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¿Es necesario explicar el macrismo? Por Roque Farrán*

I ¿Por qué nos sigue sorprendiendo que Macri mienta con descaro, sin poder mostrar una sola medida positiva de su gobierno, y que todavía haya gente que le crea? ¿Por qué nos sorprende igualmente que vuelvan a resurgir los viejos mitos religiosos sobre el carácter plano de la tierra y cuestiones por el estilo? ¿Cuándo se fueron o extinguieron semejantes creencias? Hay desplazamientos en las placas tectónicas de saberes y creencias, sin dudas, pero no desapariciones absolutas. La ideología desde siempre ha funcionado aplanando los discursos y las prácticas, sus significaciones e interpelaciones. ¿Tenemos que explicar acaso por enésima vez cómo funciona la ideología, la materialidad de la fuerza inercial que tiene la creencia, y el modus operandi de una razón ampliada que está entrelazada ineluctablemente a formas puntuales de afectividad, de interpelación e identificación? ¿Por qué los sujetos se auto-inculpan por la falta material del entendimiento de las cosas? La deuda, la culpabilidad y el sacrificio hacen un nudo clásico, refrendado por siglos de tradiciones y vuelto a usar una y otra vez en distintos contextos (“el problema de los argentinos son los argentinos”, decía recientemente un empresario cuya fabrica estaba parada desde hacía cuatro meses, y justificaba así el sacrificio demandado por el presidente Macri). En todo caso, los materiales, recursos y modos que toma cada exposición, para volver a situar las coordenadas actuales de la servidumbre voluntaria, dependen del medio y la audiencia. Quisiera reponer aquí algunos vectores mínimos que quizás puedan orientarnos en distintas situaciones puntuales.

II. Nos hemos embrollado bastante ya con este asunto de la mentira y la posverdad, de lo racional y lo irracional, lo evidente y lo ilusorio, lo visible y lo invisible, etc., porque damos por supuestas demasiadas cosas; o más bien, damos por supuesto lo que liga históricamente las palabras a las cosas: no sólo una episteme o un dispositivo de saber-poder, sino algo más complejo y simple a la vez; aquello que Foucault llamó un “régimen de verdad”. En su seminario “Del gobierno de los vivos”, dictado en 1980 en el Collège de France, muestra justamente eso: cómo la manifestación de la verdad, excesiva respecto al saber en juego, se liga al arte de gobernar bajo distintos principios históricos; la razón de Estado, donde prima la racionalidad científica por ejemplo, es sólo uno de ellos. Hoy vemos retornar oráculos, brujos y brujas, astrólogas y adivinos, incluso el emerger de nuevos coachs del alma que banalizan saberes ancestrales, personajes variopintos que fueron expulsados del ámbito de gobierno hace tiempo bajo el primado de otro tipo de racionalidades y saberes. Quizás más que nunca, en esta coyuntura problemática, el saber y el arte de gobernar están apenas vinculados en torno a aquella gigantomaquia que llamamos “posverdad” o mentira, cuando es en efecto un “régimen de verdad” que apunta a interpelar a los sujetos a identificarse a lo que desde siempre son (como decía Althusser, “la ideología es eterna”, así funciona en retroactividad): mónadas individuales que solo por el esfuerzo o el mérito se constituyen como tales. Parece inimaginable otra forma de ser sujeto. Por eso el discurso de Macri, pese a todas las evidencias en contrario, sigue siendo efectivo en algún punto; lo es allí mismo donde logra unificar y homogeneizar prácticas y posiciones sociales tan disímiles bajo la figura del meritocrático y esforzado “empresario de sí”. Historizar estas identificaciones no implica justificar el neoliberalismo ni comprender demasiado rápido para hacer lo mismo, al contrario, implica captar los puntos de enlace materiales entre modos de saber-poder-cuidado que hacen a un régimen de verdad para producir, a partir de allí, desplazamientos efectivos. El punto nodal estratégico, hoy, lo constituye la práctica ética. En eso también nos puede orientar el último Foucault.

III. Cuando Foucault estudia las prácticas de sí, el cuidado de sí, el cultivo de sí, inmediatamente tiene que mostrar cómo, en la cultura antigua, esas prácticas eran políticas y sociales al mismo tiempo, es decir, no eran de ningún modo solipsistas. Esto es así porque en la actualidad estamos soberanamente jodidos por los discursos circulantes del individualismo y el cultivo New Age de sí, que resultan muy empobrecedores (tributan mayormente a la antipolítica y a una socialidad restringida). Sin embargo, tampoco es cuestión de ostentar ninguna erudición sobre los Antiguos, ni solazarse en el anacronismo idealizante, sino de practicar en el presente modos de constituirse materialmente a sí mismo (lo cual implica siempre a otros, en relaciones de saber-poder y procedimientos de verdad), sin darse nunca por hecho. Para disipar el malentendido y evitar justificaciones, prefiero entonces invertir la cuestión foucaultiana y decir que, al revés, es en el conjunto dispar de las prácticas materiales de nuestro tiempo que puede emerger la diferencia ética. En la tópica social compleja, cada práctica guarda su especificidad pero, a la vez, se encuentra entrelazada con otras (como mostró Althusser con el concepto de “sobredeterminación”). Es en las prácticas políticas, científicas, ideológicas o artísticas, donde hay que cultivar un ethos suplementario, un modo de atención singular a eso que se hace, en cada caso, a través de una disposición interrogante e inquietante. Es apenas una sutil distancia de sí la que permite constituirse a sí mismo en cada caso y cada vez, en lugar de quedar fijado a identificaciones empobrecedoras que reproducen funciones y lugares incuestionados. Las prácticas históricas definen a los sujetos en cuestión y la vuelta reflexiva sobre sí impide la hipóstasis, como la manipulación culpabilizante o mágica que operan desde siempre magos, sacerdotes o asesores de marketing. Cada pensador materialista tiene su modo de trabajarlo en cada coyuntura, algunos formulan mucho y otros muy poco al respecto. Althusser habló en su momento del “vacío de una distancia tomada”, y para mí fue suficiente al entender de qué se trama un pensamiento materialista.

IV. En fin, para romper con el hechizo de las identificaciones culpabilizantes y concluir sin más explicaciones, propondría el siguiente ejercicio espiritual materialista (ya lo he propuesto en otra parte).

Haz como si eso que haces, no importa su valor o magnitud, fuese a cambiar el mundo en verdad; o mejor: haz que eso que haces cotidianamente esté con un pie en este mundo y con otro en el nuevo mundo que imaginas deseable. Entonces, se producirá una torsión entre el lugar desde donde operas y extraes los materiales, y ese otro lugar que deseas. Un cambio de terreno, la apertura de una nueva problemática. Si se logra producir esta torsión singular, se reconcilian las figuras de la crítica, la utopía y la subversión en el mismo acto. Si ese modo de proceder se contagia, se multiplica y potencia, otro mundo advendrá efectivamente. Más que discutir y refutar autores, tenemos que aprender a usarlos para encontrar nuestro lugar en el mundo y forzarlo hacia otra cosa. Ese es el ejercicio básico de un pensamiento materialista, sea su práctica política, teórica, ética, estética o ideológica.

*Filósofo, Psicoanalista.

Ilustración: Imagen del Grabado Flammarion, autor desconocido.

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