cometido y la mañana siguiente les comunicaron desde la dirección del hipódromo que revocaban la medida y les otorgaban el “salvoconducto” para salir esa misma tarde.

En simultáneo, al mediodía del viernes, delegaciones del Ministerio de Trabajo y Desarrollo Social de la Nación, agentes de Seguridad e Higiene de la ciudad, Renatre y la defensoría de la ciudad de Buenos Aires se hicieron presentes para constatar la situación. Verificaron las condiciones de trabajo y la situación contractual.

Carlos pasó el fin de semana en su casa, compartiendo el día del padre en familia y disfrutando de la pequeña victoria conseguida.

El lunes retornará a su trabajo y seguirá cuidando caballos.

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