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Frida Kahlo, la América surrealista y los huesos quebrados

En Las Mareadas, la aventura comunicacional en FM La Patriada de Liliana Daunes y Claudia Korol, recuerdan a la pintora mexicana, que nació y murió en julio; la Frida de los clavos y la calma, la de los colores y los calores, agitada de amor, entre pájaros y pinceles. Con su columna rota y su entera paciencia, pintando, revolucionando, maldiciendo.

Un comienzo frídico en Las Mareadas

«Pinto mi realidad. Lo único que sé es que pinto porque necesito pintar y pinto siempre lo que pasa por mi cabeza, sin ninguna otra consideración», decía Frida Kalho. También decía, con voz suave y corazón sabio: «Donde no puedas amar, no te demores».

Y es aquí donde nos demoramos. Porque Las Mareadas  vamos a recordar a la maravillosa y tan querida pintora mexicana. La Frida de los clavos y la calma, la de los colores y las calores, agitada de amor, entre pájaros y pinceles. Con su columna rota y su entera paciencia, pintando, revolucionando, maldiciendo.

 

 «Frida Kahlo es mito y poderosa realidad artística, leyenda y existencia en plenitud, agonía, liberación, la Santa Juana de un mundo pródigo en personajes límites, la virgen de los abortos, la Eva retenida en el infernal paraíso de la mesa de operaciones. Ella pertenece a una etapa de arte nacional, -escribe el mexicano Carlos Monsivais-, y lo trasciende, el símbolo «que ya actúa por su cuenta», la Frida pintada por Frida que Frida produjo para poblar de Fridas los alrededores. En su caso vida y obra no admiten el deslinde, porque la obra es el más detallado proyecto de autobiografía, y porque la desesperación y la angustia, tan estrictamente reales, dirigen la elección de la forma, devocional a su manera, testimonial, alegórica, sencilla al punto del desbordamiento».

Las Mareadas le cantamos a la Frida de colores, de los bellos vestidos  bordados y grandes collares confeccionados por las manos hacendosas del pueblo, la de los animales exóticos, la coja, la rasgada, ella, mexicanita de friijoles y tequila,  la amada, la adorada, / ella Sábana Santa / ella hoz y martillo / ella América surrealista / la de los huesos quebrados / ella rojas cerezas. «Su cuerpo, atravesado por un camión, fue un santuario de dolorosas caricias», escribe la poeta Mariaje Aguirre y pide: Cántame Frida,  / cántame una nana, acúname  / que soy la hija que jamás salió de tus entrañas.

 

«Esta que ves mirándote a los ojos, es un engaño. Bajo los labios que jamás sonríen se alinean dientes podridos, negros. La frente amplia, coronada por las trenzas tejidas de colores, esconde la misma muerte que corre por mi esqueleto desde que me dio la polio. Mira, veme bien, porque quizá sea ésta la última vez que me veas. Mira mis ojos de vigilia y sueño….

Esta que ves, mirándose al espejo, reflejada siempre en el otro, en la tela, en el vidrio de la ventana por donde salgo imaginariamente a la calle, ésta que vez fumando, esta que sale de la tela y te mira fijamente, soy yo.

Supe siempre que en mi cuerpo había más muerte que vida. Desde pequeña me di cuenta, pero entonces no me importó porque aprendí a combatir la soledad.

La pintura fue mi única verdadera medicina. La pintura me completó la vida.

 

La Frida que yo traigo adentro, sólo yo la conozco. Sólo yo la soporto. Es una Frida que llora mucho. Siempre tiene calentura. Está en brama. Es feroz. El deseo la embarga. El deseo del hombre y de la mujer, el deseo que la cansa.

Esta que ves no cree que Dios exista porque si existiera no habría sufrido tanto ni hubiera pasado mi vida en cochinos hospitales sino en la calle porque siempre fui pata de perro aún con mi pata tiesa.  Si dios existiera los mexicanos no estarían tan amolados.

Esta que ves, engaño tras engaño, nació y murió un mes de julio. La Frida de las calaveras de azúcar con su nombre escrito en la frente Frida, la del pincel de colores, la de los collares de barro y plata, la de los anillos de oro, la doliente, la atravesada por el pasamanos, la que flameó, recuperó su cuerpo sano y grande en el momento en que lo envolvieron las llamaradas. La otra, la que yo pinté y pinté, la del rostro mil veces fotografiado, es la que permanece entre ustedes.

Esta que ven ha regresado al polvo. Han desaparecido sus olores, sus calzones, el espesor de su carne, el rojo de sus uñas, la brillantez, la fijeza de sus ojos, su única ceja  ala de cuervo a lo largo de la frente, su bigotito, su saliva, sus aceites y sus juguitos, el grosor de sus cabellos, sus lágrimas calientes, sus huesos rotos, su paleta, sus cigarritos, su guitarra, su modo de ser canto y agua y carcajada. Su dolor andando. Porque fui dolor en los corredores de geranios y helechos, frente a los murales de Diego, en la cocina cuajada de jarritos, en la mesa del comedor donde jamás comí a gusto, en la cama de baldaquino con su espejo arriba para poder verme pintar.

Esta que ahora te mira es la primera de las dos Fridas. Queda la que permanece en las telas, la bien amada por la vida, aquella con la que dialogarán dentro de su corazón. Nunca he conocido una mujer más cobarde que yo, nunca he conocido una mujer más valiente que yo, nunca he conocido una mujer más viva, nunca una más cochina, más cabrona, nunca una tan tirada a la desgracia. Friduchita, Frida, la niña Fisita de Diego».

 

 Con textos propios y de Carlos Monsivais y Elena Poniatowska armamos un pequeño rompecabezas con fragmentos de la historia de Frida Kahlo; por allí la voz de Lila Downs, la de la griega Angelique Ionatos; por aquí Guadalupe Urbina cantando Frida tiene y el poeta salvadoreño Mario Noel Rodríguez expresando su personal homenaje a la pintora; y por último la bandoneonista y compositora argentina Susana Ratcliff que nos canta «a Frida».

 

 Y Chavela Vargas dice:

«Frida esparcía ternura como flores, sí, como flores. Una gran ternura, una ternura infinita», también decía Chavela. «Pensábamos las mismas cosas y queríamos que el mundo fuera como nosotras lo soñábamos. Ella era fuerte, yo era fuerte. Parecía una potranca también, como yo, una yegua, de las que cuesta domar, de las que nunca se doman. Ella estaba postrada en la cama, o en la silla, pero no me refiero a eso: digo que su pensamiento no se podía doblegar».

 

Con su columna rota y su entera paciencia, decíamos al comienzo, revolucionando, maldiciendo. Frida que crea y cree, libre, -aún atada en sus dolores-, tan bella y tan humana, nació en Coyoacán un 6 de julio, en 1907. La chilena Pascuala Ilabaca se las imaginó juntas a la Violeta y la Frida ¡y nos imagina a todas, todos, todes, haciéndoles fiesta!

Fuente: Las Mareadas – FM La Patriada.

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